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protesta en ciutat vella

Un cóctel de manifestantes boicotean a Valls en el Raval de Barcelona | Vídeo

Los concentrados, entre independentistas, prostitutas y víctimas de la gentrificación, han intentado tapar con sus abucheos el discurso del candidato a la alcaldía

El alcaldable estrena su lista de promesas con el compromiso de contratar de 1.000 a 1.500 nuevos guardias urbanos para combatir la inseguridad

Carles Cols

Un grupo de manifestantes boicotean un acto de Manuel Valls en el Raval. / DANNY CAMINAL / CARLES COLS

A la plaza de Salvador Seguí, quintaesencia máxima de lo que hoy es el Raval, estaba previsto que llegara Manuel Valls a través de la calle de Sant Pau, es decir, el acceso dentro de todo más amable, pero al final bajó por la calle de Robador, ya saben, allí donde las paredes están marcadas con los tacones de las prostitutas. Fue, como era predictible, un showSe supo que se acercaba el alcaldable por el griterío. Un chocante cóctel de independentistas, prostitutas libertarias (así se definían en una pancarta), un par de chalecos amarillos y vecinos víctimas de la gentrificación que padece el barrio fueron la música de fondo desde que Valls llegó, leyó su carta a los barceloneses sobre seguridad y se fue, en metro, por cierto. Hasta cuando bajaba las escaleras de la estación de Liceu le insultaban. No pareció en ningún momento incómodo. Es más, dio por hecho que esta será una constante en su campaña. Le garantiza foco mediático, desde luego más, por ejemplo, que a la pedecatera Neus Munté. Entre el griterío logró colocar, eso sí, un mensaje, su promesa electoral del día. Dice que como alcalde contratará entre 1.000 y 1.500 nuevos agentes en la Guardia Urbana. La plantilla actual son 3.000.

En el mejor de los casos, Valls promete que incrementará un 50% la plantilla de la Guardia Urbana

Valls, a estas alturas resulta ya bastante indiscutible, es impermeable a los chaparrones inesperados. No solo por su actitud ante los manifestantes, sino porque su inmersión en el corazón del Raval coincide en el tiempo con esa etapa de flirteo en Andalucía entre Vox y el único partido que hasta ahora secunda su candidatura, Ciudadanos, y ni eso le afecta. Cuando se le preguntó por ello, tiró de manual, dijo que a él lo que le importa ahora es Barcelona y, en concreto en esta ocasión, ese runrún de inseguridad creciente que se vive en la ciudad y que las estadísticas oficiales confirman. “En la ciudad se habrán cometido 200.000 delitos antes de acabar el año”, asegura en su carta. Aunque con formas educadas, señaló a buena parte de los blancos que señalaría Vox si se presentara (el tiempo lo dirá) a las elecciones municipales, “los okupas que gozan de privilegios que no tienen los ciudadanos que respetan las normas”, “el top manta que campa a sus anchas” y “los narcopisos que siembran miedo y miseria en algunos vecindarios”. Las páginas de sucesos, dijo, invitan a concluir que el metro es “un lugar peligroso” y que ser mujer en Barcelona comporta un plus de inseguridad. “Dos de cada tres barcelonesas se han sentido víctimas de delitos contra su seguridad personal”. En resumen, que se avecina una campaña que por momentos será pugilística, para voxear.

Que toda esta performance ocurriera precisamente en la plaza de Salvador Seguí tiene su qué. El lugar era el mensaje. Valls sabía a lo que iba, no como aquel arzobispo de Canterbury que, según cuenta la leyenda, visitó Nueva York en un momento en que las autoridades de la ciudad estaban en plena operación de cierre de prostíbulos. Al arzobispo le previnieron en el avión sobre la pillería extrema de la prensa amarilla local, diarios equivalente al Examiner de Primera Plana de Billy Wilder. Total, que esa fue la primera pregunta que le hicieron nada más bajar las escaleras, que qué le parecía que el ayuntamiento cerrara los lupanares de Manhattan. Optó por hacerse el despistado. “¿Hay prostíbulos en Nueva York?”. La fábula prosigue. Al día siguiente, los tabloides se hacían eco de que lo primero que hizo el arzobispo nada más aterrizar fue preguntar si había prostíbulos en la ciudad. Valls iba a Salvador Seguí con la lección milimétricamente medida. Los manifestantes no era muchos. Tal vez, unos 25. Los decibelios, el doble o más. Leyó la carta sin que se le notara incómodo por la situación. Puede que incluso algo satisfecho. Ya que él forma parte de la legión de alcaldables que se reivindican como herederos del maragallismo, el lugar era idóneo.

Valls pasa junto a los manifestantes, en la plaza de Salvador Seguí / DANNY CAMINAL

La cuestión es que la plaza de Salvador Seguí es la versión urbanística de la colina 937 de la guerra de Vietnam, conocida también como la Colina de la Hamburguesa. Fue un episodio bélico muy aleccionador. Durante ocho días, a costa de perder decenas de soldados, las tropas americanas conquistaron una cima controlada por los vietnamitas. Fue una carnicería. Una vez plantada la bandera, se dio la orden de retirada. Esta placita fue en tiempos de la alcaldía socialista una gran apuesta por curar de sus males el corazón del Raval. Se apostó con enorme esfuerzo para colocar allí la sede definitiva de la Filmoteca de Catalunya, por levantar una cuidada promoción de pisos de protección oficial, por colocar una zona de juego infantil que nada tuviera que envidiar a la de otros barrios, y todo ello a un paso de la rambla del Raval, otra apuesta de aúpa, de modo que la calle de Sant Pau fuera una ruta natural de paseo para cruzar el barrio de lado a lado. Total, que una vez conquistada la colina, la sensación que a veces se respira allí, con las jeringuillas a los pies de los columpios, es de absoluta retirada.

Esta plaza es la versión inmobiliaria de la Colina de la Hamburguesa, un enorme esfuerzo que, una vez conquistado, fue abandonado a su suerte

“Esto va a ser siempre así”, dijo Valls sobre el comité de bienvenida que se encontró en el barrio. Entre los manifestantes, aunque callada, estaba la diputada de los comuns en el Congreso, Lucía Martín. Su coartada era que vive por ahí, pero se la veía disfrutar el momento, esa extraña comunión entre quienes reclamaban la libertad de los presos del procés, las que exigían el reconocimiento de la prostitución como un oficio y los que sostenían que Valls era la encarnación con traje y corbata de los fondos de inversión que hacen subir el precio de la vivienda en el Raval. La cosa no llegó a mayores, pero la salida del candidato fue más tumultuosa que la llegada. Decidió volver como había venido, en metro. El suburbano es como los mercados municipales. Si hay alcaldables a la vista es que estamos en campaña. Pero el trayecto hasta la parada de Liceu amenazaba con ser una carrera de obstáculos, de modo que la Guardia Urbana improvisó un remedio inesperado. Situados entre Valls y los manifestantes, media docena de agentes se cogieron de los brazos y se detuvieron en seco. El alcaldable pudo proseguir así su paseo más tranquilo. Una tendera hasta le pidió un selfi. Al llegar a la Rambla, tres o cuatro manifestantes le alcanzaron porque dieron un rodeo a la carrera. El exprimer ministro francés bajó las escaleras del metro entre improperios. “Los insultos, siempre los insultos”, respondió, ahora sí, por fin, algo incómodo. Una hora después, llegaba el predecible tuit de Inés Arrimadas en contra del “nuevo ataque intolerable por parte del separatismo”. En verdad, los de la bandera eran unos 10.