El Periódico

Viernes, 30 de mayo del 2014

La planta del cáñamo y del cannabis tiene una larga historia milenaria. Hace 8.000 años era una planta silvestre de Asia Central y del Himalaya, luego cultivada en China para producir fibra textil y más tarde en la India, para obtener incienso y resina. Se expandió hacia el Índico y hacia Europa. En los Balcanes se han encontrado semillas para inhalarla en un brasero de hace 5.000 años. Una planta milenaria y de múltiples usos (comida, vestido, calzado, cuerdas, incienso, papel, psicoactivo...) que solo es ilegalizada a partir del primer tercio del siglo XX.

En 1937, Estados Unidos prohibió el cultivo del cáñamo por presión de la industria papelera y de la química-textil para no hundir sus intereses en otras materias primas. De paso, la ley de 1937 prohibía su derivado (la marihuana) y reforzaba la moralidad puritana sobre sus peligros. Han pasado más de 80 años de políticas prohibicionistas que no tienen mucho más recorrido futuro. Ahora vivimos un cambio de ciclo que apuesta por la legalización.

Uruguay es el país pionero que acaba de legalizar y regular la producción, venta y consumo de la marihuana siguiendo un proceso impecable y bien organizado según la misma Unión Europea y organismos internacionales. La apuesta del presidente Mujica ha sido valiente y le han seguido ciertos estados norteamericanos donde los primeros datos ya recogen el descenso de los delitos menores y violentos. En Colorado está generando nuevos negocios y hasta 10.000 nuevos empleos.

Una ocasión perdida por el municipio de Rasquera que el juez y el Estado tumbaron hace ahora un año. «Ustedes no pueden plantar ese cultivo ni esas semillas». Esa fue la sentencia de un Estado que se dice liberal y democrático en pleno siglo XXI. Una decisión errónea. Legalizarla es la manera más efectiva de combatir el narcotráfico y la adulteración. Algo ya sabido y debatido desde finales de los años 80.

En nuestro país persiste cierta tolerancia para el cultivo si es para consumo personal. Aprovechando los resquicios legales, han ido multiplicándose los clubs de cannabis de manera descontrolada. Justo por no tener un marco pleno de cobertura legal desde el Estado. Los primeros clubs se autorregulaban desde el propio movimiento cannábico, pero ahora el intrusismo de nuevos agentes está abusando de la actual tolerancia con fines comerciales y desviados. Se deben regular y fiscalizar mejor los clubs existentes. Es una demanda necesaria que plantean los propios precursores del movimiento cannábico. Regular es caminar mejor hacia la legalización que llegará más pronto que tarde. El debate de fondo es más universal y va más allá del caótico presente.

Como sociedad madura nos debemos preguntar: ¿podemos prohibir una planta, una semilla o una flor por miedo a sus riesgos? Si la respuesta es afirmativa, reflejamos debilidad e intolerancia. Defendamos la libertad de elección ante las decisiones vitales (embarazo, eutanasia, cambio de sexo o marihuana) donde no han de intervenir ni el Estado ni la teología, solo los propios individuos responsables de sí mismos.

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