BARCELONEANDO

Bienvenidos al planeta Pez

Javier Murciano y Pere Vall, coleccionistas de caramelos Pez.

Javier Murciano y Pere Vall, coleccionistas de caramelos Pez. / JORDI COTRINA

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¿Qué hacía un servidor de ustedes el domingo pasado por la mañana en la villa de Gracia, concretamente en el número 6 de la calle Maspons, donde tiene su sede el centro cívico y cultural La Violeta? Pues asistir a la primera convención que se celebra en España de entusiastas de los caramelos Pez y sus míticos dispensadores de plástico. Reconozco que no había oído hablar en mi vida de los caramelos Pez ni de sus míticos dispensadores de plástico, pero me había convocado mi amigo Pere Vall -ex redactor jefe de 'Fotogramas' por su renuencia a trasladarse a Madrid, donde está ahora la redacción-, experto en frikadas de todo tipo al que siempre escucho con atención cuando me propone algo insólito, que es casi siempre.

Como bien sabemos los aficionados a los cómics, esta sociedad acaba acogiendo en su seno a todo tipo de colectivos otrora despreciados. Con la excepción de la necrofilia y la coprofagia, cualquier afición, por extraña que sea, acaba encontrando la tolerancia de los biempensantes. Gracias a eso, los devotos de los caramelos Pez pudieron reunirse este fin de semana en Barcelona y montar una exposición de cuadros -solo identifiqué entre los autores a dos de mi quinta, Adolfo Usero y Enrique Ventura, y a un hermano de Pere Vall que tiene un estilo a lo Basquiat que no está nada mal- que se mantendrá hasta mediados de noviembre. Ante mi inopia personal con los caramelos Pez, Javier Murciano, alias Chicle, principal responsable del evento, me dijo: “Es que eran caros, en comparación con otros productos. Yo, por regla general, si le sacaba a mi madre un palitroque de pan ya podía darme por satisfecho. Los caramelos Pez eran para las grandes ocasiones”.

Los devotos de los dispensadores de esos caramelos se reunieron este fin de semana en Barcelona

 

Lo mismo me dijo Pere mientras yo recordaba el chiste malo de Robert de Niro en El rey de la comedia: “Mis padres eran tan pobres que ni siquiera pudieron darme una infancia”. Por el mismo precio, me aportó unos cuantos datos fundamentales de la marca: “Es austriaca y se fundó en 1927. De hecho, Pez es un diminutivo de pfefferminz, ya que al principio solo fabricaban caramelos de menta. Con el tiempo fueron añadiendo sabores, hasta conseguir mi favorito, el de cereza, que es, hasta ahora, lo más delicioso que he encontrado en este mundo”.

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Los míticos dispensadores fueron creados en 1962 y, con el paso del tiempo, se han ido convirtiendo en objetos de coleccionista. Es lo que andaban buscando por los puestos de La Violeta todos esos adultos que se habían traído a sus niños, quienes no mostraban en general mucho interés por el tema. De Mickey Mouse a Darth Vader, pasando por los Simpson, Batman o Mr. Bean -cuatro figuritas diferentes del personaje por la módica suma de 60 euros-, cualquier héroe popular que se les ocurra cuenta con su propio dispensador. A ello hay que sumar las ediciones limitadas, especiales y de tamaño gigante, que no contienen caramelos y son simples objetos de adoración para fanáticos. El amigo Chicle responde a mis preguntas de una en una y desaparece raudamente para controlar la cosa. Su primer dispensador fue un Goofy. Y el de Pere Vall, un Pluto. Aunque igual era al revés. Durante una de sus apariciones y desapariciones a lo Harry Houdini, Chicle me entrega una docena de paquetes de caramelos que le acabo pasando a Pere, guardándome uno de naranja mientras pienso que voy a descubrir la magia de los Pez a los 62 años.

Pez tiene su sede en Traun bei Linz, Austria, y una delegación de peso en Estados Unidos. Los caramelos se venden en 80 países y cada año se despachan a nivel global 70 millones de dispensadores y 5.000 millones de unidades. Antes de abandonar La Violeta, Pere me pone deberes: una película de Netflix sobre el actor enano Hervé Villechaize interpretada por Peter Dinklage. ¡Señor, sí, señor! De camino a casa, abro el paquete de caramelos de naranja, me meto uno en la boca y compruebo que sabe a rayos. Debería haberme quedado los de cereza.