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BARCELONEANDO

La compañía de los clásicos (del cómic)

La visita a la exposición en Santa Mônica es de obligado cumplimiento para cualquier devoto de la edad de oro del cómic norteamericano

Aunque el comisario de la exposición es Enric Trilles, el grueso de lo mostrado pertenece a la colección particular de Vicent Sanchis

Ramón de España

Exposición de cómic en el Centre dArt Santa Mònica.

Exposición de cómic en el Centre dArt Santa Mònica. / FERRAN NADEU

A veces, una exposición puede tener efectos lenitivos para el urbanita atribulado. Fíjense en mí, sin ir más lejos: el pasado jueves no tenía yo uno de mis mejores días, hacía un tiempo infernal y a punto estuve de pegarme una siesta de tres horas en el sofá. Pero, en vez de eso, me eché a la calle, donde llovía a cántaros, paré un taxi y me planté en el Santa Mònica para ver una muestra que llevaba días deseando visitar: 'L¿esclat dels còmics. Contrastos i influències dels grans mestres de la historieta nord-americana (1895-1955)'. Para los que nos gustan los tebeos, los clásicos son siempre fuente de alegrías, y en esta exposición pueden verse originales de Harold Foster, Alex Raymond, Frank Robbins y pioneros como Richard Felton Outcault, Winsor McCay o George Herriman.

Aunque el cómic sea un arte creado para ser impreso, hay algo en las páginas de los clásicos que cuesta encontrar en los contemporáneos, por buenos e interesantes que sean. Es lo que yo llamo el 'Efecto Arrebato', en homenaje a aquella secuencia de la gran película de Iván Zulueta en la que Will More, que en paz descanse, sostiene un álbum y le pregunta a Eusebio Poncela: “De pequeño, ¿cuántas horas podías pasarte mirando este cromo?” Cuando, en mi primera adolescencia, conseguí ahorrar lo suficiente para adquirir el oneroso tomo de la editorial francesa SERG dedicado al Príncipe Valiente, me pasó lo mismo que al personaje de 'Arrebato': podía pasarme la vida hipnotizado por cada una de sus páginas. Lo mismo que me ocurrió la otra tarde en Santa Mònica con los originales de Hal Foster o Alex Raymond, dos autores de un trazo impecable a los que casi conseguías imaginar dibujando la página ante la que te habías plantado.

Aunque el comisario de la exposición es Enric Trilles, el grueso de lo mostrado pertenece a la colección particular de Vicent Sanchis, actual director de TV3 pese a haber sido reprobado por el Parlament, como le recordó aviesamente Inés Arrimadas hace unas noches durante el pugilato verbal que ambos mantuvieron en 'prime time'. Yo debería detestar a Sanchis por separatista y él a mí por unionista, pero lo cierto es que mantenemos una relación esporádica, pero cordial, basada en el amor a los tebeos: tenemos amigos comunes, nos hemos encontrado varias veces en el Salón del Cómic de Barcelona y en el de Angulema y le considero, cuestiones políticas aparte, un tipo bastante simpático.

Me parece, además, que es el único de los que se han lucrado gracias a su inquebrantable adhesión el régimen que ha invertido de manera juiciosa sus monises; no como Artur Mas, que está tieso de pasta y se pasa la vida poniendo el cazo entre los catalanes para que le paguemos sus deudas con la justicia y luego te lo encuentras por las Baleares tirando de yate y de jet privado. La colección Sanchis le iría muy bien a ese Museu del Còmic que debía montarse en Badalona y que sigue en vía muerta por culpa de la desidia de la Generalitat, desolada ante la evidencia de que casi toda la historieta catalana está escrita en la lengua del imperio.

Si algo flojea en 'L¿esclat dels còmics' es el diálogo que se pretende establecer entre los clásicos estadounidenses y el cómic español, un relleno innecesario que, además, barre en exceso para casa, que en este caso es Valencia. Gago y Vañó -responsables, respectivamente, de El guerrero del antifaz y Roberto Alcázar y Pedrín- eran unos dibujantes espantosos a los que no puede salvar ni la nostalgia más desaforada. Por no hablar del inefable Pumby, de Josep Sanchis, fenómeno estrictamente levantino al que los niños barceloneses no nos acercábamos ni con pinzas (con la excepción de mi descacharrante amigo J.M., miembro de la aristocracia española por vía conyugal y, al mismo tiempo, delegado sindical de CCOO en La Caixa hasta que lo jubilaron, un personaje que merecería un Barceloneando para él solo).

De todos modos, la visita a la exposición es de obligado cumplimiento para cualquier devoto de la edad de oro del cómic norteamericano. Yo me reintegré a la realidad y a la lluvia con una exaltación impropia de las circunstancias.