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NEGLIGENCIA MÉDICA

Víctima del sida sin tenerlo

Juan Carlos Soriano vivió desolado durante cuatro años tras recibir un diagnóstico erróneo de que era seropositivo

El juez condena al hospital a indemnizarle con 45.000 euros e intereses

J. G. ALBALAT
BARCELONA

«No me han pedido perdón», se  queja amargamente Juan Carlos Soriano, de 44 años, un  guardia urbano de Barcelona que durante cuatro años vivió con el convencimiento de que tenía el virus del sida cuando, en realidad, no era así. En mayo del 2002 acudió al Hospital del Mar de Barcelona a causa de una psoriasis. Le hicieron análisis y los médicos le comunicaron que estaba infectado. No entendía cómo podía haberse producido el contagio. «Fue difícil decírselo a la que entonces era mi pareja». El mundo se le cayó encima. Se hundió en la depresión. Cuatro años después y tras no desarrollar ningún síntoma y encontrarse bien fue al Hospital Clínic, donde le dijeron que estaba sano, que no había ni asomo del virus maligno. Un error en el diagnóstico le había arruinado la vida.

«Perdí a mi familia», recuerda Soriano en el despacho de su abogada, Matilde Barrabés Ramírez, adscrita a los servicios jurídicos de la asociación El Defensor del Paciente. Un juzgado contenciso-administrativo de Barcelona ha condenado ahora al Institut Muncipal d'Assistència Sanitària (IMAS) -el organismo ya desaparecido que administraba el Hospital del Mar- a indemnizarle con 44.954 euros más una cantidad similar por los intereses.  La primera parte ha sido pagada ya por una aseguradora.

Fecha imposible de olvidar

La sentencia, que no ha sido recurrida y es firme, no recoge los daños morales ni las pérdidas económicas que Soriano ha sufrido durante su calvario. Él reclamaba 250.000 euros y el juez solo le ha concedido la indemnización por los 918 días que estuvo de baja a causa de la depresión en la que cayó, entre otros motivos por los tres años de esperanza de vida que le diagnosticaron los médicos. «No dudé de sus palabras y empecé a prepararme para aguantar la enfermedad», asegura el agente, que en la actualidad permanece de baja laboral y está tramitando la incapacidad total.

Soriano recuerda con precisión su tragedia desde el día en que fue al Hospital del Mar y le diagnosticaron psoriasis. Entonces se decidió suministrarle el tratamiento y realizarle una serie de  pruebas, entre ellas la del virus del sida. En su mente ha quedado grabada una fecha: 23 de mayo del 2002. Ese fue el día en el que los médicos le comuinicaron que estaba infectado. A los pocos días y tras la primera visita en la sección de infecciones del hospital obtuvo la baja laboral. Se sometió a seguimientos, pero nunca le aplicaron tratamiento específico alguno contra el sida porque la carga viral era inferior al umbral establecido.

Al cabo de dos años sucumbió a la desesperanza y dejó de ir al hospital. Estaba convencido de que iba a morir. La depresión le ganó la partida y su vida se convirtió en un infierno. Su pareja le dejó y, al estar de baja, su sueldo disminuyó hasta no poder hacer frente a la hipoteca que tenía pendiente. «Llevo ocho años viviendo en una habitación. No he tenido ningún apoyo de la Administración», afirma.

Soriano admite que durante los cuatro años en que pensó que tenía el virus del sida tenía miedo de las consecuencias que esta enfermedad podía tener en su vida social y laboral. Esta situación le obligó a solicitar ayuda, incluso a una asociación de pacientes afectados por  la dolencia, y a someterse a tratamiento psiquiátrico bajo un cuadro de trastorno adaptativo con ansiedad. Le torturaba no saber cómo se había contagiado. Era consciente de que por su profesión de guardia urbano corría ciertos riesgos, pero no recordaba qué incidente pudo originar la infección.

Una vida por rehacer

El 11 de mayo del 2006 acudió al Hospital Clínic, por proximidad a su domicilio, para seguir con los controles. Los protocolos de ese centro obligan a practicar la prueba del VIH a los nuevos pacientes, lo que permitió descubrir tras cuatro años que no era seropositivo. El 8 de junio, recibió la confirmación del resultado. Y ahí comenzó otra forma de dolor. Hacía añicos el diagnóstico que limitaba su esperanza de vida. Pero tomaba conciencia de que un error médico había destrozado su vida. Empezaba su larga pugna. Primero ante la Administración, que rechazó cualquier responsabilidad. Después, ante la justicia que, al final, le ha dado la razón. Aunque parcialmente.

Soriano asegura que ahora tiene «ilusión y familia» en las que apoyarse para rehacer su vida, pero admite que tras la experiencia que ha vivido ya no se fía «de nadie». Lamenta que la Administración no le haya pedido disculpas por el falso positivo y que no haya recibido ningún apoyo social ni psicológico de las instituciones. «Puedo entender un fallo, pero nadie se ha puesto en contacto conmigo en todo este tiempo», afirma.

Su objetivo ahora es conseguir la invalidez por la depresión crónica que padece. La situación le ha marcado tanto que se ve incapaz de volver a ejercer su labor patrullando por Ciutat Vella. Ahora solo quiere, necesita, «descansar». Pero Soriano es muy consciente de que ningún reposo, por prolongado o merecido que sea, podrá reparar todo el daño que ha recibido ni mucho menos devolverle su vida anterior.

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