26 oct 2020

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colectivos vulnerables

El miedo a los menas aviva el odio en Vilamajor

La Generalitat prevé abrir un centro de adolescentes y jóvenes migrantes en un pueblo del Montseny

Las miradas de recelo entre partidarios y detractores de la acogida inundan el pueblo

Elisenda Colell

Adolescentes salen del Instituto del pueblo, por su paso frente la futura masía que acogera a jóvenes migrantes.

Adolescentes salen del Instituto del pueblo, por su paso frente la futura masía que acogera a jóvenes migrantes. / MARC VILA

"El miedo bloquea, el miedo es un motor que puede llevar reacciones de todo tipo", sostiene Enric Pol Urrutia, catedrático de Psicologia Social de la Universitat de Barcelona. Una afirmación que bien sirve para explicar la atmósfera que ha impregnado Sant Pere de Vilamajor (Vallès Oriental), un pequeño pueblo que va a acoger  adolescentes y jóvenes migrantes en búsqueda de oportunidades, y donde el odio más descarnado y desenfrenado ha relucido a cara descubierta. Este diario se ha puesto en contacto con el ayuntamiento de Sant Pere de Vilamajor y le ha remitido a declaraciones hechas con otros medios.

Tanto Generalitat como la cooperativa Eduvic planteaban abandonar la casa de colonias donde viven más de 40 menores migrantes en Canet de Mar (Maresme). Un centro donde, por cierto, un hombre trató de agredir a los chicos con un machete. En enero, la fundación encontró una casa en Sant Pere de Vilamajor. La alquiló con el consentimiento y apoyo de la Direcció d’Atenció a la Infància i l’Adolescència (DGAIA) y se pactó que un grupo de 17 chicos migrantes de entre 16 y 21 años se instalarían allí el 9 de marzo. El Ayuntamiento de Sant Pere, que no ha querido hacer declaraciones a El PERIÓDICO, fue informado en plena crisis del ‘Gloria’ cuando los destrozos millonarios obligaron a algunas familias del pueblo a abandonar sus hogares. Una semana más tarde, el consistorio se dispuso a abordar el tema haciendo un comunicado a los vecinos. Ya era demasiado tarde, las redes sociales ardían e iban subiendo de tono en cuestión de horas. Ya se había organizada una recogida de firmas en contra de los niños, y del centro. "Stop Menas", se titula. 

Elisenda Mañana espera turno frente al mostrador de la carne de la única tienda que tiene el pueblo. "Sin darme cuenta me vi en un grupo de whatsap donde decían que tendríamos un problema gordo en el pueblo, y que había que impedir que vinieran… la verdad, yo me asusté", expone. Pero su nombre no aparecía entre las firmas. "Me han amenazado para que firmara, me han llamado a mi casa… y al final lo hice coaccionada", reconoce. También se presentó en una manifestación frente al consistorio para protestar contra el centro, hasta que se dio cuenta de que sus actos tenían consecuencias. "Josep y Enriqueta son buena gente, a mí me han acogido en Sant Pere, y les vi abatidos". Ellos son los propietarios de la masia donde vivirán los chicos, y fue en ese momento que Elisenda optó por cambiar de opinión. "Puede ser una oportunidad para que hagamos más cosas, les podemos recibir con una chocolatada", propone.

Ancianos señalados

"Estamos destrozados", dice Enriqueta, una mujer de más de 80 años y una salud frágil, que ha tenido que vivir como decenas de personas se han personado en su casa para gritarles, insultarles o amenazarles. "Me han dado ganas de irme yo del pueblo", se queja Josep, de 85 años, que se siente "defraudado" por muchos de sus convecinos. Él, precisamente, que permitió que se construyera la carretera y el párquing del instituto municipal y que hace de juez de paz desde los 80. "Estos niños tienen problemas, también merecen una oportunidad ¿no?", se pregunta. Los ancianos se han sentido atacados, aunque también arropados por otros vecinos, como Elisenda, que les ha ofrecido venir a dormir a su casa durante un tiempo. Pero saben que hay un grupo de whatsap donde se les señala como ‘los culpables’.

