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Gente corriente

"En Singapur, los padres quieren hijos fuera de serie"

GEMMA TRAMULLAS

Los estudiantes de una ciudad-estado del sureste asiático con un tamaño similar al área metropolitana de Barcelona y cinco millones de habitantes arrasan en el ranking del último informe PISA. ¿Son un modelo a seguir? Antonio Codinach (Barcelona, 1973), uno de los pioneros de la colonia catalana en Singapur, comparte vía Skype su conocimiento directo de este sistema educativo.

-¿Por qué eligió vivir en un país que poca gente de aquí sabría situar en el mapa?

-En el 2003 me casé y por unos contactos de la que hoy es mi exmujer aterrizamos en Singapur sin casa ni trabajo, a la aventura. En el 2005 abrimos la que fue (y sigue siendo, aunque ya no tenemos nada que ver), la primera escuela de español en Singapur. Sigo vinculado al sector educativo, ahora en el ámbito de la formación corporativa en Cegos.

-¿Qué tiene este sistema educativo para imponerse al de las grandes potencias?

-En la escuela singapurense se enseña disciplina y respeto. Las clases empiezan a las siete de la mañana y los alumnos se ponen en pie cuando entra el profesor. No es que esto último me agrade especialmente, pero ni esto ni el cachondeo que reina en las aulas catalanas y españolas.

-Disciplina y respeto. No suena precisamente a pedagogía revolucionaria.

-He empezado por ahí porque para mí es un tema muy importante, pero obviamente son punteros en tecnología, robótica, programación... Hay otras muchas razones, como la estabilidad política, que permite planificar las políticas educativas, aplicarlas y darles continuidad.

-Pero si en algo no es número uno Singapur es en calidad democrática. Gobierna el mismo partido... ¡desde 1959!

-Esto no es la panacea, es una dictadura democrática y si somos capaces de entender este concepto entenderemos lo que pasa. Por ejemplo, si en el país hay un 70% de chinos, un 12% malayos, un 7% indios y el resto de otras nacionalidades, el gobierno obliga a las escuelas públicas (menos a las musulmanas) a replicar estos porcentajes en el aula. Y otra cosa, que a lo mejor gustará menos...

-Diga.

-En mi clase de los jesuitas de Sarrià había un grupito de superlistos, una mayoría que iba tirando y unos cuantos que tenían dificultades. En Singapur esto es oficial. A medida que los alumnos avanzan cursos, se los agrupa según sus capacidades y se les asignan profesores adecuados a su nivel. Se llama meritocracia.

-¿Usted a qué grupo pertenecía?

-Nunca fui un buen estudiante. ¿Pero usted recuerda algo de la clase de geografía?

-No.

-Nuestras cualidades sociales son principalmente las que hemos absorbido con la familia y con los amigos. Está muy bien que en la escuela enseñen matemáticas, ciencias y lengua, pero es muy importante que enseñen a pensar, a solucionar problemas, a comunicarse, a tener inteligencia emocional y cultural, porque son estas cualidades, y no los másteres que tengas, lo que te permitirá tener un futuro mejor.

-¿Los residentes extranjeros como usted llevan a sus hijos a la escuela pública?

-La mayoría no. Hay un debate entre llevarlos a la pública o a la privada internacional, donde todo es mucho más flexible, holístico, bohemio y carísimo. Yo soy un defensor de la pública, pero también tiene cosas negativas. Lo ideal sería una mezcla de lo mejor de ambos sistemas.

-¿Qué tiene de negativo la pública? 

-En Singapur los padres quieren hijos fuera de serie; no se contentan con un 9,5, les presionan para que saquen un 10 y los suicidios de estudiantes están en boca de todo el mundo. El Gobierno está hablando con las familias y suavizando el sistema para no centrarlo tanto en los exámenes.

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