Mula es una película basada en hechos reales. Un guion de Nick Schenk que lleva a la pantalla una serie de artículos publicados en The New York Times por Sam Dolnick en los que se contaba la historia de Leo Sharp, veterano de guerra de Corea que a sus 87 años se convirtió en ‘conductor’ para el cártel de de Sinaloa, una de las organizaciones de narcotraficantes más poderosas y expeditivas del planeta.

Sharp pasó grandes cantidades de droga por la frontera antes de acabar detenido por la DEA con cien kilos de cocaína en su furgoneta. A pesar de que todo lo que cuenta sucedió en realidad, Mula es una película poblada por fantasmas. Es la sexta vez que Eastwood se dirige a sí mismo, la última fue hace una década en Gran Torino (2008), y el actor conecta de algún modo a los personajes de las dos películas: seres solitarios, apartados de la sociedad por voluntad propia y que han hecho de su individualismo la mejor protección contra los sentimientos.

 

El crepúsculo del héroe

De algún modo, a través de Earl Stone, que es como se llama el personaje en el film, el director propone una nueva reflexión en torno al (incontrolable) paso del tiempo. Y también vuelve a indagar en la relaciones familiares, porque aquí el motivo para que el veterano de guerra acabe dentro de la organización del cártel es que no quiere fallar a su nieta, como ya hizo en el pasado con su mujer y su hija.

Un tema recurrente en su cine. Como también lo es el thriller. Porque, al fin y al cabo, Mula es un film de género, como le gusta a su director, en el que un policía (Bradley Cooper) persigue a un fantasma que viaja con su coche cargado hasta los topes de droga. Una obsesión por seguir el rastro de alguien que aparentemente no tiene sombra, que ha surgido de la nada, como eran los pistoleros que Eastwood interpretaba en los spaghetti western de los 70.

Mula se presenta como una una especie de resumen apresurado o compilación (otra más) del cine de su director. Casi cinco décadas de carrera, que arrancó en 1971, con Escalofrío en la noche, y que tiene casi cuarenta títulos, a través de los cuales ha ido recorriendo los géneros más clásicos de Hollywood –western, cine negro, thriller, drama histórico, musical o cine bélico- y también recomponiendo, como si de un puzzle se tratara, la historia de su país. Con algunos acontecimientos que suelen quedar relegados a un pie de página en los libros, como puede ser el caso de este último film, o de personajes a los que la memoria no les ha hecho, al menos según su criterio sesgado, la suficiente justicia, como puede ser el caso de Hoover, director del FBI al que retrato en J. Edgard (2011).

Aprovechando este carácter de brillante resumen de su legado que tiene la película, recorremos la carrera de Eastwood a través de sus grandes logros cinematográficos. Y también de algunas dudas que plantea su posicionamiento ideológico y que no siempre resultan fáciles de resolver.

 

Razones para adorarle

Charles Sykes

Su eterna capacidad de reciclaje. Cuando comenzó su carrera como actor, estaba destinado a convertirse en un galán muy del gusto de la época, de esos que viven un par de años de su atractivo y luego se quedan relegados al olvido, con papeles secundarios en cine y algunos trabajos en la televisión por cable. Pero Eastwood hizo las maletas y aceptó la propuesta de Sergio Leone para convertirse en el vaquero de rostro de acero de sus famosos spaghetti western. Dio en el clavo.

Llevó el western a otro nivel, más reflexivo, más personal. Pasar calor en el desierto de Almería y adaptarse a rodar sin las comodidades y el glamour propios de Hollywood tuvo su recompensa. Todo lo que aprendió en Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), lo sintetizó (y en cierto modo llevó a un territorio más maduro) en su memorable serie de westerns como director, que comenzó en Infierno de cobardes (1973) y que terminó con Sin perdón (1992). Película dedicada a la memoria de su maestro Leone, como no podía ser de otra forma, y con la que se llevó a casa cuatro Oscar.

Fue alumno aventajado de Don Siegel. El extraordinario director de cine de género tuvo a Eastwood a sus órdenes en películas ya míticas como El seductor (1971), Dos mulas y una mujer (1970), La jungla humana (1968) y Fuga de Alcatraz (1979). Pero el tándem pasará a la historia por su colaboración en la exitosa serie protagonizada por el detective de policía Harry Callahan y que arrancó con Harry el sucio (1971). De Siegel aprendió, seguro, la habilidad para moverse entre géneros. Y entre ambos construyeron ese personaje solitario, individualista y violento sobre el que volveremos más adelante, dentro de los puntos que menos nos gustan de su cine.

