José Luis Cuerda: "Soy un hombre complejo. Igual hago un dramón que una cachondada"

La película 'Amanece, que no es poco' cumple 25 años y su director y guionista cuenta en un libro cómo se le ocurrió semejante disparate

BÁRBARA ESCAMILLA

Miércoles, 13 de noviembre del 2013 - 16:53 CET

La editorial Pepitas de calabaza ha dado, con 'Amanece que no es poco', (y la reedición del periódico que se repartió en su estreno) en el clavo y el corazón de miles de amanecistas. En sus casi 300 páginas, José Luis Cuerda ofrece al lector, además del guion y fotogramas de la película, vivencias, recuerdos, anécdotas y pensamientos que explican cómo pudo una pelicula así salir del bancal. De todo esto lleva hablando el cineasta desde el 15 de octubre, en una gira de presentación del libro que ya ha tenido paradas en ciudades como Madrid, Logroño o Bilbao, y que incluirá a Barcelona el próximo 26 de noviembre.

Si uno amanece y abre el Twitter de José Luis Cuerda (59.000 seguidores) se encontrará cosas como: “El primer desnudo femenino que vi en mi vida fue el de mi abuela Filomena, y me pareció una desorganización” o “A los millonarios ni se les pasa por la cabeza que van a morir”. Si en vez de Twitter, abre su reciente libro, 'Si amaestras una cabra', llevas mucho adelantado. Leerá historias mínimas como “La insaciable de Wichita, llamada así por ser de Wichita” o “El sol, en un comunicado oficial, asegura que puede lucir hasta el 24 de febrero de 2014. Que después la cosa queda en manos de Bruselas”. Y empezará el día con una sonrisa lúcida, que no es poco.

Dentro del absurdo, de la greguería, de la risa abierta o la crítica cerrada, dentro de la intención certera, este hombre, nacido hace 66 años en Albacete, tira a dar sin violencia, aunque a veces la razón actúe como un arma blanca. Y razón tiene. Y sentido. Y cumple un doble propósito: reflexionar riendo, reír reflexionando. Le viene de lejos y confirma un hecho: Cuerda es bueno para la salud mental. Y solo de una mente como la suya, y de una voluntad cinéfila escondida en cada plano, pudo surgir algo como 'Amanece, que no es poco', una película que nació prendida a un bancal, que desconcertó en su momento, que fue adorada y detestada a partes iguales, y que hoy es un filme de culto, con clubes de fans, frases que son léxico común e imágenes para la historia.

Estos días se cumple el 25 aniversario de su estreno. Y el caldo del homenaje se cuece con un libro hecho, según el autor, “con materiales de derribo, dudas, zozobras, zascandileos y hasta sarcasmos sobre lo tratado, y si fuera el caso, risillas, curiosidades y otros elementos”; la reedición del periódico que se repartió en el estreno ('Diario de primeras horas de la mañana, universal y del mundo'), y una gira con proyecciones en cines de toda España. Volvemos a ese pueblo en el que todos son contingentes y solo el alcalde es necesario; la Guardia Civil se encarga con mimo de que todos los borrachos beban hasta la ebriedad absoluta; se eligen, por rigurosa votación, los cargos de alcalde, cura, maestro, puta, marimacho y adúlteras; salen hombres de los bancales; se celebran flashbacks en la plaza del pueblo, los labradores plagian a Faulkner, las lecciones escolares se cantan a pleno pulmón y el sol sale por donde le da la gana.

Hace 25 años, una almeja pocha le impidió asistir al estreno. ¿Se está sacando la espinita?

Una cena en Salamanca, sí, con una amiga. A ella no le pasó nada, y la mala me tocó a mí. Me tiré un par de meses fastidiado. Así que sí, me quito la espinita porque, además, esto es como un estreno: la mayoría de la gente ha visto 'Amanece, que no es poco' solo por televisión. Y algunos, ni siquiera eso.

¿Y qué le diría a alguien que la va a ver por primera vez?

“Si ves que no te enteras, ríete cuando se rían los demás”. Así no se nota [risas].

