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DEBATE SOBRE URBANISMO CIUDADANO

Barcelona, ciudad de parques tristes

Los mayores conocedores de las zonas de recreo, las familias, las definen como "pequeñas, duras, grises, insuficientes, masificadas y rodeadas de coches"

El precinto temporal del pulpo gigante instalado en La Pegaso, que llegó después de que ocurriera lo mismo en la instalación infantil de Glòries, abrió la caja de Pandora

Helena López

Niños jugando en el nuevo parque infantil de la Rambla del Raval.

Niños jugando en el nuevo parque infantil de la Rambla del Raval. / ÁLVARO MONGE

La noticia, como en tantas ocasiones, la avanzaba ‘Betevé’. Tras días, pocos, pero tantos como tenía la instalación, de quejas de los pequeños usuarios por las altas temperaturas que alcanzaban los flamantes toboganes-tentáculo, el Ayuntamiento de Barcelona precintaba el sábado pasado el impresionante pulpo metálico instalado en el parque de La Pegaso que venía a revolucionar los hasta ahora aciagos parques infantiles de la capital catalana. El motivo de la drástica decisión no fue el culo escaldado de ningún retoño, sino el desprendimiento de uno de los ojos del octópodo de hojalata, resultado de un acto vandálico (al menos esa fue la versión oficial). Más allá de la anécdota del cefalópodo gigante, reabierto este jueves, niños y niñas, madres y padres, abuelas y abuelos, cuidadoras y cuidadores, grandes conocedores todos de las realidades que se viven en esos microcosmos donde el columpio es el rey, coinciden en que la ciudad de los prodigios tiene, sigue teniendo, un problema (en algunos barrios grave) con sus parques infantiles.

Albert Estany habla con la legitimidad que le dan 12 años (la edad de su hijo mayor) de parque tres tardes por semana. "Llamarles parques es algo que hace ya bastante gracia. En Barcelona no hay parques, a excepción de la Ciutadella, el Güell y cuatro más. En Barcelona lo que hay son rincones que han quedado sin construir, lo de la avaricia especuladora no es nuevo, y que se han aprovechado", sentencia. "Los parques son zonas donde poder relajarse, sentarse a leer el periódico o charlar un rato. Aquí lo que hay son plazas duras en las que se hace un mínimo mantenimiento, sobre todo al principio y al final del mandato", prosigue.

"Los niños juegan a fútbol en lugares imposibles; han de sortear dos papeleras, cuatro motos y una farola"

Albert Estany

Padre de dos hijos

La falta de mantenimiento y la dureza de los parques resumirían el sentir mayoritario que aflora nada más sacar el tema -más sensible de lo que parece- en los pocos y peleados bancos que rodean estos espacios (o, en su defecto, en pleno agosto, en cualquier chat de clase, siempre de guardia). "Los parques se degradan muy rápido porque tienen un uso muy intensivo, precisamente porque los niños no tienen espacios en los que jugar. Además, los niños los destrozan mucho, su trabajo es jugar, experimentar. Están en el momento de trastearlo todo", continúa Estany antes de ofrecer un dato revelador: a los niños lo que más les interesa de los parques es la zona de los contenedores, donde pueden encontrar maderas. El día que encuentran una caja de nevera es fiesta grande.

Cemento, cemento y más cemento

Madre de dos niños de cinco y siete años -"siete años y medio", le gusta precisar a la mayor- Lucía López describe el drama como una cuestión de "cemento, cemento y más cemento". Justo detrás de la Escola Bressol Municipal El Petit Príncep, de la que fueron alumnos sus dos hijos, construyeron hace pocos años un parque nuevo. Una gran esperanza para el Clot, ya que ocupaba, ocupa, un terreno de dimensiones considerables en el centro del barrio, que podía servir para humanizar algo la hostil Meridiana. "Una oportunidad perdida. Hicieron una chapuza. Pusieron unos círculos de vegetación en los que había un desnivel muy peligroso para los críos. Tras las quejas, se arregló, pero sigue siendo un parque duro y nada agradable, sin prácticamente zonas de sombra, y que no tiene una gran vegetación que lo separe de la Meridiana", lamenta esta madre, quien coincide con Estany en que un parque debería de ser "un pulmón". "La situación es desoladora -añade-, sobre todo cuando comparas con otras ciudades".

Zona de juegos infantiles de las Glòries, una mañana nublada de agosto / jordi cotrina

Otro de los asuntos que nunca falla en el vivo debate -quien críe hijos en Barcelona lo comprenderá- sobre la situación de los parques es el civismo. Su ausencia, concretamente. "Podemos encontrar de todo. De colillas o latas de cerveza vacías a cacas de perro, que ese es otro tema", señala López.

