'Expats'

Los internacionales impulsan las 'citas Tinder':"La instalé en cuanto aterricé en Barcelona"

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Antonella es una joven peruana que utiliza la 'app' Bumble para conocer gente en Barcelona

Antonella es una joven peruana que utiliza la 'app' Bumble para conocer gente en Barcelona / Manu Mitru

Gisela Macedo

Gisela Macedo

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En Barcelona, las aplicaciones de ligoteo como Tinder o Bumble son un método de lo más común para conocer gente nueva, especialmente entre personas de la generación Z. Este fenómeno global ha recibido un impulso extra en la capital catalana con la importante llegada de ‘expats’ en los últimos años, personas de otros países que se han instalado en la ciudad para vivir y trabajar/estudiar, atraídos por su estilo de vida, clima mediterráneo y ambiente cosmopolita. 

La demanda de profesionales extranjeros y la posibilidad de trabajar en remoto, impulsada enormemente a raíz de la pandemia, hace que Barcelona tenga una ciudadanía cada vez más internacional, y esta heterogeneidad se hace notar, también, en las 'apps' de citas. Llegar a una nueva ciudad en la que no se conoce a nadie hace que uno se ponga las pilas para hacer amigos -o algo más-, y estas plataformas pueden facilitar la tarea. Los nómadas digitales disparan la actividad en Tinder de tal manera, que en algunos de sus destinos los vecinos han llegado a apodarlos 'nómadas genitales'.

Me instalé Tinder en cuanto aterricé en Barcelona, en el mismo aeropuerto”, explica Antonella R., una joven suramericana de 28 años que ahora trabaja en una multinacional. Llegó a la capital catalana hace tres años, y desde entonces utiliza este tipo de aplicación para conocer gente. Con el tiempo se pasó a Bumble, porque siente que allí los chicos no van tan “al grano”. "Hay menos presión por follar y los encuentros son más relajados", reconoce en conversación con este diario. 

“Como internacional, veo cómo las personas están en mi vida de forma muy transitoria. Mis amigos cierran su ciclo en Barcelona y se van”, cuenta. Por eso, Antonella usa estas plataformas no solo para ligar, sino también para hacer amistades. “Salgo sin expectativas, a hacer amigos y, si se da algo más, perfecto. Con este método, a lo largo de estos tres años he hecho amigos que todavía conservo”, asegura. 

Ligar con locales

Eso sí, a pesar de estar viviendo en Barcelona, reconoce que no acostumbra a tener citas con barceloneses. “Quedo con muchos más chicos de fuera. La verdad, no siento mucho la conexión con los locales. Los internacionales tienen más buena vibra, están más abiertos a conocer a gente”, explica, haciendo referencia a esa especie de ‘chip Erasmus’ que comparten numerosos jóvenes ‘expats’ y que no siempre casa con el ánimo de los vecinos de toda la vida, menos impacientes por conocer gente nueva.

También se instaló su primera aplicación de citas al llegar a Barcelona Víctor M., un chico portugués de 28 años que trabaja como ‘account manager’ en una empresa tecnológica. Llegó a la capital catalana también hace tres años para estudiar un máster. Fue al terminar la universidad, cuando llevaba un año viviendo aquí, que decidió empezar a conocer gente ‘online’: “Durante el máster no me hacía falta, porque conocía gente constantemente. Pero cuando empecé a trabajar y a tener menos tiempo para salir, vi que era una buena alternativa para conocer a otras personas”. En su caso, sí tiene citas tanto con chicas locales como internacionales por igual, con la ventaja de que, quedando con barcelonesas, también tiene la oportunidad de “seguir mejorando” su nivel de castellano.

De la misma manera lo ve Federico N., un chico italiano de 30 años que llegó a la capital catalana hace diez meses. “Learning Spanish step by step” ("Aprendiendo español paso a paso"), reza su perfil de Tinder. Él es emprendedor digital y tiene la posibilidad de trabajar en remoto, por lo que, tras vivir una temporada en Francia, decidió cambiar de aires e instalarse en la capital catalana. “Me gusta mucho Barcelona”, afirma.

Federico utiliza Tinder para conocer chicas con las que pueda llegar a tener “alguna relación mínimamente duradera” y, si no se da el caso, al menos hacer intercambio de idiomas. Reconoce que el primer objetivo todavía no lo ha conseguido, algo habitual en este "amor del siglo XXI", convertido en una especie bien de consumo fácilmente desechable.