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Dos miradas

El vuelo majestuoso de la pelota, suspendida en el cielo, casi ingrávida, se concreta en la definición de la incertidumbre cuando toca el 'green'. El golf es una poética

La única vez que he estado en un campo de golf, un socio de la entidad me propuso practicar un par de golpes. No hice un par. Ni siquiera uno. No hice ninguno. Fui incapaz de demostrar mi 'swing', aunque sabía los movimientos (los había visto muchas veces), aunque pensaba que, al menos teóricamente, era capaz de iniciar el recorrido. Apenas fui capaz de levantar la madera y ya no hablemos de tocar la pelotita. Un fracaso. Tuve que reconocer que el único golf que podía jugar era el mini, una actividad que no es habitual en mis momentos de ocio, pero que, de vez en cuando, practico.

Explico todo esto para demostrar que no soy un fanático y para decir, a continuación, que me quedé pegado a la tele durante la retransmisión de la final del Masters de Augusta. Alguien puede pensar que es la cosa más aburrida del mundo - y no pienso entrar en ninguna discusión: admito la posibilidad - pero reconozco que hacía tiempo que no me embelesaba tanto con un deporte. La tensión del primer lanzamiento (la necesidad de enfocar bien el asunto de entrada); la gracia del 'approach' (continuidad del estilo); la sutileza del 'putt' (el control de las distancias cortas), me cautivaron, como nos cautiva la persistencia del trabajo y el genio en el arte. El vuelo majestuoso de la pelota, suspendida en el cielo, casi ingrávida, se concreta en la definición de la incertidumbre cuando toca el "green". El golf es una poética.

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