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Si el futuro del planeta son las megaciudades, el futuro de las megaciudades depende en buena parte de su movilidad. Interna y externa. Barcelona y su área metropolitana de 36 municipios siguen con el reto de mejorar las pésimas conexiones para hacer efectiva la unión urbana de 3,2 millones de ciudadanos en 636 kilómetros cuadrados. Todo aquello de Rodalies, ampliar el metro, aclararse con el tranvía o colocar aparcamientos disuasorios en los accesos a los núcleos de población o peajes para circular por según qué distritos. Pero mientras eso naufraga o se mantiene en barbecho en mares políticos y competenciales, la cosa privada avanza sin excesiva oposición. El vehículo compartido y los chismes de movilidad personal son cada vez más populares. Con ellos se viene -de hecho, ya está aquí- una nueva manera de moverse por la ciudad. Individual, no tan colectiva. Más eléctrica, no contaminante.

El patinete eléctrico invade una Barcelona que se abona a la movilidad eléctrica (leer noticia)