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Vincent Helvig: "Soy un 'homeless', pero sé que lo bueno llegará"

Núria Navarro

«Soy un homeless, pero sé que lo bueno llegará»_MEDIA_1

Vincent Helvig, en Esade, donde dio una conferencia. / JULIO CARBÓ

¿Se imaginan a un 'homeless' dando una conferencia en Esade? Pues Vincent Helvig (Londres, 1968) la dio hace unos días. Duerme en un albergue del Poble Sec y acude cada día a los comedores sociales, pero tiene una peculiaridad: una fuerza mental sin fisuras.

¿No le da rabia tener delante a un auditorio tan holgado de dinero? ¡Es una bendición! Yo le doy la vuelta a la idea de que cuando los ricos son más ricos, los pobres son más pobres. Estoy convencido de que los que creen en el éxito tienen más éxito y los que no creen, no lo tienen.

¿Qué entiende por éxito? Hacer lo que quieres, cuando quieres y con quien quieres.

No está usted en ese momento. De momento, duermo en un albergue del Poble Sec y trabajo en crecer.

Cuente como empezó su caída. En Gran Bretaña tenía un buen empleo –era monitor de primeros auxilios–, pero también ganas de expandir mi mundo. Veía vídeos del orador motivacional Tony Robbins y me sentía fuerte. Llegué a Barcelona en el 2015. Hice un par de trabajos y me contrataron en un 'renting' de bicicletas para turistas de la calle de Pintor Fortuny, con derecho a alojamiento. A los pocos meses el jefe vendió el negocio y el nuevo dueño anunció que no podía pagarnos.

¿Tenía un dinerito ahorrado? Solo unos 1.100 euros. Busqué trabajo, pero mi magia no funcionaba. Entre la pensión y la comida, en dos semanas el dinero se esfumó. Dejé mi equipaje en casa de un amigo y me fui a dormir a la playa de la Barceloneta. Empezó a hacer frío y me acomodé entre la media docena de 'homeless' fijos del puente del MacDonald's de Bogatell. Y cuando hizo más frío aún, en un cajero del Raval que tenía que dejar a las 8.

¿Eso duró mucho tiempo? Estuve tres meses en la calle. Lo peor fue el hambre, porque te duele el estómago. Durante dos semanas no ingerí más que agua. Pero cuando entraba a asearme en el Mercadona o el MacDonald's, me miraba al espejo y repetía: "Vincent, algo bueno llegará, esto no es para siempre".

¿No le hería el desprecio de la gente? Mi pinta no era la de un 'homeless'. Mi ropa estaba limpia. Llevaba zapatos. Nunca he pedido limosna (si pides dinero, dependes de él y no te mueves). Yo me iba directo a la Biblioteca de Catalunya o a la del Bogatell a buscar empleo en la red, a aprender castellano y a escuchar audiolibros como 'Piense y hágase rico', de Napoleon Hill, que diseñó una estrategia de éxito después de estudiar el perfil de varios millonarios.

Es una rareza entre los 'sin techo'. La mayoría de 'homeless' dicen: "Esta es mi realidad". En una de esas noches conocí a un escocés que hablaba cinco idiomas. Le pregunté: "¿Qué es lo que te pasa, tío?". "Me gusta beber", respondió. Otros con los que hablé aseguraban que querían ser libres. ¿Libres? La libertad está muy bien, ¿pero te quedas ahí para siempre? La vida es demasiado grande. Si te enfocas en que algo bueno pasará, pasará.

Cuando no tienes nada, cabe la desesperación. No es un buen estado mental. Mi cuerpo estaba allí, en el cajero, pero no mi mente. Mi mente era libre. No importa la economía ni el Gobierno, es la mente. Eres el único que puede crecer. La actitud lo es todo.

La actitud no llena el estómago. Tiene arreglo. Alguien me dijo que podía ir al comedor social del convento de Sant Agustí. "Dios mío, ¿no tengo por qué pasar hambre?", me alegré. Y tropecé con Andrew Funk, el fundador de Homeless Entrepreneur. Me dio buenos consejos, contactos que me han permitido ganar un dinero dando clases de inglés y la propuesta de participar en el 'workshop' de Esade. ¿Mi filosofía? Aprende, crece y enseña a otra gente. 

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