Miedo al boicot

En ese famoso grupo, donde muchos han sido expulsados, se dijeron auténticas "barbaridades" según vecinos consultados. Barbaridades del tipo "cuando lleguen vamos a quemar la casa""que los devuelvan en una patera y se mueran en el mar". O "vamos a dejar de comprar en la tienda". Este mensaje fue uno de los que más dolió a Inma Costa, la propietaria del único supermercado del pueblo que guardó las firmas en el desván de la tienda. "Estuve un día entero llorando, estas miradas de recelo entre los vecinos no las había visto nunca", explica. "Si coges a uno de estos niños, dejaremos de venir", también se oyó en la peluquería. "Yo no podía dar crédito a los comentarios racistas desde la barra, pero nosotros no podemos posicionarnos, estamos de cara el público", expone Montse, camarera del bar Cal Noguera que, al fin, ha querido romper su silencio. "Esto es demasiado".

El pasado 13 de febrero, los vecinos pudieron poner cara a este odio que empezó gestándose en las pantallas. Fue entonces cuando la secretaria de Infancia y de Igualtat de la Generalitat trataron de exponer el proyecto educativo y aclarar dudas en una reunión. Gritos, interrupciones, insultos y amenazas: así es como muchos vecinos resumen ese encuentro. Y aquí fue donde muchos vecinos que ven con miedo la llegada de los niños se abochornaron. "Me da miedo que vengan, pero también me asusta lo que tenemos aquí", expone una mujer contraria a la creación del centro que no quiere decir su nombre.

Ella se enteró a raíz de su hija adolescente, de 12 años. "Vino llorando a casa, tiene mucho miedo a violaciones porque un niño de Canet fue acusado de una agresión sexual". Dice que trató de calmarla, pero admite que el miedo también se apoderó de ella. "No me hace ni pizca de gracia que vengan aquí, este pueblo por la noche es un desierto, estoy acojonada”. También en contra está Raquel, una vecina que achaca la falta de servicios e infraestructuras que puede ofrecer el pueblo. "Aquí no hay nada para ofrecerles, solo la delincuencia", expone.

Odio en las aulas

De hecho, el futuro centro se ubica a pocos metros del instituto. Uno de los sitios, paradójicamente, donde el movimiento contrario era más fuerte. "Hemos descubierto que tenemos compañeros de clase que son abiertamente racistas, esto sí que me da miedo", dicen Bernat y Gerard, dos alumnos de tercero de la ESO que salen de clase. "Los violadores están en todos lados. Les atacan porque son marroquís, sino nadie diría nada", zanja una menor de 15 años.

Una de las plataformas que más ha tratado de romper el estigma contra los niños en el pueblo es Vilamajor Acull. "Vamos a hacer grupos para hacer charlas en pequeño formato para tratar de aclarar dudas, hay que hablar y conocernos", explica Maria Luchetti, una de los voluntarios, que tras la charla del día 13 reconoce que no pudo dejar de llorar. Otras vecinas, como Teresa Sagrera, maestra de primaria, decidió escribir un artículo. "Tenemos que vencer el miedo al diferente, este es el problema principal", sostiene, convencida que la mayoría de sus vecinos no tienen recelo contra estos niños, solo miedo a la incertidumbre que "un grupo pequeño y organizado ha orquestrado".

Pero también tienen cierto temor la Associació Amb Papers, una entidad de unos 20 voluntarios que hacen de mentores con los chicos en Canet de Mar. "Tenemos miedo los ataques contra la integridad física o psicológica que pueden sufrir estos niños que ya llevan una mochila emocional bastante dura", expone una de sus miembros, Clara Grífol. Ellos piden que el Govern espere almenos unas semanas para abrir el centro. Pero, preguntada por este diario, la DGAIA mantiene el calendario para el 9 de marzo. Y los educadores ya han sido advertidos para hacer el traslado el mismo día.

