ENCLAVE EN TRANSFORMACIÓN EN SANT MARTÍ

"El Poblenou está colonizado por la tontería"

El comercio de toda la vida va desapareciendo en el barrio mientras sus cadáveres se aprovechan para abrir tiendas y bares 'vintage'

La frutería de Pilar, junto a una tienda de ropa en inglés.

La frutería de Pilar, junto a una tienda de ropa en inglés. / DANNY CAMINAL

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HELENA LÓPEZ / BARCELONA

Frente al nuevo local de la librería No Llegiu, uno de los ejemplos más evidentes de que el Poblenou no está perdido, Fruites Pilar. Llama la atención por su aspecto anacrónico. Pilar Pont tiene 74 años y hace 45 que baja al barrio a diario a vender la verdura de su cosecha, en Arenys. "Primero estábamos alrededor del mercado. Todo éramos payeses. Después entramos dentro, y con la reforma, nos tocaba volver a comprar el puesto y no me salía a cuenta. Me faltaban dos años para jubilarme, así que encontré este otro local, muy cerca, en el que conservaba a la clientela, y me mudé", explica Pont, la última payesa -la última mujer que vende su propia cosecha- del barrio (dato documentado por el riguroso Arxiu Històric del Poblenou).

Le faltaban dos, pero lleva 10 más. Justo por esa vida de barrio, que tanto atrapa y que, pese al evidente proceso de gentrificaciónevidente proceso de gentrificación, sigue viva. "Las clientas me dicen que no me vaya, que qué van a hacer. Hay que son hasta terceras generaciones", relata.

Justo en el local de al lado de la pequeña verdulería de Pilar, una tienda de ropa con el cartel en inglés. Solo en inglés. 'These Things Barcelona. Clothes and Others'. Los dos Poblenous, pared con pared. Dos realidades que se cruzan a diario, casi a todas horas, en la Rambla, en forma de señoras arrastrando carros de la compra o charlando en sus características placitas, y turistas arrastrando maletas (y muchas veces fotografiando a las primeras).

El comercio de proximidad es siempre una de las primeras víctimas en los procesos de gentrificación. De las más evidentes, además, ya que están a pie de calle. Cierran droguerías y ferreterías y abren tiendas de 'muffins' o de productos bio. "Nos sentimos colonizados por la tontería. Desaparecen los comercios de toda la vida y con el cadáver de la anterior tienda te hacen un bar moderno, 'vintage'", ironiza Àlex Lerís, propietario de la librería Etcètera. Su esposa, María Payés, también al frente de la librería de la calle de Llull, se muestra preocupada por que pueda llegar a haber un problema de convivencia. "Este es un barrio tranquilo", apunta la librera, quien, como casi todos, subraya que no está en contra del turismo -"todos somos turistas"-, sino de la masificación. El monocultivo.

REGULACIÓN DE ESTRENO

Sobre la nueva regulación de la rambla del Poblenou, que ha entrado en vigor este mes, Payés lamenta que se haya sido "demasiado drásticos" con "los negocios de toda la vida". "El problema fue que dieron demasiadas licencias, y la regulación llega cuando en la Rambla ya casi solo hay bares", señala Salvador Clarós, presidente de la asociación de vecinos.

Tere Moreno está al frente del Tío Che, Tío Che, la horchatería centenaria en manos de la misma familia desde hace cinco generaciones. Su diagnóstico de la regulación coincide con el hecho por Payés. "Nosotros no nos dedicamos al turismo. Estábamos aquí cuando nadie apostaba por esta rambla", reivindica. En su caso, han pasado de 25 mesas -17 en la Rambla y ocho en el chaflán-, a 12.

88 MESAS MENOS

En total, la regulación ha suprimido 88 mesas, dejando 336 en el paseo central y 38 en los chaflanes, reducción que sí ha sido aplaudida por las entidades que iniciaron una campaña por la "recuperación ciudadana" del paseo, el lugar en el que es más palpable la 'turistificación' del barrio (además de encima y debajo de los pisos turísticos legales e ilegales que en los últimos años han aparecido en el barrio, claro). 

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En el barrio, y en la Rambla en particular, los locales como los que con tanto acierto describe Lerís van robando cada vez más protagonismo a los negocios como el suyo, el de Moreno o el de Pont. 

En la Rambla tienen incluso una tienda de suvenires, señal inequívoca de que el lugar ha sido conquistado por el turismo. Una tienda que bien podría estar en la Rambla, la que lleva a Colón, o en alguna de las cuestas hacia el parque Güell; con la fachada forrada de imanes de flamencas y paellas, postales de la Sagrada Família, chancletas de playa y camisetas con mensajes homófobos como 'I think he's gay'.