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BARCELONEANDO

El CCCB se adentra en lo esotérico de las artes

La exposición 'La luz negra', que analiza la influencia en el arte contemporáneo, es una muestra con criterio

En ella destacan los nombres de George Gurdljief, Rudolf Steiner y Aleister Crowley, entre otros artistas

Ramón de España

Sala del CCCb donde se expone La luz negra. 

Sala del CCCb donde se expone La luz negra.  / ALBERT BERTRAN

Cada vez hay más exposiciones de las que uno sale sin haber entendido qué relación guardaban unas obras con otras y sin saber si el comisario es partidario del eclecticismo, de la incoherencia o de la difícil técnica de atar moscas por el rabo. Afortunadamente, 'La luz negra', comisariada por Enrique Juncosa para el CCCB, no es una de esas exposiciones. Aquí hay un criterio claro y unas reglas de orden interno a la hora de analizar la influencia del esoterismo en el arte contemporáneo (principalmente en la pintura, pero también en la escultura -incluidos artefactos como la 'Dreamachine', de Brion Gysin, una especie de lámpara con una larga pantalla que da vueltas sin parar, produciendo en quien la observa fijamente, ya que no una experiencia mística, sí un leve mareo-, la ilustración -fantásticas las de Cameron Parsons-, la música o el cine).

Por su influencia general sobre casi todo lo expuesto, destacan en 'La luz negra' unos pocos nombres: George Gurdjief, inventor de la teosofía junto a su fiel Madame Blavatsky -de la que hay una escultura muy realista en la muestra, de Goshka Macuga, en la que se la ve vestida de negro, tumbada sobre dos sillas y, probablemente, muerta-, su aventajado alumno Rudolf Steiner, que sustituyó a Dios por el hombre para alumbrar la antroposofía -las reproducciones de las pizarras de sus conferencias son bellísimas, aunque no se entiende nada ni falta que hace- y Aleister Crowley, reputado satanista que se llamaba a sí mismo La Bestia y consiguió que la prensa británica lo definiera como el hombre más malvado del mundo.

Sobre Gurdjieff y su pandilla leí hace años un libro estupendo, 'El mandril de Madame Blavatsky', ya descatalogado; y el escaso respeto que le tenía a Crowley se lo perdí tras leer la biografía que le dedicó Roger Hutchinson, 'Aleister Crowley. The beast demystified', en la que aparecía como un cantamañanas que se las daba de amigo de Belcebú, aunque era totalmente inofensivo y un pelín ridículo. En su lecho de muerte, su penúltima frase fue "Estoy perplejo", y la última, "A veces me odio a mí mismo". Para que se hagan una idea de cómo le funcionaba la cabeza, ahí va una anécdota que me contó Ignacio Vidal Folch: Crowley admiraba a Fernando Pessoa, con el que se carteaba hasta que decidió ir a verlo a Lisboa. En la parte final de la travesía, una tormenta tremebunda estuvo a punto de enviar el barco a pique. Nada más pisar el puerto de Lisboa, Crowley se dirigió a Pessoa, que había ido a esperarlo, y le espetó: "Pero, hombre, Fernando, ¿cómo se te ocurre enviarme esa tormenta que un poco más y nos envía a todos al fondo del mar?".

Un estilo entre satánico y chapucero

Los dibujos de Crowley que hay en 'La luz negra' muestran claramente que no lo llamó Lucifer por ese camino. Los contemplas por ser de quién son -como los horrendos cuadros de Bob Dylan-, pero ese estilo entre satánico y chapucero es un horror. Mucho mejor plantarse ante las acuarelas de Henri Michaux o las piezas de Jordan Belson y Harry Smith (los cuadritos de William Burroughs tampoco hay por donde cogerlos).

El apartado cinematográfico se reduce a Kenneth Anger, que homenajeó a Crowley en su 'Lucifer rising', aunque casi todo el mundo le conoce por su libro de chismorreos 'Hollywood Babylon', y Derek Jarman. Musicalmente, hay una presencia ubicua de Genesis P. Orridge -el hombre que intentó alcanzar la unidad definitiva con su mujer a base de alteraciones quirúrgicas para ser iguales uno y otra, ¡lástima que la pobre Lady Jaye, como se hacía llamar, la diñara por el camino!- y del saxofonista Sun Ra, el hombre que introdujo el esoterismo en el 'black power' de la década prodigiosa, pero ni una referencia a The Incredible String Band ni a todo el folk psicodélico británico de finales de los 60 y principios de los 70.

En fin, no se puede tener todo, pero al hacer un alto en el lavabo antes de irme disfruté de una extraña propina: del servicio de señoras salía una canción preciosa, en un idioma desconocido, que tanto podía ser de origen angélico como satánico. La cantante, que calló al cruzarse conmigo, era una chica preciosa con sandalias y un vestido negro.

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