Las sábanas con mensajes que cuelgan de muchos de los balcones anuncian que la pequeña barriada de Can Clos, en la ladera oeste de Montjuïc, está en pie de guerra. Son las cuatro de la tarde de un jueves de noviembre y la plaza del Mig, la gran explanada entre los bloques bajo el Estadi Olímpic, está desierta. En la puerta del colegio empiezan a concentrase las primeras madres, armadas también con cartones pintados con consignas en la misma línea que las que asoman de las ventanas a su espalda. El lema más repetido, "l'escola no es tanca". Desde que el distrito y el consorcio de educación les anunciaron que habían tomado la decisión de cerrar el centro para fusionarlo con la escuela Enric Granados, en el paseo de la Zona Franca, las familias de la pequeña escuela están haciendo todo el ruido que pueden, donde pueden, para intentar que la administración cambie de opinión y mantenga abierto el centro; "la alegría del barrio", según describen sus vecinas. Un barrio que no va precisamente sobrado de alegrías.

Can Clos hace piña para defender su oasis escolar, icono de la diversidad (leer noticia)