Según el experto de la UB, esta historia es un espejo de la sociedad. "Nos hemos acostumbrado a vivir solo con gente similar a nosotros – en casi guetos-, con muy poco contacto real con los 'diferentes', algo que también amplifican las redes sociales… y en cuanto llega el diferente, nos da miedo, no estamos acostumbrados. Todo lo desconocido genera inquietud, que puede acabar en miedo", expone. Todo esto, sumado a una idea en que el individuo tiene la percepción que ha perdido capacidad de decidir sobre su vida, ha dejado de tener poder. "La sensación que uno no puede hacer nada para cambiar su vida, que todo le viene dictado desde los poderes fácticos". Pero de repente la sociedad se toma una "cabeza de turco contra quien se arremeten todas las frustraciones, y esto nos genera una falsa sensación de tranquilidad, porque ya creemos tener identificada la causa de nuestros males… ". "Y en este caso son estos niños", lamenta Pol Urrutia. Que, de paso, advierte a los políticos, "no hay una varita mágica, los problemas sociales se resuelven entre toda la sociedad, y cada caso, aunque se parezca a otros, requiere soluciones específicas". 

Empresas de seguridad ven negocio

Una sonrisa en los peores momentos. Es una recomendación que se suele hacer para afrontar situaciones duras, y que, al menos las empresas de seguridad privada están aplicando en el pueblo de Sant Pere de Vilamajor (Vallès Oriental), que están haciendo su particular agosto con la posible llegada del centro de menores migrantes en el municipio. Los operarios explican que la demanda de alarmas se ha disparado en pocos días, mientras que algunos vecinos achacan acoso comercial a raíz de la apertura del centro.

El centro del pueblo, el núcleo urbano, no concentra más de 1.000 habitantes, pero estas últimas semanas se han llegado a ver hasta ocho vehículos de varias empresas de seguridad en la localidad en un mismo día. Son constantes las idas y llegadas de coches logotipados de las empresas. "Normalmente tenemos una petición de alarma cada semana en este pueblo, pero estas últimas semanas hemos tenido entre 8 y 10 vecinos que nos han llamado y nos han pedido que instaláramos una alarma o algún sistema de seguridad", explica Ivor Barreiro, un operario de Securitas Direct antes de pulsar el timbre de una casa mientras trabaja. Un aumento espectacular de la demanda, se habría multiplicado de forma exponencial tras conocer la llegada de los jóvenes migrantes.

Pero, en cambio, algunos vecinos denuncian acoso de estas compañías. "Con esto que esto pasando, la llegada del centro de estos chicos en el pueblo… ¿no le interesaría que le instaláramos una alarma, por si acaso?". Este es el mensaje que ha enfurecido a Dolors, una vecina de Sant Pere de Vilamajor que estalla solo llegar en el bar del pueblo. "Te puedes creer que hagan esto, estoy muy enfadada, me parece muy fuerte que se atrevan a hacer esto, estos niños no tienen la culpa de nada, les están tachando de delincuentes antes de llegar", exclama. Algunos vecinos aseguran haber recibido también estas visitas. Otros, se llevan las manos a la cabeza, pensando en el mal a la convivencia que hará si este mensaje se va expandiendo casa por casa como una mancha de aceite. "Están jugando con fuego", expone una clienta que se queda anonadada. ¿Esto es denunciable?, pregunta alguno.

La certeza es que la delincuencia, y en concreto los robos en los domicilios, hace meses que azotan este pueblo. Y es que, prácticamente, tres de cada cuatro vecinos viven alejados del núcleo urbano. Hay dos organizaciones donde viven cerca de 2.500 vecinos, y cuatro barrios más de alta montaña con menos de cien vecinos cada uno.

Algunos vecinos de estas urbanizaciones, como Raquel, se quejan de no tener policía municipal ni comisaría de los Mossos cercana, la más cerca es la de Sant Celoni, que está a una media hora en coche. "Aquí los urbanos son como los aguaciles, no van armados. Solo tienen una porra, no pueden hacer nada", se queja.

Y los datos lo demuestran. Este año los robos en casas de la localidad crecieron un 50%, según se informó en la última junta de seguridad del pasado 16 de enero. En aquél momento la alcaldesa pidió reforzar la presencia policial, especialmente en las urbanizaciones del pueblo, donde residen casi 3.000 vecinos. Pero, de momento, quien se frota las manos son precisamente las empresas de seguridad.