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CITA CON LAS URNAS

Galicia celíaca

El PP se juega el 25-S el dominio en su gran laboratorio de pruebas

La comunidad triplica la deuda que se encontró Feijóo en el 2009

Antón Losada

El presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo.

El presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo. / EFE / BRAIS LORENZO

Aquella Galicia caníbal convertida en tendencia por Antón Reixa y Os Resentidos durante el verano de 1986 usaba gafas de sol porque hasta de noche hacía un sol de carallo, tenía una movida en Vigo y otra en A Coruña -en Galicia siempre que hay algo en Vigo debe haberlo en A Coruña y viceversa-, mataba puercos, comía filloas de sangre y todo estaba muy mal organizado. La Galicia de hoy sigue celebrando la matanza tradicional, pero en todas partes se ofrece un menú para celíacos, cuanto exista en A Coruña existe en Vigo y viceversa, hasta el Camino de Santiago está señalizado y en ella vive el hombre más rico del mundo, Amancio Ortega, quien también paga menos impuestos que su secretaria, como Warren Buffet.

Hoy, como entonces, el Partido Popular gana las elecciones sacándole 20 puntos al segundo. Eso nunca ha cambiado, con o sin sol de carallo. Otras cosas ya no son como antes. Galicia triplica la deuda que encontró a su vuelta en el 2009 el PP, un extraño 'poltergeist' financiero para un Gobierno que presume de su contención en el gasto mientras una larga cola de proveedores espera con las facturas en la mano. La destrucción de empleo y al aumento del paro supera ampliamente la media estatal.

El presidente de la Xunta decidió borrarse de la carrera sucesoria en el PP precisamente para empezar a ganarla

La gran caja gallega, apadrinada en persona por Alberto Núñez Feijóo, ha emigrado a Venezuela a precio de saldo. Los grandes proyectos eólicos, navales o lácteos se han esfumado. Los servicios públicos que modernizaron de forma portentosa el país viven sometidos a una inanición permanente, mientras se despide sin complejos a miles de sanitarios o docentes y los trabajadores públicos llevan un lustro sin cobrar su sueldo íntegro.

CANDIDATO POR OBLIGACIÓN

Por suerte para el aspirante popular a la reelección ninguna de esos fracasos centra la campaña. Ni siquiera se habla de sus escandalosas fotografías con el narco Marcial Dorado en los locos noventa, cuando todos en Galicia sabíamos a qué se dedicaba, mientras Feijóo sólo recuerda que "había nieve". Apenas se le incomoda con la evidencia de que hubiera preferido dar al salto a la política estatal y se presenta obligado por Mariano Rajoy para ganar y saltar después, En Galicia, como en el resto de la política española, lo que realmente parece preocupar es la oposición.

No supone una novedad. Galicia siempre ha operado como un laboratorio de pruebas para los populares. Su abrumador dominio electoral y organizativo les ha permitido realizar sus experimentos sin apenas riesgos. Aquí comenzó la reunificación de la derecha española, aquí amortizó por primera vez su dilema entre el PP o el caos tan optimizado por Mariano Rajoy y aquí ha refinado esa reversión de la carga de la prueba que rige hoy en la política estatal, donde es la oposición quien siempre debe acabar explicándose.

Núñez Feijóo también ha sabido perfeccionar su 'marianismo'. Solo de vez en cuando emerge aquel presidente tertuliano, siempre listo para disparar una opinión contundente sobre todo y todos. Se ha percatado que para empezar a ganar la carrera sucesoria lo mejor era borrarse de ella. Ha aprendido a administrar sus silencios y sabe que su mejor baza pasa por devolverle a Rajoy en el 2016 el mismo impulso logrado por la absoluta que tumbó al bipartito.

Las guerras cainitas de la oposición también han contribuido a apuntalar el poderío de los populares

GUERRA DE SECESIÓN SOCIALISTA

No todo el mérito corresponde a Feijóo y esa estrella de la muerte electoral que conforma el PP gallego. Tanto o igual honor debe atribuirse a la oposición. Feijóo duplica y triplica en conocimiento a sus rivales y es el único candidato que aprueba, pero aun así a sus adversarios no debió parecerles suficiente ventaja y han despilfarrado los meses previos en extenuantes disputas y culebrones internos.

Los socialistas se han embarcado en una guerra de secesión del sur contra el norte que ha convertido al candidato Fernández Leicega en la primera víctima. En Marea ha reemplazado a un renuente Xosé Manuel Beiras con un juez prácticamente desconocido, Luís Villares, mientras todos los pesos pesados se hacían a un lado, como queriendo evitar que les salpicara la sangre. Solo los nacionalistas del BNG han ofrecido una imagen de unidad eligiendo a Ana Pontón, al menos los pocos que se quedaron para apoyarla.

La única encuesta fiable hasta la fecha, el preelectoral del CIS, le concede a Feijóo una absoluta ampliada y mejorada. Ocho de cada diez gallegos creen que va a ganar y cuatro quieren que así sea. Lo mismo se palpa en el ambiente y en las calles. El CIS también ha anunciado una cerrada carrera entre los socialistas y En Marea por ver quién queda segundo, exactamente igual que sucede en la política española.

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