La tragedia de El Vendrell

La miseria es inflamable

El paro asola Pisos Planas, la zona de El Vendrell en la que cuatro niños fallecieron en un incendio

Los efectos de la crisis asfixian a los vecinos, pero la convivencia sigue primando

El Vendrell, conmocionado por la muerte de cuatro hermanos en un incendio. / J. CARBÓ / M. TUDELA

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TONI SUST / RAFAEL MORALES
EL VENDRELL

El Vendrell (Baix Penedès) se recupera de la peor tragedia que ha sufrido. Así se califica en el pueblo la muerte, el pasado martes, por la inhalación de humo en un incendio, de cuatro hermanos de una familia marroquí que de hecho eran cuatro niños más de la localidad, alumnos de la escuela Teresina Martorell. Ayoub, de 11 años; Thami, de 8; Mohamed, de 6; y Osama, de 4. Sobrevivieron el padre y la madre, el hijo mayor y la pequeña.

En el municipio está claro que las muertes se debieron a un incendio pero también a la miseria que causa la crisis. A la falta de trabajo y ayudas, y, en consecuencia, de dinero. El suceso ha convertido en capital momentánea de la desgracia a una zona que ya había sido señalada como conflictiva: Pisos Planas. Se trata de un área -no llega a barrio- en la que a principios de los 60 se levantaron una serie de inmuebles, aunque la denominación incluye hoy de hecho a otros edificios colindantes. Los construyeron después de que el entonces propietario del terreno, Josep Planas, decidiera dejar de trabajar su huerta y venderla. Tuvo siete hijos, y alguno, ya octogenario vive todavía en esas calles.

El alcalde de El Vendrell, Martí Carnicer, recuerda bien los inicios: él tenía 13 años y su padre, ebanista, trabajó en la construcción de los edificios. «Lo peor que podemos hacer es estigmatizar el barrio», dice. «Está claro que son los males de la crisis», continúa el alcalde al hablar sobre lo sucedido. Da cifras: en El Vendrell hay el 25% de paro (tres puntos más que la media catalana) y el 17% de inmigración. En su mayoría, marroquí. La convivencia, dice, es buena.

Sin trabajo

Joan Carles Guitart, presidente de Cáritas de El Vendrell, aporta datos: se distribuyen alimentos a 400 familias (hace dos años eran 150), la mitad magrebís. «El problema es la falta de trabajo. No sé cómo pueden sobrevivir muchas familias, porque con lo que nosotros les damos no tienen para comer cada mes. Si no se genera trabajo, esto se va a pique», advierte.

Cincuenta años después de que se hicieran, no se puede afirmar que los edificios de Pisos Planas estén depauperados. Ni la zona es marginal al uso, homologable a otros de fama temible. Es, sin duda, una de tantas zonas cero de la crisis. La construcción se derrumbó. Lo hizo tras ser el alma económica del municipio y motivo principal de que desde los 90 la población creciera al ritmo de unos 2.000 habitantes al año, hasta los casi 40.000 actuales.

En Pisos Planas casi todos cayeron de la obra. Muchas viviendas están ocupadas ilegalmente. A menudo, como la de la familia de los cuatro fallecidos, por sus antiguos dueños, que regresan tras ser desahuciados, patada en la puerta mediante. Ante el inmueble en el que murieron los niños, velas y flores los recordaban el viernes. Los vecinos denunciaban abandono, entre otros, de políticos y periodistas. «Tendríais que venir por otras cosas», dice Andrés, de 32 años, tres hijos, cuatro años sin trabajar. Está de visita: su piso se lo quedó el banco en dación en pago y él se fue a vivir con sus padres. «El mismo día que me fui, un marroquí ocupó mi piso». Niega choques con los inmigrantes: «Si a ellos les pasa algo, estamos con ellos, y si a los españoles nos pasa algo, están con nosotros».Jonathan Emperador, 30 años, hijo de emigrantes extremeños es un rotundo: «He trabajado toda mi vida hasta hace dos años. Nací aquí y aquí moriré. Tenemos una fama injustificada». A una calle, Jordi Díaz, 48 años y dos en paro, recuerda cómo eran las cosas hace nada: «Esto era 'alegría que son dos días'. Todos tocaban dinero. Ahora es imposible vender un piso». No ve tan claro el abandono institucional que algunos denuncian. Él insiste: la crisis lo  echó todo a perder.

Muerto en comisaría

Y eso pese a que se ha documentado cierto trapicheo menor de droga. Y a que en febrero del 2010 hubo un enfrentamiento masivo con los mossos por la detención de un vecino. Y a que todo se complicó más después de que el pasado 31 de julio, Yassir el Yonoussi, de 29 años, muriera en la comisaría de los Mossos de El Vendrell, hecho por el cual se ha imputado por homicidio imprudente a ocho agentes. Una concentración ante la comisaría recordó ayer de nuevo a Yassir.

Pero pese a todo ello, es muy significativo que en un municipio en el que Plataforma per Catalunya ha medrado tanto -tiene cinco concejales de los 21- no haya conflicto en la calle. Sobre esa realidad quiere construir Jaume Domingo Planas. Es el concejal de Convivencia y Civismo, así como uno de los nietos de aquel Josep Planas que vendió el terreno. Vivió en Pisos Planas hasta hace ocho años. Se detiene a reflexionar sobre el futuro y advierte de que ni será fácil ni podrá hacerse sin ayuda, pero recalca que se deben encontrar nuevas vías para El Vendrell al margen de la construcción. «La alternativa de futuro no puede venir solo del ayuntamiento. Tenemos que decidir qué queremos ser de mayores y necesitamos la fuerza de otras administraciones».

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Domingo explica que al pueblo llegó, además de los foráneos, un importante colectivo del área metropolitana de Barcelona en situación económica precaria, lo que supuso una presión adicional a los servicios sociales municipales. E insiste varias veces. Habrá que reflexionar. Y habrá que contar con ayuda para reflexionar.

El Vendrell despidió ayer a los cuatro menores en un acto en el tanatorio al que asistió el conseller de Territori, Santi Vila. Hoy serán repatriados en un avión que sale a las 10 de El Prat hacia Marraquech. Mañana, la madre y la hermana pequeña de los cuatro fallecidos se instalarán en un piso de El Vendrell. Al hermano mayor se le procuró una pensión hasta que pueda reunirse con ellas. El padre sigue ingresado. Ahora está por ver cómo evoluciona esa alternativa que Domingo señala como herramienta imprescindible de futuro para que las cenizas de la miseria no se reaviven.

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