El Periódico

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Sábado, 30 de enero del 2016

A finales de diciembre pasado, fuimos a El Velódromo tras un concierto. Era medianoche y estaba lleno de comensales en el trance de acabar. Nadie esperaba para ser atendido. Preguntamos al jefe de la sala y nos dijo que tendríamos que aguardar unos 20 minutos. Parecía más despistado que un oso polar en el Sáhara porque ante nosotros había una mesa libre. Lo señalamos y nos acomodó sin explicaciones.

La perdiz en escabeche estaba rica (mucho aceite y poca chicha). Las bravas eran de una rutinaria corrección. Excelentes y abundantes los bocadillos: el de presa ibérica con queso comté y, sobre todo, el de pastrami. Cuidado con la ternera ahumada, que pide paso. En el Born acaba de abrir un local matrioska: el Pastrami Bar, que aloja una coctelería. Regresa la tontería del clandestino.

Tuvimos suerte en El Velódromo porque, pese a la hora, empezaron a acumularse hambrientos. Me alegré del trajín y de que el negocio estuviera vivo. Una pena el chasco en la recepción y que el servicio flojeara. Nos sirvieron como quien llena el depósito de gasolina. Ser camarero tiene más que ver con el calor que con el combustible.

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