El Periódico

La renovación de la enseñanza (1)

Boris Mir

Boris Mir

Profesor de educación secundaria y director adjunto del programa Escola Nova 21

Transformar la educación

Hay que construir una escuela que forme para la vida y en la que el éxito se mida de forma diferente

Miércoles, 31 de agosto del 2016

La educación primaria debe preparar a los alumnos para dar respuestas innovadoras en una sociedad cambiante y en evolución constante. Los niños deben aprender a pensar y actuar de manera integrada, considerando las interconexiones e interrelaciones entre los aprendizajes. Hay que promover, de manera transversal, la adquisición de hábitos y valores para resolver problemas y situaciones desde cualquiera de las áreas curriculares; hay que fomentar la iniciativa, la creatividad, el espíritu crítico y el gusto por aprender, y hay que desarrollar la capacidad del esfuerzo y la cultura del trabajo.

El párrafo anterior está copiado literalmente del decreto que ordena las enseñanzas de la educación primaria en Catalunya. Podríamos rastrear este propósito, con formulaciones similares, en todos los decretos elaborados por el Govern. Emplazo al lector a relacionar la experiencia educativa de sus hijos en la escuela y los fines que aquí se apuntan. Muy probablemente pensará que la distancia entre el propósito y las prácticas en muchas escuelas catalanas es muy, muy grande.

¿Cómo es posible que una escuela que plantea estas finalidades tenga una estructura curricular, un sistema de evaluación, una organización escolar, unas praxis de aula, unos equipamientos y espacios de aprendizaje... que no llevan a alcanzar estos objetivos? La enseñanza obligatoria que tenemos es diversa y rica, pero, con toda franqueza, queda muy lejos, en términos generales, de lo que apuntan los decretos educativos.

LOS RESULTADOS QUE QUEREMOS

La innovación que necesitamos debe promover unas prácticas educativas avanzadas que produzcan realmente los resultados que queremos. No se trata solo de introducir nuevas metodologías o de digitalizar la escuela, ni tampoco de contraponer contenidos y competencias. Se trata de construir una escuela que forme realmente para la vida y que desarrolle capacidades y competencias como las que se apuntan. Que abandone, definitivamente, una visión academicista o basada en la instrucción para asumir un concepto diferente de éxito escolar. Que la calidad, la equidad o la excelencia que perseguimos se midan en relación con estas finalidades educativas y no a partir de medias numéricas del resultado de pruebas estandarizadas de competencias, por ejemplo.

Para que esto sea posible, habrá que hacer cambios en el rol y en las prácticas de docentes y de alumnos, en el desarrollo del currículo, en las formas de evaluación, en la gobernanza y organización de los centros y en los equipamientos y los espacios. Hablo de cambios profundos y no de ninguna otra innovación superficial.

Naturalmente, esta responsabilidad de transformación es compartida, en distinto grado, por familias, docentes, Administración y sociedad. Con seguridad harán falta un conjunto de acciones firmes y sistemáticas a diferentes niveles. Por supuesto que será necesario ir más allá de maestros osados ​​o de escuelas valientes que ya están apostando fuerte por estas transformaciones imprescindibles. Indudablemente, habrá que aumentar la inversión educativa, repensar la formación inicial y permanente, reformular el sistema de acceso de maestros y profesores, dotar de recursos a la autonomía de centro, favorecer los centros de alta complejidad, reducir la segregación escolar o revisar el rol de la inspección educativa, por poner ejemplos concretos. Hacerlo sin buenos ni malos, menos corporativamente, más colaborativamente.

EL INMOVILISMO CONSOLIDA EL STATUO QUO

Tengamos presente que el inmovilismo consolida el statu quo del sistema educativo catalán. Paraliza el cambio y es el aliado pasivo de un sistema que no da respuesta a las necesidades formativas y educativas de nuestros niños y jóvenes, que no ofrece experiencias educativas de calidad en todas y cada una de las escuelas del país. Así pues, necesitamos ser valientes y hacer de la innovación educativa una herramienta de transformación con el objetivo de ser coherentes con las finalidades que dictamina nuestro propio sistema educativo. Si los tiempos no son fáciles, no nos resignemos: tendremos que ser más creativos, más atrevidos.

No tengo ninguna duda de que la educación catalana tiene que cambiar en profundidad. Pienso que ya lo está empezando a hacer y que hay, en todos los estamentos y colectivos, agentes del cambio a los que hay que empoderar. Encontremos, pues, un consenso para el largo plazo y adoptemos acciones valientes para acordar discurso y praxis, para alcanzar conjuntamente, en toda escuela e instituto, la calidad, la equidad y la excelencia que ya proclamamos en nuestros decretos educativos. Que sea en esta generación o en la próxima depende bastante de todos nosotros: que transformar la educación sea una tarea colectiva, ilusionante y posible a la que todos tengamos el privilegio y el deber de contribuir.

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