'Dominical' propone a Cuerda (mordaz, irónico, ganador de dos Goya al mejor guion por 'La lengua de las mariposas' y 'Los girasoles ciegos', por las que también optó al de mejor director; productor de 'Tesis', 'Abre los ojos' y 'Los otros'...) un encuentro con morriña. Una entrevista extraña, raruna, como diría él, en la que las primeras preguntas (marcadas con asteriscos) serán frases que el director ideó para los personajes de 'Amanece…, aderezadas con puntadas de actualidad. Si él puso en semejantes tesituras a sus criaturas, pongámosle a él en las mismas. A ver por dónde nos sale.

Que quería yo hablarle de Dostoievski*.

Yo, si me dices eso, me abro de mente, me dejo penetrar por tu sabiduría sobre Dostoievski y cualquier otra cosa, para mí va a ser aprender. Borges decía algo parecido: “Leída la novela rusa, uno es capaz de comprender todo lo que ocurre en esta vida”. Claro que una cosa es comprenderlo y otra estar de acuerdo.

Como plagiar a Faulkner*.

Eso no se debe. Más que nada porque se te nota mucho. Si fuera plagiar a José María Pemán, pues se nota menos, porque a Pemán te puedes acercar con cierta facilidad. Pero Faulkner es otra cosa. Y los algunos, que haberlos haylos, que lo han querido plagiar o, digamos, acercarse a él, no le llegan, no le llegan.

Y luego está el tema del libre albedrío, que es un tema muy bonito*.

Un tema muy bonito que la jerarquía no aprecia en lo que vale, o lo aprecia tanto que te lo prohíbe casi siempre. Ahora ya ni siquiera es un tema de libre albedrío: es el que amanece por las mañanas, que cualquier día le van a hacer que amanezca al contrario, verá. Porque además, si lo hacen en diferido, se nota menos.

Pero ¿qué coño pasa aquí? ¿es que son fantasmas o son todos unos hijos de puta?*

¡Ay, dios mío, qué compromiso! ¡Qué decisión! Podríamos decir que hay mucho hijo de puta travestido en fantasma para disimular. O a lo mejor no son tantos, pero se hacen notar. Alguien ha repartido mal las cartas, y le ha dado ases a quien no se merece ni sotas. Solo se merecen el tres de bastos: uno para darles en la cabeza, otro para darles en el centro del cuerpo, y otro para darles en los pies y que no caminen mucho ni lleguen muy lejos.

¿Ha pensado en si le gustaría ser un intelectual? Total, no tiene nada que perder*.

Exacto, no se pierde nada. Y, a los que conozco, no se pillan ni un mal constipado en invierno. Mira a Baroja, que se ponía el abrigo, la bufanda y la boina y daba gusto verle. La gente que más admiro, en creación literaria, son periféricos: Josep Pla, Pío Baroja, Álvaro Cunqueiro. Y no estoy repartiendo para ser políticamente correcto. Son la gente con la que yo disfruto, cuyo libros abro en cualquier momento y tengo que cortar para comer porque, si no, seguiría sin parar. Esos son lo que yo considero intelectuales. Y alguno de ellos ni siquiera se acercaba a lo que pudieran ser mis ideas rojeras, pero admiro su talante y su capacidad imaginativa.

¿Este alcalde nos toca las ‘pilotas’?*

Sí. Sí. No es que las toque, es que las golpea. El golpeo y el tacto, o el tacto torpe, que decían los curas cuando te preguntaban si te habías masturbado. Que yo pensaba, “hombre, torpes, torpes…”. Bueno, es igual, vamos a dejarlo.

Esto podría haber sido una leyenda. O una epopeya si nos juntamos varios*.

El que no admite que llegue a epopeya es un tal Montoro, creo que se llama. Será el “montoro” de Osborne, porque un par de pelotas le está echando [risas]. Lo que no sé es para que están los otros ministerios, si es que no hacen falta, hacen lo que dice él. ¡Todo lo gobierna él! Y además, siempre con la misma tijera, que es la de recortar. Si cogiera hijo y aguja y se pusiera a recoser un poco… Pero, insisto, no entiendo la existencia del ministerio de Sanidad o el de Cultura o Educación. ¡Si los está destrozando! Las subvenciones se las dan a los periódicos que les gustan, que les dan mucha publicidad institucional. ¡Yo quiero a Montoro de jefe máximo de todo! Y que pague las operaciones del rey y que no deje que se opere demasiado, que le diga: “Oye, que ya te han operado una vez, se siente. Solo tienes derecho a que te operen una vez”. La Seguridad Social que él puede haber pagado no le da para más. Yo he pagado durante 40 años y ahora, cuando tengo que comprarme medicinas, las tengo que pagar otra vez. Pero oiga, ¡si yo ya las pagué por adelantado! Eso no es repago, es repajoleo.

