El Periódico

Viernes, 3 de junio del 2016 - 12:51 CEST

Trabajar el menú de mediodía es una recomendable –necesaria– ocupación.


Los cocineros afrontan esas opciones a precio cerrado de dos modos: recurren a tediosos básicos para ulcerar estómagos o abandonan fritangas y rutinas por una creatividad moderada (y posible).


Por necesidad, miles de ciudadanos se apuntan a diario al primero-segundo-postre (o café) en busca de elaboraciones variadas, saludables y, a poder ser, con salero. Y que la pitanza cueste unos euros que sean una carga soportable por las diezmadas cuentas corrientes.


Y pasa –cada vez más– que junto a los platos que verdaderamente forman parte del conjunto surjan los cargados con suplemento.


El último chasco fue en un lugar donde, en teoría, el menú lo vendían a 13 euros, aunque –entre los segundos– había tres viandas con extra (dos y tres euros de más) y dos normales. Y, además, los que llevaban gravamen estaban anunciados en primera posición.


Demasiada mala fe: había intención marrullera en el acto. No fue un descuido. Si el cliente pensaba gastar 13 euros –o 16 repitiendo bebida y con café–, alcanzar los 19 o 20 significaba otro registro, otro lugar, otra voluntad.

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