No tiene casi nada que ver porque ni los tiempos, ni las circunstancias, ni los países, ni la sociedad es la misma, pero al contemplar el reguero de fiestas y botellones que la policía ha ido neutralizando en Barcelona en los últimos tiempos, se hace inevitable pensar en la ley seca de Estados Unidos, esos 13 años en los que, en teoría, no se podía consumir alcohol y, claro está, hecha la ley, hecha la trampa. Chicago se convirtió en epicentro de la picaresca, con personajes como Al Capone, el hijo de un barbero y una costurera que tenía la capital de Illinois en su mano. Hasta que el agente de Tesoro Elliott Ness y sus muchachos dieron con la tecla para poner fin a sus fechorías. La única similitud entre ambas situaciones, entre aquella 18ª enmienda de la Constitución estadounidense y la pandemia, es la tentación de doblegar la norma. Por morbo, pero también por necesidad. El último episodio, el vivido la noche del domingo en la Zona Franca de Barcelona, donde la Guardia Urbana, quizás sin el glamur de 'los intocables', desalojó una fiesta que había congregado a más de 200 personas y 310 denuncias. Por si fuera poca cosa, la policía también decomisó tres armas.

La primavera desmelena el botellón y las fiestas ilegales en Barcelona (leer noticia)