¿Y cómo aguanta usted este sin dios?*

Pues malamente. En esa frase de “Dios todopoderoso y bondad infinita”, por ejemplo, habría que cambiar los adjetivos. Hay que tener mala idea para defender y pregonar eso y dejar que la cosa vaya como va. Pero el lenguaje está ahora muy depreciado, se usan palabras para encubrir contextos, no para expresarlos. En fin, lo aguanto malamente, no diréis que no soy bocazas.

Desde luego en Twitter se explaya.

No le quepa duda. Y menos mal, porque si uno no saca estas cosas se le emponzoñan el hígado y la bilis. Por otra parte, ¿qué hacen en el BOE, por ejemplo? Escribir tuits. Y las declaraciones de Cospedal, ¿no son un tuit continuo? O que un tipo comparezca ante los periodistas a través de una pantalla de plasma… Luego dicen que yo soy surrealista. Esto sí que es surrealismo, surrealismo hecho ofensa. Estamos viviendo una época curiosa. No es supervivencia, es subvivencia. ¡Uy!, mira qué cara está poniendo el editor, pensará que estoy hablando de lo que me da la gana [risas]. ¿Aquí hemos venido a hablar de Umbral, o qué?

Venga. Hablemos de su libro. En una de las primeras páginas escribe: “Mal asunto si uno, en el territorio de la creación, tiene que ponerse a explicar lo que ha hecho, por qué lo ha hecho o por qué ha dejado de hacerlo”. Sin embargo, se ha dado el gustazo de hacerlo. ¿Por qué?

Pues porque algo como Amanece que no es poco es un artefacto que tiene excrecencias, huecos, espinas, adherencias que puede que valga la pena contar. Esta película tiene fanáticos, gente que se ha visto enganchada por algún sitio de su cuerpo que no esperaba.

Mucha gente, incluso muchos ‘amanecistas’, siguen pensando que ‘Amanece...’ es puro surrealismo. Pero a usted no le convence el término...

Es que lo que hago yo es enfrentarme a la realidad, fajarme con ella, retorcerle el pescuezo, los testículos si se ponen a mano, abofetearla, dejar que me abofetee, saber que algo de ella estoy cazando y me quedo con ello, y que algo de mí se está quedando ella; aprendiendo que la realidad no es realista, sino que la realidad incluye los sueños, los anhelos, los deseos, las frustraciones... Y ese magma, todo ese ajomataero, como se diría en Albacete, es lo que da vida a Amanece... Pensé que todo eso convenía explicarlo y es lo que está en este libro, cuya lectura aconsejo [risas] porque nos está oyendo el editor y porque creo que se lo pueden pasar muy bien leyéndolo.


‘Amanece...’ iba a ser una serie, ‘Ab urbe condita’. Cuéntenos.

Era un proyecto en el que todo se suscribía a la mediterraneidad. Por ejemplo, un personaje estaba en Barcelona, doblaba la esquina y de pronto estaba en Génova. Y de ahí pasaba a Marsella. Tenía un concepto platónico del mundo, dividido en círculos concéntricos, por un lado los políticos, por otro los filósofos… Eso me permitía adquirir una perspectiva por encima de la realidad, de forma que cuando yo me metiese en ella, podía salir algo fecundo. En 'Total' [película que escribió y dirigió en 1983], que es la madre del cordero audiovisual de 'Amanece que no es poco' y de 'Así en el cielo como en la Tierra', yo empezaba, nada inocentemente, con Agustín González mirando a cámara, para que el espectador viese que se dirigía a él, y señalando a un pueblecito de Soria, y decía: “Londres”. Que vemos que no es Londres, claro. Pero él lo decía muy seguro. Y luego señalaba a una oveja y decía: “Oveja”. Y veíamos que sí, que era verdad. Eso lo hice para anunciar al espectador que aquello iba a ir de la constatación de lo más comprobable en la realidad a la interpretación que cada uno hacemos de eso. Y de ahí viene ''Amanece que no es poco': hay una realidad que uno puede o quiere ver y luego hay maneras de abordarla desde fuera, aunque el que esté fuera sea uno mismo y haya que llevárselo por delante.

Llevárselo por delante a carcajadas, de paso.

