Pistas de baile en extinción en Barcelona

La errática política municipal sobre ocio, el peso de las quejas vecinales y la crisis han castigado al sector del ocio nocturno en los últimos años

Ambiente en la discoteca Opium Mar de la zona de ocio Marina Village.

Ambiente en la discoteca Opium Mar de la zona de ocio Marina Village. / ADRIANA DOMÍNGUEZ

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PATRICIA CASTÁN / BARCELONA

El año que viene se cumplirán 20 años de una redada de película como preámbulo al cierre de una de las discotecas que más tardes de locura en la pista (y más quejas vecinales) cosecharon en los años 90, Barçalles. La sala de Mallorca-Castillejos, donde los rayos láser se confundían con los chorros de los aspersores en un delirio colectivo de 1.500 personas con versiones de tarde y noche, es un símbolo más de la marcha de una década con muchos decibelios urbanos indigestos. ¿Qué queda de las pistas de hace 25 años? Poca cosa. Tampoco de los locales de hace una década. O han cerrado para resurgir como copisterías o súpers, o han cambiado de nombre y estilo buscando a una nueva generación.

Al ocio nocturno, que en Barcelona vivió un apogeo algo más tardío que en Madrid a finales de los 80 y 90, lo han bombardeado por todos los flancos: con una errática política municipal sobre la integración de la diversión nocturna, con quejas vecinales (a veces con toda la razón del mundo y otras veces en base a 'vecinos' con intereses particulares e influencias), con fines urbanísticos, con una apisonadora llamada subida del IVA, y con una crisis galopante que ha dejado el consumo de copas bajo mínimos, porque muchos jóvenes con presupuesto ultracongelados se las beben en casa o en la calle. 

La necrológica (desordenada) es contundente: Apocalypse, Fibra Óptica, Up&Down, Ars, Barcelona de Noche, Monumental, Martins, Cibeles, Distrito Distinto, James Dean, Jimmy'z, Arena Gran Via, Centro Ciudad, Torres de Ávila, Trauma, Terraza América, Torre Melina y un largo etcétera han ido cayendo. Un exconcejal socialista con dilatada carrera mantiene que no hubo una consigna de limpiezas, ni maniobras teledirigidas para ubicar aquí o allá el ocio. No obstante, a veces basta la sutileza de unos reiterados controles de alcoholemia en el Eixample para desinflar a los noctámbulos de la zona. 

MODAS Y PRESIONES

Si el ayuntamiento no lo orquestó, sí fue muy sensible a las quejas vecinales, que acompañaron a defunciones como las de Fibra Óptica y otros locales por encima de la Diagonal. Cuando el ocio molestó en el Tibidabo, luego en el eje de Marià Cubí y entorno, o en el centro del Eixample, se sucedieron inspecciones, como correspondía, recuerda un empresario que regentó varios locales. Y aunque el consistorio (sea cual sea su color) siempre ha descartado los guetos de ocio, en un momento dado apostó con claridad por apartarlo hacia el mar. Menos vecinos y menos conflictos. Pero la experiencia del Maremàgmun (donde murió de éxito) y el Moll de la Fusta (ídem, en el 2000, con el agravante de una discutible planificación previa para el tamaño de la zona, dio al traste con el invento.

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De esa vocación marinera nació también la zona de ocio nocturno de más éxito de los últimos años, Marina Village, a la derecha del Hotel Arts, donde antes hubo afters y hace unos años se alinean locales como Pachá, Shôko, Opium Mar, Carpe Diem... con doble uso como restaurantes y discotecas pasada la medianoche. El ayuntamiento favoreció su implantación y bajo el último mandato socialista aún amplió sus licencias a la categoría de discoteca para contener a los noctámbulos en la zona; algo que se ratificó bajo la batuta Trias pero que ahora, en la etapa Colau, ha encajado extrañas restricciones en sus terrazas abocadas al mar.

Para Ramon Bordas, del grupo Costa Este, el mayor de ocio en la ciudad (Opium, Bling Bling, Universal, Astoria...), el turismo se ha convertido en pilar de la noche de Barcelona, mientras menguaban los noctámbulos locales por la crisis. Esta nueva savia se traduce en muchas mesas en zonas privadas a precios de infarto en esos locales. Lo mismo sucede en la calle de Tuset, el otro eje potente, que además de bares aglutina las grandes pistas del Sutton y el Bling Bling, donde la abundancia de oficinas en la zona ha hecho que las quejas vecinales sean moderadas. Resisten también refererentes como Luz de Gas, Razzmatazz o Bikini, mientras que el circuito gay se ha difuminado y el principal grupo promotor de ese ámbito, Matinée, ha concentrado esfuerzos en el exitoso festival Circuit y la importación de fiestas con marca barcelonesa.