La lacra de la violencia machista

Una superviviente de un intento de violación: "Siempre tuve muy claro que yo no tenía la culpa"

Aloe Mateu, de 25 años, decide relatar el asalto sexual que sufrió en 2016 tras el caso de Igualada y el juicio de Molins de Rei

Aloe Mateu, en una imagen tomada este viernes.

Aloe Mateu, en una imagen tomada este viernes. / David Aparicio

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Samar El Ansari

“Me preguntó donde vivía, no le contesté y me empujó contra la pared mientras se bajaba los pantalones. Le pegué una patada, se sacó una navaja del bolsillo, me amenazó y yo empecé a gritar e intentar que no me cogiera”. Aloe Mateu tenía 20 años cuando fue víctima de un intento de violación en un asalto que le causó la fractura de tres costillas. Volvía a casa de las fiestas patronales de Sant Adrià de Besòs. Esa noche de septiembre de 2016, Aloe estaba esperando el bus con una amiga. “Ella volvía a casa en el nocturno porque vivía lejos y no quería caminar sola por la calle. Como la parada estaba justo en frente de mi casa, decidí esperar con ella hasta que llegase el bus. Yo me sentía segura porque estaba en frente de mi portal”. Cuando su amiga se fue, se dirigió hacia la portería. Cuando entró, un hombre la acorraló en el rellano, la agredió con un objeto punzante. Afortunadamente para la joven, su hermana oyó sus gritos de auxilio y salió a socorrerla. El asaltante intentó huir corriendo pero con la ayuda de algunos jóvenes que seguían por la calle lo retuvieron hasta que llegó la policía. Khurram Shahzad, el agresor, cumple una condena de 11 años de cárcel en la prisión de Can Brians (Baix Llobregat).

El relato de Aloe Mateu brota 11 días después de la violación inhumana de una chica de 16 años en Igualada, la semana en que se celebra el juicio por la violación múltiple de una mujer en Molins de Rei (Barcelona) en 2018. Cinco años después de sufrir el asalto sexual, se arma de valor y cuenta a EL PERIÓDICO cómo ha sido su vida después del terrible suceso y cómo ha conseguido salir adelante. 

Un giro de 180 grados

Mateu es pastelera de profesión y actualmente vive en Girona. Su vida ha dado un giro de 180 grados desde aquel momento pero hoy se encuentra fuerte para contar lo que pasó y dar un rayo de esperanza a todas aquellas mujeres que han podido pasar por la misma situación. “Pude seguir con mi vida porque, a pesar de todo, siempre tuve muy claro que yo no tenía la culpa de nada y que encerrarme en casa no me beneficiaba de ninguna manera por más miedo que pudiera tener”, afirma la joven.

"Encerrarme en casa no me beneficiaba de ninguna manera por más miedo que pudiera tener"

En la actualidad, Aloe lleva una vida normal. Trabaja por las mañanas en una pastelería de Girona, comparte piso con su pareja, tienen dos gatos y una perra. La agresión que le marcó un antes y un después no le ha impedido seguir adelante con su vida y aunque ella se siente estable, afirma saber que aún así no está bien del todo. “Me considero recuperada aunque sé que tengo secuelas”. Sigue teniendo episodios de ansiedad cuando está sola, especialmente si es de noche, si se cruza con algún desconocido o nota a alguien caminar detrás suyo. “No lo llamaría manía persecutoria, pero sí que siempre tengo paranoias con que tengo alguien detrás. Todo porque cuando mi agresor se coló en mi portal lo hizo metiéndose detrás mío, casi pegado a mi cuerpo, sin que yo me diera cuenta. Por eso siempre me da esa angustia de ¿y si…?”. 

Aloe Mateu posa para EL PERIÓDICO.

/ David Aparicio

La recuperación

Subraya, sin embargo, la capacidad que ha tenido para poder cerrar este fatídico capítulo de su vida de manera autónoma, ya que al terminar el proceso judicial decidió no continuar con la terapia psicológica. “Yo tenía muy claro que nada de lo sucedido había sido por mi culpa. Esto me ayudó muchísimo a hacer autoterapia”, aunque sí que explica que los inicios fueron difíciles. Su zona de residencia, la que debería ser su zona de confort, le daba miedo hecho que se agravaba cuando llegaba a su portal. “Me daba miedo caminar sola por el barrio, especialmente de noche y entrar a mi portal era una pesadilla. Cuando te encuentras en la situación tienes que hacer una reflexión profunda para poder afrontar esos miedos. Si yo no hubiese hecho esto no habría podido entrar a casa de mis padres nunca más”.

"He tenido la suerte de que nunca me he sentido abandonada por parte de las instituciones"

Durante el proceso desde la violación hasta que se celebró el juicio y hubo sentencia definitiva, se sintió muy respaldada. “He tenido la suerte de que nunca me he sentido abandonada por parte de las instituciones. En su día me asignaron una psicóloga para poder hacer terapia y hoy si yo quisiera podría seguir yendo”. Por decisión propia, decidió no continuar con la terapia en aquel momento, lo que no le impide aconsejar a las víctimas que busquen ayuda psicológica. “No continué con la terapia porque me considero una persona fuerte. Siempre tuve claro que la violencia machista no es culpa nuestra, es culpa de los agresores, del sistema. No quería continuar porque no me quería seguir sintiendo una víctima a sabiendas de que lo era. Para mí ese proceso era recordar continuamente lo que había pasado y lo único que quería era cerrarlo. Al final cada uno tiene un proceso de duelo diferente. A pesar de todo, he recibido muy buena asistencia institucional y recomiendo a todas las mujeres que hayan sido víctimas que vayan”.  De hecho, mantiene el contacto con la Oficina d’Atenció a la Víctima (OAVG). "Un psicólogo que me sigue llamando para hacerme un pequeño control y me informa de todo lo relativo al estado actual de mi agresor”.

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Insiste en que la mejor terapia fue contar su historia a sus familiares, amigos e incluso hacer denuncia a través de redes sociales. “Animo a todas las mujeres que lo hagan. No tenemos por qué sentir vergüenza ni miedo. La mejor terapia es soltar todo lo que llevas dentro y tus amigos y familiares siempre te van a apoyar. Además en estos casos la denuncia a través de redes sociales es importante porque ayuda a dar visibilidad a la violencia machista y a hacer ver a la gente que la violencia la podemos encontrar más cerca de lo que creemos”.

La agresión de Aloe se produjo la noche del 10 al 11 de septiembre de 2016. Según la sentencia, Khurram Shahzad, el agresor, cumple una condena de 11 años en el centro penitenciario de Brians a la espera de la concesión del tercer grado. Cuando llegue el permiso, tiene una orden de alejamiento hacia la víctima. “Están obligados a mantenerme informada sobre el estado de mi agresor. Esto me tranquiliza y me deja ver que las instituciones tienen un gran compromiso con las agresiones sexuales y la violencia de género”, concluye.