Hace películas de autor que encajan en Hollywood. Bird (1988), la inspiradísima biografía sobre el músico de jazz Charlie ‘Bird’ Parker, y Corazón blanco, cazador negro (1990), su homenaje a John Huston, fueron las películas que le consagraron en Europa, sobre todo por el empuje de la crítica francesa y al Festival de Cannes. Y, acto seguido, Hollywood se dio cuenta del error y lo aceptaron gracias al clasicismo (y las buenas intenciones) de Un mundo perfecto (1993), con Kevin Costner como su alter ego joven en pantalla; y de Los puentes de Madison (1995), un dramón de esos que acaba con los kleenex durante la proyección.

Le gusta el riesgo (aunque con cierta moderación). Y no nos referimos a rodar una película con el orangután Clyde como hizo en La gran pelea. Más bien a platear una epopeya galáctica con un grupo de actores al borde la jubilación como es Space Cowboys (2000). O pisar el territorio del cine bélico-histórico de corte más clásico con un díptico sobre la II Guerra Mundial, en el que alternó la visión propagandística del lado USA (Banderas de nuestros padres, 2006) con el punto de vista japonés (Cartas desde Iwo Jima, 2006) que habitualmente queda fuera de campo.

 

Razones para rechazarle

Rich Fury

La apología de la violencia gratuita en su cine. Aunque la venganza o la violencia física aparezcan justificadas por la temática y el género de sus películas, porque son propias del western o del cine policíaco, siempre quedará la duda de hasta qué punto Eastwood cree que tomarse la justicia por la mano de cada uno es la única solución a ciertos problemas. Las preguntas siempre estarán ahí: ¿piensa Eastwood igual que Harry Callahan? O, ¿es El sargento de hierro propaganda para que los jóvenes corran a reclutarse al ejército de Estados Unidos? No hay que olvidar que incluso firmó una francamente dudosa película propagandística sobre la Guerra Fría con Firefox (1982).

Esa eterna retirada que no deja de aplazar. Amagó con que no volvería a dirigir después de estrenar Gran Torino. Diez años después se ha vuelto a poner tras las cámaras. Hizo lo mismo con su rol de actor tras protagonizar Golpe de efecto (2012), de Robert Lorenz, el típico melodrama de factura televisiva sobre relaciones paterno-filiales tan de su gusto, en el que se dedicó a calcar el papel de solitario huraño en el que parece haber encontrado su zona de confort. Está bien que siga haciendo cine, siempre que tenga cosas que contar, como en Mula, pero la jugada de que “esta es la última de Eastwood” huele ya un poco a maniobra de marketing.

Su flirteo con el extremismo ideológico. Tradicionalmente, Clint Eastwood siempre ha apoyado al partido republicano y se ha mostrado partidario de la presencia en la Casa Blanca de Reagan o de los Bush. En la última campaña aseguró que no estaba de acuerdo con muchas de las cosas que planteaba Trump, pero que no tenía dudas de que le parecía un candidato preferible a Hillary Clinton. No hay que olvidar que Eastwood fue durante años el alcalde de Carmel-by-the-Sea (California), cuyos habitantes debían estar tranquilos teniendo a un regente con esa pinta de sheriff del Viejo Oeste. Con películas como Mula, el director trata de lavar esa fama de reaccionario que le persigue. Pero tal vez no sea suficiente.

Esos héroes que hacen a América más grande. Tras Gran Torino, Eastwood ha despachado unas cuantas películas que tratan sobre héroes contemporáneos de la América contemporánea. Gente que, según su criterio, ha hecho algo por su  país y que merecen pasar a la historia a través del cine. El resultado son películas sin pulso, que acaban resultando tan interesantes como leer un panfleto y que lo que buscan finalmente es la reivindicación del individuo frente a los desastres colectivos. Bien sea un militar en Irak (El francotirador, 2014), un heroico aviador (Sully, 2016), o un grupo de estudiantes estadounidense que evitan un atentado en Europa (15:17 Tren a París, 2018). De lo peor de su larga carrera.

El ya un tanto cansino tono crepuscular. Y no solo ahora, cuanto está a punto de cumplir los 89 años. Desde hace tiempo parece que su cine está marcado por el ocaso. Todo tiene que conducir hacia la moraleja final. Esa que demuestra que hay un hombre sabio tras la cámara que ya lo ha visto todo y que el espectador está ahí para recibir sus enseñanzas. Es su forma de poner el “The End” a las historias. Pero la verdad es que, a fuerza de repetirse, cansa un poco.