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El nuevo presidente surcoreano, dispuesto a viajar a Corea del Norte para rebajar la tensión

El recién elegido Moon se ha mostrado crítico con la instalación del escudo antimisiles

Adrián Foncillas

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El nuevo presidente surcoreano Moon Jae-In. / JUNG YEON-JE

Escampa en la península coreana tras una década tormentosa. La victoria de Moon Jae-in alivia una zona donde se juntan las larvadas diferencias regionales con el pulso geopolítico entre Estados Unidos y China. Moon ha aclarado minutos después de ser declarado presidente que viajará por todo el mundo para resolver el problema norcoreano: Washington, Tokyo, Pekín… y Pyongyang “si se dan las condiciones”. Su propósito jubila la política frentista que ha desatado los tambores de guerra. Washington y Pyongyang han amenazado en las últimas semanas con ataques preventivos y China ha alertado de que el conflicto fatal puede estallar en cualquier momento.

En la historia reciente surcoreana, dominada por dictadores y conservadores, los progresistas son la excepción. Los únicos antecedentes de Moon son Kim Dae-joon y Roh Moon-hyun, quienes entre 1998 y 2008 propiciaron el periodo más pacífico con su política de acercamiento o sunshine policy. Pyongyang acudía entonces a las negociaciones internacionales para su desnuclearización y en el 2007 organizó la histórica cumbre presidencial. Todo se torció con el regreso de los conservadores: alegaron que Seúl  “había dado mucho y recibido muy poco” y que los 4.500 millones de dólares en ayudas habían acabado en el programa nuclear. Quizá fuera cierto. Lo único indudable es que ha sido la menos inútil de las políticas probadas en siete décadas.

ICONO INDUSTRIAL

Moon, discípulo de Roh y corresponsable de aquellas iniciativas, comparte esa certeza. El presidente, hijo de refugiados norcoreanos, es un pragmático. Ha subrayado que odia el régimen comunista y opresivo de Pyongyang pero asume que es el que hay. La única vía, pues, es el diálogo. Se desconoce hasta qué punto pretende resucitar la 'sunshine policy' pero ya ha aclarado que la colaboración económica es primordial para el deshielo. La reapertura del icónico proyecto industrial conjunto de Kaesong, rutinariamente clausurado en épocas fragorosas, sería una de sus primera medidas.

Cualquier cambio en la dinámica actual es agradecido y el de Moon es tan ambicioso como audaz: propone dialogar con Pyongyang, debatir con China sobre el escudo antimisiles que Washington pactó con su antecesora y finiquitar el servilismo hacia Estados Unidos que padece Japón. La arrogancia de Donald Trump contribuyó a la arrolladora victoria de Moon cuando ordenó a Seúl que pagara los mil millones de dólares de su escudo antimisiles.

Su victoria ha aliviado a China, también partidaria de la diplomacia. El escudo ha arruinado las relaciones de Seúl con su principal socio comercial, que la está sometiendo a un tenaz boicot económico. La afinidad con Trump parece más ardua. Sus estrategias son antagónicas: Estados Unidos pretende ahogar a Pyongyang con sanciones para arrastrarla a la mesa de negociaciones mientras Moon ofrece su mano para aceitar la solución. Su plan es más viable que exigir a los líderes norcoreanos que renuncien a su programa nuclear, su seguro de supervivencia, con amenazas militares.

"CANDIDATO IDÓNEO"

La llegada de Moon reduce las tensiones y abre un camino que, con Corea del Norte de por medio, sólo puede ser delicado. El proceso medirá la paciencia del nuevo presidente y su pueblo. En su aplastante triunfo ha pesado más el hartazgo hacia la corrupción de los conservadores y su defensa del ecologismo (Seúl es la segunda ciudad más contaminada del planeta) que su postura hacia Pyongyang.

Los primeros efectos son evidentes. La amenaza de un catastrófico ataque preventivo estadounidense se ha desvanecido por el rechazo frontal del aliado surcoreano y Pyongyang ha bajado los decibelios tras meses de ruido atronador. Su prensa nacional había señalado a Moon como el candidato idóneo y llamado a los surcoreanos a castigar en las urnas “a ese grupo conservador de marionetas”.

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