Barcelona no es Normandía

El manual de la defensa policial consiste en negarlo todo y, si no hay más remedio, no identificar al agente autor de las lesiones

El comisario jefe de los Mossos, Josep Lluís Trapero, durante un discurso en el Dia de les Esquadres. 

El comisario jefe de los Mossos, Josep Lluís Trapero, durante un discurso en el Dia de les Esquadres.  / FERRAN NADEU

3
Se lee en minutos
Luis Mauri

Hay empecinamientos imperecederos, anclados en un inmovilismo pétreo. Cosas que nunca cambian por más que se expandan y se contraigan los tiempos, evolucionen las sociedades, mute el mundo. Hay guiones muy manoseados y desacreditados, vistos y escuchados mil veces y que, al parecer, se pretende que sigan siendo vistos y escuchados mil veces más, gemelos idénticos, sin la milésima parte de una variación inexistente.

Como el argumento de que un cuerpo de policía es incapaz de identificar al agente causante de un delito de lesiones en una actuación imperdonable.

MANTRA POLICIAL

¿Cuántas veces hemos escuchado este mantra policial? Es el abecé de las defensas de los policías antidisturbios encausados por agresiones, lesiones o mutilaciones de ciudadanos. Es una estrategia de pizarrín. Primero se niega la mayor: las heridas fueron causadas por algún alborotador violento, nunca por la policía. Si la víctima no consigue testigos o documentos gráficos que avalen su acusación, el asunto entra de este modo en vía muerta. Adiós.

Y en el caso de que aparezcan testimonios o vídeos favorables a la víctima, se activa la fase dos: de acuerdo, los daños fueron causados por una acción policial, pero es imposible saber qué agente fue el autor de los estragos. Si no se puede identificar al criminal, no hay acusado ni condena, casi ni crimen hay. Punto final.

DE MANUAL

Este es el manual que se ha aplicado en el caso de la mutilación de la ciudadana Ester Quintana por el impacto de un proyectil antidisturbios de los Mossos. Primero, negación rotunda, ofendida incluso, por parte de la línea de mando al completo, desde el 'conseller' de Interior hasta el jefe del cuerpo, pasando por el director general, sin rubor alguno, incluso en sesión parlamentaria. Y cuando los testimonios, los vídeos y los informes del fiscal y del propio juez hicieron insostenible la cantinela de no-hemos-sido-nosotros, pues a lo de siempre: parece que sí, que fue una acción policial, cuánto lo sentimos, pero somos incapaces de averiguar quién disparó. ¡Ni que la huelga general del 14-N en Barcelona hubiera tenido el trajín del desembarco aliado en  Normandía!

¿Por qué no iba a aplicarse aquí , por enésima vez, el manual, con los buenos resultados que suele dar? Ahí está el caso del ciudadano Nicola Tanno, también tuerto a causa de una bala de goma. Tanno, después de muchos años, acaba de lograr una indemnización de Interior, pero nunca verá a su mutilador ante un tribunal. Los Mossos sostienen que no pueden saber cuál de sus agentes disparó.

BANQUILLO DE LOS ACUSADOS

Noticias relacionadas

Quintana, después de una prolija investigación judicial, sí ha logrado ver a dos policías sentados en el banquillo de los acusados, un escopetero y su jefe de dotación. Y justo el día en que ambos estrenan ese asiento, el día en que comienza el juicio, el comisario jefe de los Mossos, Josep Lluís Trapero, aprovecha para entonar de nuevo el mantra de no-sé-cuál-de-mis-agentes-disparó y trata de sembrar dudas en el tribunal deslizando la idea de que puede acabar condenando a dos inocentes.

Sería muy lamentable condenar a un inocente, en efecto. Como lamentable sería que el crimen quedase impune merced a un corporativismo policial mal entendido. Si el comisario jefe está tan seguro de que los dos agentes que se sientan en el banquillo son inocentes, debe ser porque sabe quién fue el autor del disparo. Sabe cuántas (tres) y cuáles eran las dotaciones de antidisturbios que había a aquella hora, con la calle ya sosegada, en Gran Via con paseo de Gràcia. Si el policía que disparó miente y él y los miembros de su dotación permiten que dos compañeros suyos se coman el marrón, al jefe del cuerpo no debería resultarle difícil dar con el impostor y ponerlo en manos de la justicia. No solo no debería resultarle difícil; debería entregarse a esa misión con la máxima urgencia y empeño.