Mirada de clase

Núria Alonso, quien vive y trabaja en el Raval, ha visto cosas peores en los "pocos, pequeños, duros y masificados" parques infantiles de su barrio. "Lo que acabas haciendo es irte a parques de otros barrios", explica esta madre de un niño de dos años. "No puede ser que haya parques que no tengan ni una fuente en la que limpiar el chupete si se te cae al suelo", denuncia la mujer, quien, como a López, le duelen las comparaciones. En su caso, ya no con otras ciudades, sino con otros barrios de su propia ciudad. "Vas a la zona alta y encuentras unos parques brutales, verdes, espacios de calidad -relata-, y lo mismo pasa con la dinamización. Aquí [en el Raval] se piensa más en las intervenciones con adolescentes, que son muy necesarias, pero dejan a todo un grupo de niños sin espacios", concluye la madre, quien celebra las nuevas zonas de juegos en Folch i Torres y en la Rambla del Raval, aunque apunta que esta última ya está masificada antes de su inauguración. "Esto demuestra que hacía mucha falta y, sobre todo -remata- que es insuficiente". 

"No puede ser que haya parques que no tengan ni una fuente en la que lavar el chupete si se te cae el suelo"

Núria Alonso

Madre un niño de dos años en el Raval

La vecina del Raval apunta también la necesidad de reducir el tráfico. "La zona de juegos de la Rambla del Raval ha quedado bien, pero se tendría que acompañar de una pacificación. Quitar también los coches", apunta coincidiendo con López y con Estany, quien introduce otra de las grandes cuestiones: "¿qué hacemos con el fútbol?". "Nuestros niños juegan a fútbol en lugares imposibles. Han de sortear dos papeleras, cuatro motos aparcadas y una farola. No hay sitios donde jugar, por eso la competencia por el espacio es tan feroz", analiza el padre, quien señala que una posible solución sería abrir más patios de colegio fuera del horario escolar. 

Dónde jugar -y a qué- cuando son algo mayores, a partir de los 12 o 13 años, es algo que también pone sobre la mesa Roger Sánchez, miembro del AFA de la escuela Dovella del Clot. «Molestan en todas partes, Barcelona tiene pendiente intervenir aquí, que estos chicos sientan que el espacio público también es para ellos, que tengan alternativas reales a sentarse en un banco a beber y a fumar», reflexiona el padre.

Inservibles en verano

Marina Barriendos tiene dos niños de cinco y dos años, tiempo en el que "ha hecho un máster en parques en la zona de Sant Martí", bromea. Colecciona cientos de anécdotas. Una al azar: cuando en el parque de la calle de Independència con Rosselló se dio cuenta de que la arenilla con la que jugaba su hijo, en aquel momento aún no andaba, era la tierra que el viento llevaba desde el pipicán de al lado. Otra vez los perros. Mercedes Sicard, madre de dos niñas de 14 y ocho años, y otra gran conocedora de los parques de su barrio, coincide con Barriendos en que la proximidad de las zonas de juego infantil con los pipicanes es uno de los grandes problemas, y en que el problema mayor son los perros que, de noche, hacen sus necesidades dentro de las zonas de infantiles, ya que "las cacas se ven y las puedes evitar, pero los pipis, no, y los niños más pequeños se llevan siempre la arena a la boca".

Futura zona singular de juegos infantiles en los jardines de la Indústria /jordi cotrina

"Si tienes que pasar el verano en Barcelona con los niños, los parques son inservibles, porque no hay un árbol que haga sombra", subraya Barriendos. "Tienes la sensación de estar encerrada en espacios reducidos porque la ciudad está sucia y no es apta para familias, todo son coches y espacios para el consumo", relata Barriendos, cuyo 'máster' incluye también un módulo sobre el nuevo parque de Glòries, que, como el pulpo de La Pegaso, también fue temporalmente precintado al poco de inaugurarse por una cuestión de seguridad. Lo define así: "unos toboganes de metal sin sombra, el paseo sin sombra, el espacio de pelotas sin sombra".

La (dura) descripción de los parques que hacen los testimonios que aparecen en este reportaje no sorprende a los responsables municipales, que en gran parte -sobre todo en lo que se refiere a las zonas creadas antes de su llegada- comparten el diagnóstico e insisten en que están trabajando de forma intensa en revertir la situación. La apuesta por las súperilles va en esa línea, así como el Plan del Verde y de la Biodiversidad de Barcelona 2020 o la transformación de diez escuelas en "refugios climáticos de la ciudad", iniciativa que plantea intervenir en los centros con un paquete de medidas 'azules' (incorporar puntos de agua en los patios), verdes (espacios de sombra) y grises (mejorar el aislamiento), mejoras de las que en principio podrá disfrutar toda la ciudadanía ya que los patios permanecerán abiertos durante el verano, y en las que se prevé invertir cinco millones en los próximos tres años.