01 oct 2020

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Es una frase recurrente en el campo de la astronomía, la paleontología y la arqueología. Aparece una estrella de extraño tintinear, un diente molar inesperado o un ánfora donde no debería estar y, a continuación se afirma que eso obliga a reconsiderar gran parte de lo sentado como cátedra hasta entonces. Pues a veces es así. Qué decir, si no, del último sorpresón que ha emergido del pasado romano de Badalona gracias a una promoción inmobiliaria. Ha aparecido un fragmento de la Vía Augusta, poca broma, un taller metalúrgico, con su horno incluido, también un edificio coronado con una exedra (el antecedente del ábside cristiano) de época tan tardía (siglo IV) que habrá que repensar la fecha real de la decadencia de la ciudad. La lista sigue con un ‘ustrinum’, vamos, un recinto de incineración funeraria del siglo I a. de C. donde donde no se han encontrado urnas con cenizas, pero sí un anillo de oro con el que algún prohombre se quiso ir al otro mundo y, justo al otro lado de ese tramo de la Vía Augusta, un mausoleo funerario con una quincena de restos humanos, la mitad de ellos niños. De ese conjunto destaca una tumba con tres esqueletos, probablemente una familia. El esqueleto de un hombre rodea con el húmero, el radio y el cúbito izquierdos los omóplatos de una mujer. Entre ambos yacen los restos de una criatura de unos cinco años. No hay duda de que allí se lloró desconsoladamente.

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