26 feb 2020

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BARRACA Y TANGANA

Jugar con once

Los partidos de los viernes que sales no existen, esos puntos no deberían contar en la clasificación porque son partidos que nunca ocurrieron

Enrique Ballester

Kike Garcia dispara ante Carlos Fernández en el Eibar-Granada del viernes.

Kike Garcia dispara ante Carlos Fernández en el Eibar-Granada del viernes. / GORKA ESTRADA (EFE)

El martes tuve revisión médica y me acordé de Joe. El pobre Joe era el protagonista de los vídeos que nos ponían en el colegio para explicarnos el funcionamiento del cuerpo humano. Joe no ganaba para disgustos, no salía de una y ya estaba en otra, así un episodio tras otro. Si el capítulo iba del sistema circulatorio, a Joe le daba un infarto. Si tocaba el respiratorio, pillaba cáncer de pulmón. Y lo que pasaba con el digestivo os lo ahorro. Joe no solo sufría todo tipo de penurias y enfermedades, Joe era también el responsable de ellas por sus malos hábitos. Comía mal, fumaba y bebía demasiado y no hacía deporte al salir del trabajo. Joe lo tenía todo, con esos atributos podría haber sido sin duda un gran futbolista inglés de los años ochenta. Joe nos enseñó en esos vídeos el secreto para no caer enfermo: no llamarnos Joe y sobre todo no ir jamás al médico.

El médico me dijo el martes que mi estado físico es bueno. Ojalá siempre en la vida un nivel de exigencia tan bajo. Ojalá saber conformarnos así con nuestro equipo, también, con tan poco.

Ojalá saber frenar a tiempo. Anoche salí y mi estado físico ya no es tan bueno. Esto de escribir no se lo deseo a nadie. Anoche todo eran risas, pero ahora alguien tiene que teclear esta columna. Anoche todo fluía. Ahora soy Joe en una sala de espera. Soy un señor mayor ridículo que habla de resacas como si fuera un quinceañero. Los partidos de los viernes que sales no existen, esos puntos no deberían contar en la clasificación porque son partidos que nunca ocurrieron. Tengo un amigo que para referirse a alguien que no está del todo bien, para hablar del típico jugador al que de repente se le va la cabeza, al que le falta un hervor, dice: "Ese no juega con once". Ahora mismo no estoy jugando con once.

El segundo previo

La sensación la conozco. Uno trepa por las palabras a cámara lenta, como quien sube al vagón de las montañas rusas, que se eleva tan despacio que parece que se va a atascar sin remedio. Ese segundo previo al descenso, esa suspensión mágica de la realidad y del tiempo, merece la pena. De repente algo hace clic, aceleras y ese segundo se saborea: es el segundo previo al gol que tritura la insoportable densidad de un cero a cero. Tras el primer gol, el partido se desboca, se rompe como dicen los expertos, pero lo cierto es que antes no era ni siquiera partido, antes del primer gol el fútbol es con frecuencia como este párrafo, simplemente tanteo.

Ese segundo previo al descenso en la montaña rusa es a veces mejor que la acción. Pienso en mí anoche antes del primer trago. Pienso en el tenista que alza la vista por última vez antes de completar la rutina del saque en un punto de partido, Andy Murray para ganar por fin Wimbledon en el 2013, por ejemplo. Pienso en Grosso en el último penalti de la tanda de la final del Mundial del 2006, pienso en Grosso mirando al cielo fugaz por última vez antes de clavar la mirada en la pelota y clavar la pelota en la red y convertirse en eterno. Pienso en Grosso, busco el vídeo y todavía me emociono. Ese segundo previo en el borde del precipicio es el segundo previo al primer beso.

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