29 oct 2020

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Crisis sanitaria

Apocalipsis 'runner'

Numerosos corredores, víctimas del síndrome de abstinencia, desafían la orden de confinación y salen a trotar por el frente marítimo

Rafael Tapounet

Un agente de la Guardia Urbana da el alto a una pareja de ’runners’ en la Barceloneta.

Un agente de la Guardia Urbana da el alto a una pareja de ’runners’ en la Barceloneta. / ELISENDA PONS

En estricto cumplimiento de mis obligaciones profesionales, y atendiendo a un encargo de la superioridad, quebranto la orden de confinamiento y salgo a peinar las calles a ver qué se cuece. La idea es tomarle el pulso a esta ciudad vaciada para plasmarlo luego en un reportaje perteneciente a ese socorrido subgénero periodístico que consiste en explicar qué sucede cuando no está sucediendo lo que habitualmente sucede. La crónica imposible de una mañana soleada de domingo que nada tiene que ver con las mañanas soleadas de domingo que conocemos. Lo que viene a continuación se puede resumir en un titular de seis palabras: 'Runners', extranjeros y gente con perros.

Son las once y media. Con un punzante sentimiento de culpa y el temor a que de algún balcón salga una increpación o caiga un tiesto en justo castigo a mi acto de indisciplina sanitaria, me dirijo al litoral, que ahí suele haber gente. Y lo primero que salta a la vista es que el Gobierno ha cometido un error de bulto en el decreto por el que se declara el estado de alarma al mostrarse comprensivo con el hábito de los fumadores (autorizando la apertura de los estancos para no dejarlos sin provisión de nicotina) y pasando, en cambio, por alto una adicción igualmente extendida y no menos incontrolable: el llamado 'running'. Lo de correr.

Carreras contra el virus

Mientras los ciudadanos que no sienten la necesidad compulsiva de trotar se resignan a permanecer en sus casas conociéndose a sí mismos y entendiendo un poco mejor eso que decía Goethe de que la vida es corta pero el día es largo, los 'runners' (también los ciclistas, pero en menor medida) se apoderan de las calles con sus camisetas técnicas de vivos colores y sus mallas de compresión, ajenos a la emergencia de salud pública que tiene lugar a su alrededor. 'Flip-flap, flip-flap, jog-trot, jog-trot, cruñslap, cruñslap'. Como si pudieran eludir la pandemia simplemente corriendo más que el virus.

En el Port Olímpic los 'runners' son amplia mayoría, seguidos, a cierta distancia, por los extranjeros despistados y los paseadores de perros. "No creo que haya ningún problema si corres solo, ¿no? Lo de no ir en grupo ya lo entiendo, pero de uno en uno no veo peligro", se justifica un corredor en la treintena que acaba de hacer una parada para beber agua antes de reemprender la marcha. Solo unos metros más allá, ya en el Passeig Marítim, un agente de la Guardia Urbana lo saca de su error. "Haga el favor de irse a casa, por favor. ¿No ve que si unos salen a correr otros querrán ir a la playa y otros a pasear y volveremos a estar en las mismas?". El 'runner' asiente, se da la vuelta y se aleja. Trotando.

Al cabo de una media hora, será visto en una de las callejas de la Barceloneta. Sin dejar de correr, por supuesto.

El perro como coartada

La policía municipal y los Mossos d’Esquadra se reparten la tarea de ir advirtiendo a los transeúntes de que deben recluirse en sus domicilios, cosa que hacen modulando el tono de la exhortación en función del interlocutor: "Caballero, hay que ir para casa". "Venga, todos para casa". "Señor, solo se puede estar en la calle si es imprescindible". "¿Vive usted por aquí, señorita?". Poco a poco van vaciando la playa del Somorrostro, donde una veintena de personas pilla iones negativos y rayos de sol. Solo las que van acompañadas de un can eluden la amonestación policial y pueden seguir a lo suyo. Tener perro se perfila como la gran coartada para los próximos días.

Hablando de coartadas, ahí pasa un 'runner' (al menos, va vestido como tal y corre) agarrado a una barra de pan. Un plan tan astuto que podrías ponerle una cola y llamarlo comadreja.

Domingo de agosto antiguo

En la Barceloneta se respira una calma muy rara. También en el Born, donde a mediodía se oye el piar de los pájaros, cosa que no sucedía desde que los habitantes del barrio aprendieron a decir 'gentrificación'. De hecho, toda la ciudad tiene un aire de domingo de agosto antiguo, de cuando los barceloneses huían, los comercios bajaban la persiana y el turismo parecía un fenómeno razonable.

En el pórtico de Santa Maria del Mar, un cartel explica a los fieles cómo pueden seguir la misa desde casa a través de la tele, la radio y hasta de internet. Los 'runners' no tienen ese consuelo. Una pareja de urbanos impide el acceso de los corredores (también de los bongoseros) al Parc de la Ciutadella. Se estrecha el cerco. Los adictos al correteo se enfrentan en los días que vienen a un síndrome de abstinencia aterrador. Es eso, o deslizarse por la pendiente de la clandestinidad y la delincuencia. Al menos ellos, y esto es un dato empírico, sí estarán preparados para correr delante de la policía.