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debate de once candidatos a las presidenciales de Francia.

La casa Francia

Raquel Montes Torralba

El pasado jueves se produjo una de esas inverosímiles coincidencias que manifiestan de manera simple el signo de los tiempos: poco antes de conocerse la noticia sobre el atentado de los campos Elíseos, Marine Le Pen denunciaba en el último debate público con los 11 candidatos antes de la primera vuelta, la ausencia de las cuestiones de seguridad y terrorismo en la campaña electoral. En él aprovechaba para reiterar sus propuestas: recuperación del control de las fronteras (a través de la salida de Schengen), expulsión de los “fiche S” (las personas fichadas por poner en peligro la seguridad del Estado) y la interrupción del 'jus soli' (derecho a obtener la ciudadanía del territorio en el que se ha nacido). Con la buena retórica que la caracteriza, la señora Le Pen dijo que tenía la intención de devolver a los franceses “las llaves de la casa Francia”. Sin embargo, cabría preguntarse si quedará algo de esta noble casa para cuando estas elecciones hayan terminado y si podrán convivir bajo el mismo techo los portadores de proyectos tan diferentes.

A pocos días de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, cuatro candidatos se reparten, casi por igual, las intenciones de voto. Cada uno de estos candidatos representan cuatro opciones irreconciliables. La irrupción de los extremos, la extrema izquierda de Jean-Luc Melenchon y la extrema derecha de Marine Le Pen, ha producido una apertura del espectro de lo posible: la puesta en cuestión del liberalismo económico, la pertenencia a la OTAN o a la Unión Europea son debatidas como la política fiscal o migratoria. El mapa político se ha fracturado y con él, la posibilidad misma del consenso. Es precisamente esta enorme apertura, la que aturde a una gran parte de los electores, titubeando entre el deseo de manifestar su descontento y el miedo a perder con ello tierra firme. En otro nivel se encuentran los militantes, movidos por la necesidad de dar un puñetazo sobre la mesa, de mostrar su insatisfacción: contra la clase política, contra el orden neoliberal, contra Europa, contra el otro, que es otra manera de expresar el descontento contra sí mismo.

VOTO ÚTIL

En este contexto se hace muy complicado el voto útil: quién puede ni siquiera imaginar que los votantes del candidato de la izquierda radical, Jean-Luc Melenchon, votarán por el socio-liberal Emmanuel Macron; quién duda que una parte del electorado del conservador Fillon no se decantará, en su soledad frente a la urna, por la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen. Así las cosas, nada es predecible, todo imaginable.

El paisaje posterior no se dibuja mucho mejor. Estas elecciones dejarán tras de si, una izquierda fragmentada, un Partido Socialista al borde de la ruptura, una derecha dividida entre una tendencia tradicionalista y conservadora y una centrista cada vez más acentuadas, finalmente, un Frente Nacional más poderoso. La gran incógnita es cómo hará el próximo presidente para gobernar sobre estas ruinas políticas. 

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