Si me tengo que reír de mí mismo, soy el primero, y eso es lo que aprovecho, la parte risible que añade lo humano, un medio de expresión y de recepción estupendo. Y un filtro. Porque, que yo sepa, fuera del componente humano la única que se ríe es la hiena, pero no le hacemos caso. A lo mejor las azucenas también se ríen. Esto me lo acabo de inventar.

¿Y por qué no llegó a hacerse la serie?

Porque no cumplí. El encargo, que me había hecho Gonzalo Vallejo Pérez de Ayala, amigo y entonces jefe de TVE, era que hiciese una serie al estilo de 'Crónicas de un pueblo', pero con los personajes de Total, con ese tipo de humor. Y yo le presenté esto del mundo platónico y claro, era imposible. Por el tema presupuestario, pero también porque era un disparate [risas].

¿Cuándo se transformó en película?

Tres o cuatro años después, unos productores, benefactores de mi humanidad, me dieron luz verde para hacer algo parecido a 'Total', pasándose por alto algunas críticas demoledoras que habían escrito de ella. Además, ya había estrenado [con éxito] 'El bosque animado', así que digamos que podía hacer lo que me diese la gana. Me dije: ahora o nunca.

Y 25 años después de esa decisión y según una encuesta de la Seminci, ‘Amanece, que no es poco’ es el filme español preferido del público de los últimos 60 años.

Y no me cabe la menor duda de que sea así. Aquí tienes que escribir que me río y que me caben todas las dudas [risas].

Cuando se estrenó, muchos no la entendieron.

Sí, es verdad. Estuve en un festival de cine español en Toulouse porque proyectaban algunas de mis películas. Al salir de ver 'El bosque animado', la gente me daba abrazos. Cuando salieron de ver 'Amanece, que no es poco' había que verles las caras [risas]. Me miraban y sonreían comprensivamente, como pensando “madre mía, de un año a otro, ¡lo tonto que se volvió este hombre!” [risas]. Ahora, con esa encuesta, parece que se decanta la cosa por lo de que soy inteligente, pero no se preocupe, que a la mínima me sacuden otra vez.

Sobre esas críticas dijo usted: “Se ven con más facilidad los experimentos formales que los conceptuales. Y lo mejor repartido por el mundo es la pereza. Todos la tenemos. Y así, o era un genio o era un tonto”. ¿Sigue pasando lo mismo? ¿Hay mucha pereza?

Cada vez más. La civilización actual se asienta en un trípode, que es un término muy cinematográfico. Las tres patas son la apariencia, la percusión y la reiteración. Importa un carajo lo que seamos de verdad, lo único que se percibe de nosotros es lo que aparentamos. Si alguien opina de mí dirá “es un tipo gordo, con barba, calvo y con mala leche, o muy gracioso”, pero a quien de verdad le importa cómo sea o cómo deje de ser es solo a mi familia y a mis amigos. Luego viene la percusión, es decir, el titular: lo que interesa es algo que te defina en pocas palabras. Por ejemplo, cuando publiqué el libro Si amaestras una cabra..., hubo gente en algunos medios que no sabía dónde ubicarlo, ¡hasta hubo alguno que lo incluyó en la sección de economía! Pues podrían crear una sección que se llame “cosicas” y lo meten ahí, con 'La Biblia' y con 'Camino', de Escrivá de Balaguer, que son “cosicas”. Y lo último es la reiteración: todos los que nos dedicamos a escribir pensamos que lo que hacemos merece la pena, lo cual es de una osadía realmente escandalosa, y nos da por pensar que las cosas hay que repetirlas mucho, cuando la reiteración es insultante. Es lo que está ocurriendo ahora: piensan que somos gilipollas, si no, no se legislaría lo que se legisla y sobre todo no se haría por decreto ley, que es lo más agresivo que se puede hacer. Vivimos en un mundo del que puedo afirmar que no soy nada contemporáneo, de lo cual me alegro mucho. Si no pongo pie en algo más sólido que lo contemporáneo, mejor lo dejo.

Un tuit suyo: “Mi infancia me acoge con generosidad cuando la necesito”. ¿De ahí sale todo?

