20 feb 2020

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Islas Extremas (1): Tristan da Cunha, el viaje

Islas Extremas (1): Tristan da Cunha, el viaje

Durante años cultivé una obsesión: poner los pies algún día en el rincón más remoto del planeta en la nada azul del Atlántico.

Olga Merino

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Recuerdo el primer atlas que, de niña, cayó en mis manos: me deslumbró. Sobre todo las páginas turquesa, apenas salpicadas por motas amarillas, migajas rodeadas de inmensidad acuática, como Pitcairn, perdida en el océano Pacífico, cuyos habitantes son hijos del motín del Bounty; el atolón Diego García, en medio del Índico; o Isla Desolación, en la Antártida, territorios cuyos nombres exóticos, su mera pronunciación, invitaban a ensoñar una aventura. Entonces no sabía que aquellos mapas celestes me estaban inoculando el germen de la islomanía, una aflicción del espíritu que sume a quienes la padecen en un estado de difusa melancolía.

Me enteré de su existencia por Edgard Allan Poe, que la menciona en ‘El relato 
de Arthur Gordon Pym’ 

Con el mal a cuestas, ya de bien grandecita, incubé una obsesión: no estaba dispuesta a morirme sin poner los pies en Tristan da Cunha, el lugar habitado más remoto del planeta. Una esquirla de tierra en la nada azul del Atlántico sur, una valva de berberecho con acantilados de hasta 600 metros de altura, un canto rodado descubierto en 1506 por el navegante portugués a quien le debe el nombre. Creo que me enteré de su existencia por Edgard Allan Poe, que la menciona en El relato de Arthur Gordon Pym, y, a partir de ahí, anclada la fantasía como una larva en el cerebro, comencé a perder el tiempo escarbando hasta que el perfil de isla, la posibilidad de viajar hasta allí, se vislumbró factible en el horizonte.

Cuando tomé la decisión, tras un intercambio de correos electrónicos con el consejo insular, no tardé en encontrar un probable nido: me hospedaría en casa de la señora S. Swain, en la única localidad de la isla, Edimburgo de los Siete Mares. Mi futura casera dejó claro enseguida que debía pagarle el alquiler en billetes contantes y sonantes, con preferencia libras esterlinas o rands surafricanos. Tampoco tendría inconveniente en salir a fumar bajo la marquesina (la ‘landlady’ me advirtió de su asma).

En aquel momento disponía del dinero, el tiempo, la energía para cometer un disparate, y casi había convencido a mi marido de entonces, el único que he tenido. El plan era instalarme en Tristán da Cunha durante un año —acaso bastara con seis meses— y regresar a casa con un libro, una obra que iría marcando su propio rumbo con el transcurso de los días. Un diario, un cuaderno de bitácora en un paraje inhóspito, una recopilación de leyendas australes, la historia de sus sagas familiares —nueve apellidos se repiten como en Cien años de soledad—, o tal vez los retratos de algunos de sus 246 habitantes, tantos como accedieran a conversar conmigo si lograba ganarme su confianza. Por lo menos había un pub donde charlar, un solo bar: el Albatross.

Desde el principio fui consciente de que debía salvar un escollo fundamental: no hay aeropuerto. Solo se puede arribar en barco a sus costas escarpadas, y yo me mareo como un plato de sopa. ¿Adónde iba, pues?, ¿chicles de Biodramina contra el oleaje en alta mar? No parecía el mejor de los comienzos, pero respiré aliviada cuando un marino experimentado me habló de los parches transdérmicos de escopolamina. Supe que sobreviviría, más o menos entera, a los seis días de navegación. Solo quedaba convencer al Programa Antártico Surafricano para que me dejara colarme entre la tripulación del S. A. Agulhas II, un rompehielos que recala con relativa frecuencia en Tristan da Cunha, o bien, mucho más plausible, embarcar en uno de los buques pesqueros de la compañía Ovenstones que parten de vez en cuando de Ciudad del Cabo, el puerto en tierra firme más próximo a la isla, a casi 3.000 kilómetros.

No me amedrentarían la niebla ni la soledad; quizá tan solo la imposibilidad de huir

Durante casi un año, mientras aguardaba la confirmación de mi plaza en la lista de pasaje, iban llegando correos de mi futura casera, con textos cada vez más cortos, sobre todo preguntas y aseveraciones: “¿Te asustan las ratas?”, “tendrás que ayudarme con las patatas de la parcela”, “espero que te guste la langosta” (ella había escrito crayfish). Empezaba a caerme muy bien la señora Swain. Ya me acostumbraría a su inglés isleño, una mezcla de cockney con giros victorianos. Por lo demás, no me amedrentarían la niebla ni la soledad; quizá tan solo la imposibilidad de huir.

Todavía conservo el último mensaje de la señora Swain, enviado el 9 de julio del 2008. Decía: “¿Has oído alguna vez el ruido de la hierba cuando crece?”. Fue el último porque no le contesté; no pude. Algunas veces en la vida la ballena blanca puede asestarte un golpe ciego, como fue el caso, que trunca los planes y te deja en tierra. Soy una islómana de pacotilla. Pero hace unos días, cuando comencé a pensar en estos relatos, la recordé y le escribí un e-mail como quien arroja una botella al mar. ¿Me contestará?