22 feb 2020

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Ejemplar de conejo. 

EFE

El viaje del conejo (4): No se admiten mascotas

Olga, Marta y Nina han viajado en AVE a Madrid, donde van a participar en un programa de televisión. Mientras tanto su amiga Lola, que carga con Demócrito, la mascota de su hija, ha tenido que hacer el viaje en avión.

Care Santos

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La llegada a Madrid no defraudó expectativas. En Atocha las esperaba un microbús negro y una señorita muy sonriente.

—Bienvenidas, mi nombre es Chelo y soy la encargada de producción del programa —les dijo, entregándoles una carpeta—. Les he traído su agenda para los siguientes dos días. Y ahora las acompañaré al hotel. Seguro que querrán descansar después del viaje.

"Mañana a las 10 en punto el microbús las recogerá en el hotel para llevarlas a los estudios" 

El hotel era un cinco estrellas céntrico, con spa, gimnasio y peluquería. La productora les había reservado cuatro suites con 'jacuzzi' y salón privado en régimen de 'full credit'. Pero su alegría se torció en cuanto visitaron el mostrador de recepción y vieron el cartel de 'No se admiten mascotas' / 'No pets allowed'.

—¿Y ahora qué hacemos? —máxima expresión de preocupación de Marta—. ¿Y si le pedimos a Chelo que nos cambien de hotel?

—¡Ni hablar! —saltó Nina—. ¡Yo de aquí no me muevo! ¡Pienso ir al spa esta misma tarde! Además, ¿habéis visto qué ambientazo? —señaló la plaza de Santa Ana, a donde daba la puerta principal y todas las habitaciones—. Por el conejo no os preocupéis. Yo lo meto. ¡Anda que no lo he hecho veces con bichos mucho más grandes! ¡Y mucho peores!

—¿Has metido muchas veces conejos en habitaciones de hotel? —preguntó Olga, con el tono más cándido imaginable.

—Eran más bien pájaros, querida.

Por suerte, no le habían hablado de Demócrito a Chelo. Se limitaron a decirle que «por un inconveniente de última hora» su amiga había perdido el tren y se había visto obligada a tomar un avión para llegar esa misma tarde a Madrid. Después de apuntar todos los datos y de arreglar el envío de un coche que recogiera a Lola en Barajas, la muy eficaz Chelo les recordó su compromiso más inminente:

 —Mañana a las diez en punto el microbús las recogerá en el hotel para llevarlas a los estudios, donde pasaremos primero por maquillaje y peluquería y luego grabaremos las entrevistas personalizadas. Si tienen dudas o necesitan cualquier cosa, tienen mi número en la tarjeta que… 

—¿Entrevistas? —se alarmó Olga, que no recordaba que todo aquello ya lo habían hablado por teléfono con Chelo—. ¿Sobre qué?

—No se preocupen. Será fácil y más natural de lo que piensan. Se trata de hablar de su relación con la diputada Julia Salas, anécdotas de infancia, recuerdos de juventud… todo lo que vaya saliendo. Además, las entrevistas siempre las editamos. Si no se sienten cómodas, repetimos y ya está. Lo único que deben hacer es no ponerse nerviosas.

Lamentó haber hecho el viaje acompañada de viejas, apagó la tele y salió de la habitación

Mucho más nerviosas que antes, subieron a las habitaciones y pactaron un tiempo de descanso, hasta las seis en punto. Las suites les gustaron a todas por igual. Cuánto lujo, cuánto detallito, qué bonitas las colchas. ¿Quién dijo que a las personas se las conoce por lo que hacen nada más entrar en la habitación de un buen hotel? Marta se quitó los zapatos y abrió el grifo del 'jacuzzi'. Olga fue a inspeccionar las botellitas del baño: gel, champú, suavizante, crema corporal y colonia, todo muy satisfactorio. Fue en busca de su neceser de viaje, metió en él todos los tarritos y botellitas, lo cerró a pesar de la dificultad y lo guardó de nuevo en la maleta. Solo después comenzó a pensar en quitarse la faja y tumbarse en la cama cuan larga era. Nina se entretuvo un buen rato en localizar un canal de la tele donde no dieran noticias, porque el mundo le parecía una lata repetitiva de tonterías que ya no le interesaban. Luego descorrió las cortinas de terciopelo para ver la plaza, con su Teatro Español y su estatua de Lorca en un extremo y las muchas terracitas —tan animadas— por todas partes. Eran las tres y media de la tarde. El rato que faltaba hasta las seis le parecía insoportable, un auténtico tostón. Nunca había sido capaz de permanecer quieta mucho rato en el mismo sitio. Llamó al spa para pedir un masaje, pero no había ninguna hora libre hasta el día siguiente. Decidió que lo mejor para no amuermarse era buscar un plan alternativo. Lamentó haber hecho el viaje acompañada de viejas, apagó la tele y salió de la habitación, rumbo al ancho mundo.

El mensaje de Lola llegó cuando acababa de instalarse en la terraza de la Coctelería Bustins. «Demócrito y yo vamos en un cochazo camino del hotel. ¿Habéis preguntado si admiten mascotas?».

Contestó Nina porque era la única que estaba despierta. «Querida Lola: os espero a ti y al bicho en una terracita fantástica. Te invito a un whisky y te cuento el plan».