La vida, como un parte de guerra

Un grupo de forenses examinan el camión del atentado de Niza.

Un grupo de forenses examinan el camión del atentado de Niza. / REUTERS / ERIC GAILLARD

Mario Martín

Mario Martín

Sin darnos cuenta, poco a poco y con esa extraña cotidianidad de lo que se convierte rutina, las noticias que van ocupando la actualidad se parecen, más cada día, a partes de guerra: un sacerdote degollado en Saint-Etienne du Rouvray (Francia); un policía asesinado, junto a su esposa en Magnanville, a las afueras de París; 84 personas muertas en Niza embestidas por  un camión conducido por el rencor; un chico de 18 años mata a ocho personas en Múnich segundos antes de suicidarse, días después de que un menor, de 17 años, la emprendiera a hachazos contra varios pasajeros en un tren regional en Baviera; la explosión de una bomba en el festival de música de Ansbach (Alemania) mata a una persona; 19 personas acuchilladas, hasta la muerte, en un centro de discapacitados en Japón; 13 personas pierden la vida al explotar un coche bomba en Mogadiscio; una mujer embarazada muerta, a golpe de machete, en Reutlingen (Alemania); un ataque suicida en Kabul (Afganistan) causa 80 muertos; un ataque a un restaurante de Bangladesh se salda con 28 víctimas mortales… Todo ello ocurrido en los últimos días, lo que hace que parezca una eternidad el tiempo que ha pasado desde el ataque yihadista al aeropuerto turco de Ataturk, en Estambul, que causó 44 muertos, aunque realmente ha pasado poco más de un mes.

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En mitad de todo este caos de violencia, muerte y destrucción, el país que recibe 3.000 millones de euros de la UE por hacer de receptor en la crisis migratoria, Turquía, ha sufrido una intentona golpista, cuyos detalles, orígenes y causas están lejos de conocerse, y en la que se han contabilizado 265 víctimas mortales, que dieron paso a una purga de más de 60.000 personas entre militares, policías, funcionarios, profesores y miembros de la judicatura.

El miedo se está apoderando del mundo, ya no hablamos de parajes recónditos ni de exóticos conflictos, el terror asola a la vuelta de cualquier esquina de Europa o Estados Unidos; el campo de batalla global ha alcanzado nuestras calles y los parques donde juegan nuestros hijos o nietos, pero no es esto un fenómeno que surja en una sola dirección. No puede ser casual que justo en estos momentos un personaje como Donald Trump logre la nominación para ser candidato a la presidencia de EEUU, despertando no ya la simpatía de Vladimir Putin desde Rusia, sino casi su algarabía; o que el responsable del histórico Foreign Office británico, todo un símbolo de la diplomacia mundial, sea alguien tan alejado al perfil esperado para ello como Boris Johnson, por no hablar de las opciones reales de alcanzar poder de Marine Le Pen, en Francia, al tiempo que todos los radicalismos crecen ante la falta de respuestas adecuadas a los problemas concretos de las ciudadanías, atrapadas entre la desigualdad que se les impone y la corrupción impune que corroe a las capas dirigentes.

Quizá aún no estemos en la III Guerra Mundial, pero una cierta sensación de apocalipsis se va apoderando de nuestra rutina. El miedo y el terror se han convertido en parte del día a día del mundo, también de nuestra cotidianidad, especialmente al escuchar los mensajes de quienes nos gobiernan, incapaces de superar los problemas de la desigualdad social, la corrupción y garantizar los derechos al trabajo, la educación y la sanidad; pero siempre dispuestos a defendernos de agresiones exteriores e incluso de nosotros mismos. Eso sí que da miedo.

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