sector económico en jaque

El comercio autóctono de BCN languidece por falta de apoyo

La rendición a la globalización es producto tanto del turismo como de la falta de adaptación de los negocios locales

Comercios con las persianas bajadas en la Rambla de Barcelona, el pasado viernes.

Comercios con las persianas bajadas en la Rambla de Barcelona, el pasado viernes. / JORDI COTRINA

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Patricia Castán

Confiesa la alcaldesa Ada Colau que uno de sus momentazos del desconfinamiento fue poder regresar a rituales cotidianos de socialización como los que brindan, entre otros, los restaurantes y bares de la ciudad. Aunque la relación entre sugobierno municipal y el sector ha sido muchas veces tensa, la sacudida del covid-19 ha permitio acercamientos en pos de la remontada local,  y derivado en pactos como el de la (lenta) ampliación de las terrazas como vía de supervivencia. Colau cita a Can Culleretes como «imprescindible» en su ruta local. Abierto en 1786, el establecimiento más antiguo de Catalunya, en la calle de Quintana, es símbolo vivo de que no todo está perdido en una Ciutat Vella condicionada por la misma globalización que engulle y tritura el centro urbano de muchos grandes destinos turísticos.

Pero no es fácil nadar a contracorriente ni encontrar ese equilibrio que permite fidelizar al cliente autóctono (menús mediante) a la par que seducir al viajero que ayuda a alcanzar una cuenta de explotación viable. Que se lo digan a la veintena de establecimientos (como mínimo) apeados de la pomposa lista de poco más de 200 con la que el ayuntamiento de la etapa Trias quiso blindar el comercio llamado «emblemático» de la ciudad. 

Testimonio de los tiempos convulsos es la camisería Xancó, cerrada a finales del 2019, como avanzó EL PERIÓDICO, y todavía con el cartel de alquiler en su escaparate. No ha habido pelotazo inmobiliario aquí, porque con casi media Rambla cerrada no llega relevo: sus 130metros cuadrados siguen disponibles por 11.000 euros.

El arquitecto y cofundador de la Associació d’Establiments Emblemàtics, Alberto Mejías, alerta de las continuas bajas en el cartel histórico de la ciudad. Pero receta calidad para la resistencia: «en la oferta, en el servicio y en la clientela», para recuperar «los valores del comercio» y no pensar solo en el factor precio. Tiembla al ver cerrado (temporalmente) Los Caracoles, como otros establecimientos en barbecho por la pandemia.  

En el sufrimiento de la oferta singular coinciden más factores que el del turismo, apuntan distintas consultoras inmobiliarias,  que aluden también al "desafecto" del barcelonés por ir de 'shopping' al centro, si halla más confort en su barrio, entros comerciales o al comprar online.  Y a los alquileres por las nubes.

¿Fue primero el huevo o la gallina? No está claro si la presión turística esla única responsable de esa burbuja de alquileres, o si la falta de facturación por el cambio de hábitos de consumo del barcelonés (que acaso no compra ya velas,  camisas a medida o juegos de magia ) hace imposible la supervivencia tradicional.

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El plan municipal para devolver actividad a locales vacíos de calles pocos concurridas resulta modesto, anecdótico y poco atra tivo, ante el gigantesco pastel de más de mil comercios por kilómetro cuadrado, dicen fuentes del sector.

El portal inmobiliario Idealista ofrecía ayer 640 locales disponibles en alquiler en Ciutat Vella, con más de un tercio en Sant Pere, Santa Caterina i la Ribera. Entre los 201 del Gòtic, casi la mitad siguen cotizando a más de 4.000 euros al mes, y un 20% se ofertan a más de 10.000. Como los 12.500 que piden por 70 metros en Portaferrissa. A años luz de la nueva realidad del consumo local.