09 jul 2020

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barceloneando

Nuestro amigo el tiburón

ELOY CARRASCO

La secuencia de notas mi-fa mi-fa mi-fa más famosa de la historia del cine ha hecho más daño que las dentelladas de cualquier escualo. Tremenda sintonía de suspense previo al ataque del bicho en la película Tiburón que lleva 40 años empotrada en nuestro subconsciente como preludio de muerte, horror, destrucción, mutilaciones, alaridos...

Pero resulta que los tiburones no son tan malos, sabemos poco de sus vidas y apetitos y, según quienes los conocen bien, los hemos criminalizado a la ligera. Para poner las cosas en su sitio, el lunes hubo en el Museu Marítim un taller para periodistas, organizado por la Associació Animal Latitude y el colectivo SubmonEntrevista amb un tauró del mar Mediterrani, con la cabal intención de sacarnos de la ignorancia y transmitir correctamente tanto las cosas que ocurren en nuestro vecindario acuático como los seres que lo moran.

La cita vino al pelo porque el jueves pasado, al parecer, todos metimos la pata. Emergió en la playa de Canet un animal (muerto) de más de dos metros, alguien voceó que era una tintorera y la especie corrió por webs, agencias, emisoras, diarios y televisiones. Luego ni siquiera era una tintorera (que tampoco habría sido para tanto jaleo), sino una cañabota. Es fácil liarse, porque solo en el Mediterráneo hay unas 50 variedades. «Son como un huevo y una castaña», desarma Àlex Bartolí, biólogo marino fascinado por estos peces que llevan 500 millones de años en el planeta. Unos cuantos son grandes depredadores; otros, como los enormes tiburones ballena y tiburón peregrino, imponentes criaturas de diez metros o más, solo comen plancton, y otros, como el velocísimo marrajo, parecen «un torpedo viviente». En noviembre de 1992 llegó un agonizante tiburón blanco (el del mi-fa mi-fa mi-fa) a Tossa de Mar, un ejemplar de cinco metros. Deambulaba cerca de la orilla, lo que puso nerviosa a la Guardia Civil, y murió a las pocas horas.

No hay datos de más avistamientos del mitificado escualo en el litoral catalán. De hecho, no consta ningún ataque mortal de tiburones en Catalunya desde el siglo XVIII, cuando empezaron los registros. El verano pasado, un chico de 16 años se llevó un buen bocado y 30 puntos de sutura en una mano. Chapoteaba encima de una colchoneta, en Salou, y «probablemente un 'tallahams', porque nadie lo vio», confundió los dedos del chico con unos peces y le mordió. Fue un caso de muy mala suerte, a decir de los expertos, porque es un pez abundante y no se conocen ataques a personas.

Por eso a Bartolí le preocupa el interés que muestra el fotógrafo por unas amenazadoras fauces de un carcarínido (un grupo de tiburones) que tiene encima de la mesa para mostrarlas a los periodistas congregados. Teme que se transmita una imagen de fiereza que sería injusta. Tanto él como los también biólogos Manel Gazo Mariluz Parga han venido a sembrar sus saberes, sugerir precauciones y desterrar ideas manidas. «Son depredadores y fauna salvaje», aclara Gazo. Si bien: «¿Verdad que a nadie se le ocurriría meterse con un jabalí al que se encontrara en el bosque? Pues con los tiburones, lo mismo», apostilla el científico, que sí es partidario de cerrar la playa cuando aparece uno en lontananza, «pero no por el tiburón, sino por los cafres». Por lo visto, hay mucho bañista imprudente. También se da la figura del «testigo desinformado». Alguien que pasa por ahí y, sin tener ni idea, ante el primer micrófono que se tercie pontifica sobre el bicho que hay en la playa. «Un titular puede destrozar meses de pedagogía», lamenta Bartolí.

Salir (del agua) y disfrutar

El Mediterráneo, criaturas y misterios. Ejemplos: nadie sabe dónde se esconden en invierno las 3.500 ballenas -criaturas de más de 20 metros, ojo- que se calcula que hay en él. A veces, en su ruta migratoria, pasan frente a Barcelona (hay vídeos). Las tortugas, tan conservadoras que parecen: pueden poner huevos de diferenes machos. Cuando procrean, copulan todos con todos, la hembra almacena el semen y lo va dosificando. Los cetáceos: no pueden ser anestesiados. Su respiración es voluntaria, no refleja como la de los mamíferos, y morirían ahogados. Y tiburones. «En caso de encontrarse con uno en la playa -aconseja Gazo-, no ponerse histérico. Salir del agua y, en la medida de lo posible, disfrutar del momento, porque seguramente no lo veremos nunca más».