El Periódico

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A pie de calle

El Hivernacle se instala en el olvido

CATALINA GAYÀ

Miércoles, 9 de enero del 2013

Un indigente duerme en el Hivernacle del parque de la Ciutadella, el domingo pasado.

La turista se pone de puntillas y se asoma al interior del Hivernacle de la Ciutadella. Es un domingo soleado y el parque está lleno de parejas, de niños que aprenden a pedalear y de hombres que buscan bancos y recovecos en los que desaparecer. El parque está en una calma chica, solo rota por el bullicio de un equipo de rodaje que trabaja cerca del zoo. Como puede, la turista alemana toma unas fotos de uno de los tres pabellones. A través de unos cristales sucios y rotos, se ve esa selva que narraron los cronistas de Indias, cuando el plátano cortado era una fruta exótica en la que aparecía un Jesús crucificado. A la turista parece no interesarle la crónica verde de allende los mares. Fotografía los cristales rotos, la pintura ya desgastada, el vacío de un edificio que fue espléndido y que ahora está inexplicablemente abandonado como si fuera un trasto viejo en esta ciudad de diseño.

En unos minutos, la chica se

reúne con sus amigas, a quienes la instalación no les ha llamado la atención, y se van en busca del sol, de la vida del parque.

El Hivernacle, y también el Umbracle, es una de las joyas de Exposición Universal que se celebró en Barcelona en 1888. Hace unos meses, un historiadora explicó en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona que de esa época es también el primer cartel que anunciaba que Barcelona estaba preparada para recibir visitantes. Era un cartel en blanco y negro que representaba a una ciudad de invierno por la que una damisela delicada se paseaba en primer plano. El Hivernacle era uno de los edificios de esa recién estrenada ciudad cosmopolita, modernista y hambrienta de mundo. La turista me recuerda ese cartel en blanco y negro, pero ahora, en el 2013, el Hivernacle y el Umbracle -este último complejo no tan dañado, pero también en proceso de deterioro- viven en un limbo que ya se ha alargado más de seis años.

De Clos a Hereu

En el verano del 2005, el Ayuntamiento de Barcelona no renovó la licencia a un restaurante que había en el Hivernacle y empezó así el camino hacia el olvido. Ese año se celebró el último concierto de jazz, la última cena, el último desayuno en el Amazonas. Joan Clos, entonces el alcalde de la ciudad, anunció una remodelación de la instalación. Entre el 2007 y el 2009, se llevaron a cabo las obras más urgentes -se repararon las filtraciones de los tejados y se restauró el interior de uno de los tres pabellones-, que costaron 1.038.000 euros. Desde entonces, el Hivernacle solo se ha abierto al público una vez, durante una jornada de puertas abiertas para celebrar el fin de esas obras. Jordi Hereu era el alcalde.

Seis años son muchos en época de velocidades y desmemorias, y el plan de rescate del Hivernacle parece haberse quedado en algún cajón municipal. El edificio está ya desaseado y desastrado como ese Macondo del que Gabriel García Márquez escribía que solo permanecían los almendros como recuerdo del esplendor de una época pasada. En el Hivernacle viven las plantas. La construcción humana se degrada día a día sin que, de momento, nadie detenga la negligencia.

Como la turista, me pongo de puntillas y me llevo los signos de la dejadez. El hombre sin techo que ha encontrado cobijo bajo unos ventanales me sigue los pasos con la mirada. Al final me habla y me dice que muchos hacen lo mismo: fotografían lo dañado, quizá porque es raro ver «algo así» en Barcelona. No sé si se refiere al Hivernacle o a la dejadez o al olvido.

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