Algunos cerebros ochenteros tienen tendencia a ver a un animal dando vueltas en el interior de una lavadora en cuanto oyen la expresión "autolavado de mascotas", quizá porque se acuerdan de aquella escena en la que la Pantera Rosa, convertida en pompón rosa, volaba libremente después de someterse a una sesión completa de lavado y secado –hacia el cielo de las panteras, quién sabe–. Aparte de imposible la imagen es estrambótica, pero los que tienen mascotas y han puesto un pie en el universo del autolavado saben que el mundo real depara instantáneas no mucho menos insólitas, como una sala llena de cubículos transparentes donde los animales entran con su mugre a cuestas y brotan impolutos mientras sus propietarios se dedican a mirar sus mensajes en el teléfono. Igual que una lavadora, pero sin el centrifugado.

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