Seguro que recuerdan la escena. “¡Marcello!”, grita la bellísima acriz rubia mientras la cola de su delicioso vestido negro flota en las aguas de la Fontana de Trevi. “¡Marcello, ven aquí!”, insiste abriendo sus brazos en un gesto que tiene mucho de incitación erótica y más aún de hedonista celebración de la vida, del aquí y ahora.

Marcello. El hombre y el actor. En cuanto Mastroianni acude a la llamada de su cómplice en esta escena nocturna, actor y hombre se fusionan. Ya nunca volverán a separarse.

Esta escena de La dolce vita fue la que creó al Marcello Mastroianni que hoy conocemos, al poderoso icono cinematográfico y de estilo que nos acompaña desde hace ya seis décadas. El hombre había nacido 36 años antes, en 1924, en la aldea de Fontana Liri, una de las más humildes de la región del Lacio. Según el propio Mastroianni, “un lugar en el que la pobreza se aceptaba como la condición natural de nuestras vidas”.

Cineteca de Bolonia

Su padre solía decir de sí mismo que era “ebanista”, pero la realidad es que se limitaba a reparar muebles desvencijados en un oscuro garaje. “También remendaba zapatos, cubriendo los agujeros con pequeñas piezas de aluminio que hacían que al andar sonasen como el trote de un caballo que estrenase herraduras”, cuenta Marcello. El actor se recordaba vestido con la ropa vieja de su tío paterno, chaquetas y pantalones que le iban grandes y le hacían parecer torpe y desmañanado, lo que supuso una tortura para él en sus años de adolescencia.

Se hace extraño pensar que ese muchacho al que tanto acomplejaba verse obligado a vestir ropa vieja y pasada de moda acabaría convirtiéndose en todo un referente de la alta sastrería italiana. En su madurez, Marcello se desquitó de esos humildes orígenes vistiendo siempre como un dandy y permitiéndose lujos como hacer que su barbero personal, Giuilio, volase a Hollywood cada pocas semanas para cortarle el pelo.

 

Seductor melancólico

El Marcello de Fellini, siempre en busca de mujeres bellas a las que seducir y de buenas historias que contar, se parecía bastante al hombre en que Mastroianni acabaría convirtiéndose. El actor demostró que poseía un sentido innato del estilo. A nadie le sentaban mejor esos trajes ligeros de corte italiano, nadie apartaba con tanta elegancia sus gafas de sol para echarle un ávido vistazo al mundo y llamar de paso la atención sobre su atractiva nariz italiana, propia de un hombre sólido y digno de confianza.

Mastroianni era la viva imagen de la Italia del glamour, un esplendoroso ángel caído que paseaba por los suburbios de Roma al amanecer para acudir al rescate de damas en apuros tan irresistibles como Anita Ekberg. Su acto de heroica galantería, ofreciendo a Anita una mano cómplice con la que rescatarla de las aguas negras de la Fontana para traerla de vuelta a la realidad, es ahora legendario. Mientras vadeaba las aguas de la centenaria fuente, en esa escena que se rodó hace ahora 60 años, Marcello no podía imaginar siquiera que su carrera estaba a punto de despegar y proyectarse a otra dimensión, la de los mitos. Ya nunca se separaría de Fellini. Sus carreras fluirían en paralelo hasta la muerte del director, en 1993.

 

El espejo del tiempo

Para celebrar la vida y la obra de Mastroianni, el Museo dell’Ara Pacis de Roma ha exhibido estos días una colección de fotografías, carteles y material de archivo. Su trayectoria es inabarcable. El mismo año en que acompañaba en la pantalla las corerrías nocturnas de Anita Ekberg se ponía también enla piel de un donjuán siciliano en El guapo Antonio, película de Mauro Bolognini. Echando un vistazo a nuestro alrededor, las paredes del museo nos muestran a un Marcello taxista, un Marcello sacerdote, un pícaro funcionario de la OTAN, un chulo retirado de las calles, incluso un bailarín de claqué. Elegante en ocasiones, de vuelta al involuntario desaliño de su infancia siempre que lo exigía el guion, su rostro se transforma sin descanso para lucir un discreto bigote, una barba de náufrago o mejillas impecablemente afeitadas.

Cineteca de Bolonia

A medida que pasaban los años fue acumulando galardones internacionales. Tres nominaciones al Oscar al Mejor Actor, dos Globos de Oro, ocho premios Donatello, dos Copas Volpi en el Festival de Venecia, dos galardones al mejor intérprete en Cannes. Con más de un centenar de películas a cuestas, entre finales de los 40 y mediados de los 90, Mastroianni describió su vida como un saltar continuo de personaje en personaje y de plató en plató, sin apenas pausas para reencontrarse consigo mismo. Mario Monicelli, que le dirigió en varias ocasiones, se refería a él como un actor superdotado, que daba una inusual riqueza a todos sus papeles “tirando del enorme caudal de sensibilidad y emociones genuinas que llevaba dentro”.

 

Cien embarazos, cien partos

El propio Mastroianni definía sus papeles como una interminable sucesión de “embarazos”: “Yo tenía la sensación casi física de que ese personaje, ese nuevo ser humano, crecía en mi interior poco a poco, a medida que empezaba a pensar en él y a hablar de él. Mi responsabilidad era acompañarlo hasta el momento del parto, cuidarlo y no dejar que se muriese en mi interior. A veces me sentía como si el personaje estuviese hablándome mientras yo me comía mi plato de espaguetis, o creía intuir su rostro, su expresión de enfado o de desaliento, en uno de los conductores con los que me cruzaba camino de cada. Esas pequeñas revelaciones me acercaban a él. Me permitían imaginarme su vida, su infancia, el aspecto de sus hijos, su esposa o sus amantes, sus fantasías, sus aspiraciones y sueños. Así que al llegar al plató, yo ya estaba preparado para el momento del parto”.

Cineteca de Bolonia

Fellini, el director y puede que también el amigo que mejor supo entenderle, describía en términos muy parecidos la peculiar forma de trabajar de este genio de la interpretación: “Marcello no es tanto un actor como una persona capaz de meterse en un personaje y convertirlo en temporalmente real”. Él adoraba a Marcello por su capacidad para “llegar al rodaje con los deberes hechos, habiendo digerido y reinterpretado a su personaje para asegurarse de representarlo como un ser humano real”.

La referencia a la digestión parece muy apropiada cuando hablamos de un hombre cuyo principal placer mundano era frecuentar restaurantes populares en los que atiborrarse de pasta sentado en un rincón, tratando de pasar desapercibido. Lo que a Monicelli le parecía un “caudal de emociones” para él era más bien una simple cuestión de estómago. “Soy un buen actor porque he tenido una vida intensa”, solía decir. Una vida que él había devorado con entusiasmo y glotonería para poder digerirla y convertirla en arte mayúsculo, el tipo de arte que se hace con las tripas.

Pocos seres humanos han hecho tanto honor a la vieja máxima “somos lo que comemos”. Su esposa, Flora Carabella, llegó a decir que incluso la digestión de Mastroianni cambiaba con cada nuevo papel. Más que arcilla moldeable, el actor era como un mecano que podía montarse y desmontarse a placer. “Solo existo cuando estoy actuando”, llegó a decir, “el resto del tiempo espero e hiberno”. Gian Luca Farinelli, comisario de la exposición romana, está sin duda en lo cierto cuando afrma que la filmografía de Mastroianni “es un espejo de su propia vida”. Él ya se ha ido, pero sus cautos pasos por la orilla de la Fontana de Trevi permanecen tan vivos hoy como hace 60 años.