Daños colaterales del desconfinamiento

Vuelve el botellón a Barcelona, un error garrafal

Una conga que, llegada la Guardia Urbana, fue del Born al Arc del Triomf y viceversa.

Una conga que, llegada la Guardia Urbana, fue del Born al Arc del Triomf y viceversa. / Manu Mitru (Manu Mitru)

  • Un año de confinamiento y de toque de queda y nadie ha planificado el día O, el desembarco del ocio

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Barcelona ha reinventado el botellón. Para ser más exactos, lo ha coreografiado. La noche del viernes y, sobre todo, la del sábado, la Guardia Urbana, con modos exquisitos, eso sí, pastoreó a unos 9.000 bebedores por los alrededores de las playas de la ciudad, con el Born, antiguo lugar de justas medievales, como punto de partida y final. No era imprevisible que así sucediera. Decretado el fin del estado de alarma y con el ocio nocturno aún cerrado, era fácil de prever que podía suceder eso, que la Guardia Urbana se tuviera que reinventar en una suerte de Concejo de la Mesta para transhumar jóvenes y algunos juerguistas ya más maduros de aquí para allá, no en busca de pastos, sino de lateros. El botellón, fenómeno muy contenido en Barcelona antes de la pandemia en comparación con otras ciudades de España, ha vuelto. En todos los significados de la expresión, es un error garrafal. ¿De quién?

La máxima atención mediática, lo cual es natural, ha estado centrada este fin de semana y el anterior en los puntos de máxima afluencia, en esas reuniones de decenas y a veces centenas de sobrebebedores de la pandemia, pero, además de botellones había pequeños botellines en parques y plazas de bastantes más lugares de la ciudad, recónditos a veces, perceptibles solo por los vecinos, porque el ruido los delataba, semillas, tal vez, de problemas que crecerán en las próximas semanas por mucho que reabran los locales de ocio. Es un posible pronóstico.

Ponerle el micrófono a los protagonistas de la noche ha servido para constatar que no están precisamente tocados por la musa del trago

Las cámaras han buscado preferentemente para llenar los informativos al supuesto prototipo de ese joven indiferente a lo que aún sucede en los hospitales. Han hecho, todo hay que decirlo, un gran servicio. Han documentado, más allá del problema de orden público, que la palabra “libertad” sufre desde hace años, y no por culpa de esos jóvenes que beben, un ‘shock’ polisémico que puede que no se salve ya ni con los más eficaces antibióticos del sentido común. Algún estudiante de politología o filosofía podría construir una tesis doctoral de ‘cum laude’ si tirara del hilo de lo dicho ante las cámaras estas noches. Desde luego, no parecían por su verbo, como diría Hitchens, tocados por “la musa del trago”.

Madrid, un referente

También, en la búsqueda de ese retrato robot del supuesto protagonista de estas noches de conga y desenfreno, ha despuntado la figura del francés que huye del confinamiento de su país, algo habitual en Madrid en fechas recientes y que ahora se desencadena en Barcelona, una ciudad con un parque de apartamentos turísticos mucho mayor que el de la capital, donde, recuérdese, se descubrió no hace mucho que en origen y a través de internet se alquilaban los pisos como parte de un ‘pack’ en el que estaban organizadas de antemano las parrandas, además de los billetes de avión.

Decenas de jóvenes y solo una mascarilla en su lugar correspondiente, en una fiesta en la zona del Born.

/ Manu Mitru

Nunca está de más ponerse en lo peor. Es la obligación del buen político. Con todo, estas dos noches y el fin de semana anterior hay que reconocer que han sido plácidas si se tiene presente que estos últimos años la ciudad se ha subscrito a la bronca con cualquier excusa para gran alegría del gremio de fabricantes de contenedores de basura. Que la Guardia Urbana se haya enfundado el guante de seda y no el de cuero parece haber sido una correcta decisión. ¿Hasta cuándo?

La terraza, esa vacuna

En Madrid, solo por comparar, la policía ha decidido combatir este mismo problema con el bloc de sanciones, 877 multas ha impuesto desde el pasado jueves. Barcelona camina con otro paso. Lógico, porque aquí no se ha practicado el ayusismo. Pero, explica un agente con un cuarto de siglo de experiencia, del que su nombre quedará en secreto, que lo visto este fin de semana puede que sea solo la inseminación de un monstruo. Dice que quien crea que con la reapertura de los locales de ocio la transhumancia terminará en el establo anda muy equivocado. La patronal de la restauración y el ocio nocturno, Fecasarm, ya ha salido al paso para ofrecer sus negocios como "aliados estratégicos imprescindibles y como muro de control contra de las actividades ilegales para combatir el caos, la anarquía y el descontrol". Vamos, que quieren reabrir. Lo incuestionable, sin embargo, es que las terrazas, estos dos días, han funcionado como una cierta vacuna contra el despiporre hasta las once de la noche, pero a partir de esa hora el desafío a la prohibición, algo siempre muy tentador cuando se es joven, ha sido la nota dominante. La norma municipal prohíbe beber en la calle. ¿Cuándo sea posible hacerlo a cubierto, lo que el coronavirus sin duda desea, qué ocurrirá?

Puede, según ese mismo agente consultado, que el botellón barcelonés salga de esa cierta clandestinidad en la que se ha movido estos últimos años. Lo ha habido episódicamente en las baterías antiaéreas del Guinardó y también en algunos parajes de la montaña de Montjuïc. Ahora de repente preocupa la expansión de este fenómeno como si fuera otra epidemia. Las autoridades de momento dicen poco o directamente callan. Es el llamado 'efecto Carmel'. Cuando hace 16 años se hundió el Carmel como consecuencia de unas obras del metro mal calculadas, las autoridades municipales fueron las primeras en acudir al lugar de los hechos. Las obras eran un encargo de la Generalitat, pero la crisis, por decirlo llano, se la comió el Ayuntamiento de Barcelona. Aquel precedente siempre pesa.

Un clásico de las borracheras: un joven descarga un extintor en plena calle, se supone que en nombre de la libertad.

/ Manu Mitru

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Un ejemplo menor pero sin duda interesante de lo todo complejo que está por llegar es el de la calle Verdi. Desde hace dos semanas, o sea, incluso con estado de alarma, se han producido conatos de botellón alrededor de tres bares de la parte baja de la calle, toda una anomalía en una vía a la que le costó años de esfuerzo convertirse en un eje comercial entrañable. Parece difícil que esas dos almas, la de Baco y la de Mercurio, dios romano del comercio, puedan convivir en un espacio tan reducido. Puede ser una de las consecuencias inesperadas de la pandemia.

Parafraseando parcialmente a Kingsley Amis, tras sobrevivir ha llegado el sobrebeber. Parecerán cosas inconexas, pero lo uno y lo otro son, por encima de una responsabilidad colectiva, una tarea que atender por parte de quienes han tomados las decisiones políticas este último y extraño año, los mismos que, por cierto, han llevado la palabra libertad a la UCI. Es lo que subraya ese agente que ha ayudado a construir esta crónica. Durante un año de confinamiento y toque de queda, ¿a nadie se le ha ocurrido predicar cómo tenía que ser el retorno a la calle de noche?