No le quepa duda. Coincido con Rilke: “La patria de cada uno es su infancia”. Yo soy deudor de las primeras sensaciones que tuve, de las primeras perplejidades. En mi infancia me pasé un año en cama con una pleuresía, con un padre jugador de póquer y una madre que iba por el pasillo larguísimo de mi casa diciendo “Ay, si una hubiese sabido lo que le esperaba…” [risas]. De vez en cuando, además de a la infancia, acudo a la conformidad conmigo mismo.

¿Es verdad que ha tenido siempre la sensación de ser más viejo que su padre?

Es que eso me lo hacía ver él. Recuerdo una madrugada en la que mi padre, que venía del Círculo de Bellas Artes de jugar al póquer, se sentó a los pies de mi cama, me despertó y me dijo: “Que me han dicho que hay petróleo en Burgos. ¿Vamos a la Bolsa?”. Y yo le dije… “Pero padre, yo no sé nada de eso, de invertir…”. “Algo más que yo sabrás”, me dijo. Y nos fuimos a la Bolsa. Estuvimos una hora, no entendimos nada y nos marchamos, con las manos en los bolsillos y silbando, a tomar un café con churros. Sí, él confiaba mucho en mí y decía que yo valía mucho para dar consejos [risas]. Pero luego me contaba unas cosas… Un día me dejó perplejo. “José Luis –me dijo–convéncete, lo único que quieren las mujeres es que te acuestes con ellas”. Y yo pensé: “Primero, esto no es conversación con un padre. Y segundo, qué seguridad tiene este hombre de que a mí me pasa eso. ¡Te pasará a ti! ¡A mí no, ya quisiera yo!”. Bueno, él se había quedado viudo cuando me hizo estas confesiones...

Su padre era jugador de póquer, pero, según cuenta en el libro, en la ficha del colegio puso usted que era “agricultor” y luego “agricultor propietario”, que sonaba mejor.

Sí, sí, era jugador. El piso del Paseo de La Habana, por ejemplo, lo ganó en una partida en el Círculo de Bellas Artes. Y, claro, cuando en el cole me preguntaron qué oficio tenía, yo puse lo de “agricultor propietario” y el cura me preguntó que qué era eso. Así que volví a casa y le pregunté a mi padre, y él, supongo que cansado ya, me soltó “tú di que soy requeté”. Y así lo hice. Y el cura me dijo “¿pero tú eres tonto o qué?”.

Seguramente, ese cura no conocía las ventajas de deformar la realidad, a diferencia de usted.

Yo lo único que veía de la realidad es que era jodida, y perdón por el adjetivo. En los escolapios, yo estaba en la clase de pago, y luego estaban los gratuitos, que entraban por otra puerta. Les daban un vaso con unos polvos blancos que era leche en polvo enviada por los americanos. En el grifo que había allí lo llenaban, se lo bebían, pero dejaban un culín, y lo volvían a rellenar, y así unas cuantas veces, hasta que lo que bebían era agua blancuzca. Y se hacían la ilusión de que se bebían dos o tres vasos de leche. Y ahí ya pensé: “Algo no funciona en este mundo cuando estos niños que están muertos de hambre se están convenciendo de que están bebiendo tres vasos de leche... cuando eso no es leche”. Y eso que por entonces había una consideración más beneficiosa de la caridad. Pero era una sociedad compleja, hecha polvo. Mi comprensión del mundo viene por una información muy variada y, a veces, la memoria almacena muy a su pesar las cosas que te duelen.

¿Esa memoria le hace a uno cobarde o valiente?

Yo sé que soy capaz de mostrar cobardía, y también valentía: si en la facultad pegaba un cartel convocando a una manifestación y venía alguien de extrema derecha y me exigía que quitase eso inmediatamente, yo le decía que si no estaba de acuerdo, pegase otro cartel al lado del mío pidiendo a la gente que no fuera a la manifestación. Pero en otras ocasiones me daban un taco de panfletos para repartir y los tiraba a la basura muerto de miedo. Así que, bueno, me puedo manifestar como cobarde o como valiente. Lo que sí sé es que nadie tiene derecho a convertirme en cobarde. Y eso estamos viviendo ahora. Están convirtiendo en cobarde a una sociedad civil que está acojonada porque se está jugando la supervivencia. Y porque te convierten en pobre, en menesteroso, y a eso no tiene derecho nadie. No se puede decir que existe una sociedad callada. No. Existe una sociedad enmudecida. Y eso me indigna.

Perdone el giro cómico, pero… ¿fue también cobardía ir al seminario solo por no tener que declararse a su vecina Rosa Mari?

Bueno, eso me daba más vergüenza que miedo, porque daba por seguro que me iba a decir que no quería establecer relaciones conmigo [risas].

¿Y hacer ‘Amanece, que no es poco’ fue valiente? ¿Cómo lo recuerda?

¡Espantoso! [risas]. En el rodaje me di cuenta de que era un proyecto que sobrepasaba las posibilidades de presupuesto que teníamos. Unas condiciones que yo había aceptado, no es que no lo supiese antes de empezar. Pero me encontré con que tenía que mover una masa continua de actores, con incomodidades geográficas, subiendo y bajando montes… Los rodajes en la naturaleza son tremendos. Cuando hice La lengua de las mariposas, Fernando Fernán Gómez estalló un día al grito de [Cuerda le imita con voz ronca...]: “¡Me habían dicho que esto era un rodaje con niños y lo que es es la selva!”. El de Amanece... fue un rodaje mucho más difícil. Hubo días en que llegué a rodar más de 28 planos. Por ejemplo, todos los musicales en la escuela, que son un montón de planos, los hicimos en una sola jornada, algo en lo que los americanos emplean como mínimo una semana. Recuerdo terminar agotado todos los días.

No me diga que no se rió ni un poquito.

Mucho, sí, pero más fuera de cámara que rodando. Recuerdo con mucho cariño las comidas y las cenas con todo el equipo, en especial una cena en un restaurante en el que hacían unas chuletas de cordero maravillosas, asadas con leña de sarmiento. En un momento dado, Ovidi Montllor me dijo: “José Luis, ¿te importa que te diga cuántas llevas? ¡Es que van 17!”. Y le dije: “Pues se va a poner la cosa en 19, qué le vamos a hacer”.

Mucha gente se pregunta por qué no ha vuelto a hacer películas así.

Sí, sí, es una duda sobre todo por parte de los críticos. Pues… porque ahora mismo no me sale. Yo soy así, un hombre muy complejo, te puedo hacer un dramón o una cachondada. Normalmente los directores hacen o solo dramones o solo comedias. Pues vaya aburrimiento. Si mecanizas la risa ya vas jodido. Como si no tuvieses momentos serios. Yo, por ejemplo, soy un llorón. Lloro con una facilidad ejemplar. En todos los rodajes me voy un día llorando al hotel, porque lo que he hecho no me gusta un carajo, por cualquier cosa. Recuerdo un día espantoso, en el rodaje de 'La lengua de las mariposas', que se estaba haciendo tarde y aún nos quedaban por rodar un par de planos, y me acerqué a Fernán Gómez y le dije que se marchase ya a comer. Él me puso la mano en el hombro y me dijo: “José Luis, estoy rodando muy a gusto contigo”. Y aún se me hace un nudo en la garganta recordándolo [es verdad, le brillan los ojos]. Me alegró el día, pero me tuve que ir corriendo disimuladamente a una habitación para echar una llantina y luego volver diciendo que tenía un poco de alergia.

Me va a permitir terminar plagiando, no a Faulkner, sino al personaje de Gabino Diego en ‘Amanece...’ [interpreta a un estudiante americano, con fuerte acento]: “Habla usted un pijo de bien, really”.

¡Uy!, qué risa con él. Me dijo “¿cómo me cogiste para hablar con acento americano si nunca me habías oído hablar así?”. Y le dije, “pues porque por mal que te saliese, valía también”. Es lo bueno que tiene esta película: haces un plano cutre y qué más da.

Gracias a este rodaje compartió usted vida y trabajo con algunos de los mejores actores españoles: Manuel Alexandre, José Sazatornil, Rafael Alonso, Antonio Resines y, por supuesto, Luis Ciges.

Sí, sí. Con Ciges viví ratos inolvidables. Me contaba mil anécdotas, me reía muchísimo. Durante la guerra mundial, él se fue Rusia con la División Azul. Me contó que una noche estaba de vigilancia mirando fijamente el horizonte, muy atento por si aparecía el enemigo, y empezó a amanecer y se dio cuenta de que ¡estaba sentado delante de una tapia! [risas].

Amaneció y no fue poco.

Justo. Y eso es lo que nos pasa a nosotros, que pensamos que estamos mirando el horizonte y en realidad estamos mirando una tapia [risas]. Mira, ¡ese es un buen tuit!

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