Ir a contenido

ENTRE TODOS

"El Parlament es 'matrix', un teatro de vanidades"

David Fernàndez (CUP) insta ante 10 ciudadanos a la desobediencia civil si se prohíbe la consulta del 9-N

Joan Cañete Bayle

JOSEP GARCÍA / ELISENDA PONS

Hay algo en David Fernàndez que hace que a ojos de la ciudadanía el mensaje, en ocasiones, sea él. El diputado de la CUP llegó a pie al Palau Macaya a su encuentro con diez ciudadanos, mochila a la espalda, solo, sin asesores ni responsable de prensa. Igual que los otros diez invitados al encuentro que cerraba el ciclo Catalunya 2014 de debates entre dirigentes políticos y ciudadanos, y a diferencia de los seis políticos que lo precedieron. Pero no hay que llevarse a engaño: no son solo las formas lo que gustan de Fernàndez; también su discurso, su moción a la totalidad a la partitocracia y al sistema, su sinceridad a la hora de definir el momento político actual, un diagnóstico que se parece como dos gotas de agua al que muchos hacen a pie de calle. No creo que les sorprenda si les digo que de los siete dirigentes de los partidos con representación parlamentaria, Fernàndez fue, de largo, el que más convenció en el cara a cara con los ciudadanos. «Lo que más me asombra de mi experiencia en el Parlament es la mediocridad y la insensibilidad que hay allí dentro, la degradación de la política. Es un circo, un teatro de vanidades, es matrix, es una representación formal de la democracia, tenemos que recordarnos continuamente que estamos allí por mucha gente de la calle que lo pasa mal», dijo al final de las dos horas largas de debate. Ovación cerrada (metafórica, se entiende).

DE LAS PALABRAS A LOS HECHOS  Fernàndez convence, pero no siempre vence. Monotema (la consulta y la independencia) al margen, una idea sobrevoló sobre toda la mesa: ¿Se puede pasar del campo de las ideas a los hechos? ¿Son Fernàndez y la CUP de este mundo y servirán para cambiarlo o su función es estar a la contra? Lo preguntó Anna Moreno, profesora de secundaria de 38 años («¿Qué efectividad tienen posiciones como un 'sí crítico' o una 'abstención incrédula' más allá del juego político?»), José González, estudiante de Filosofía de 21 años («¿Cómo el asamblearismo puede ser eficaz en una Catalunya independiente con siete millones de habitantes?»), o Elisabet Jover, administrativa: «¿Son posibles pactos con otros movimientos de izquierdas que a lo mejor no están en el mismo lugar que vosotros en la independencia, como Procés Constituent o Guanyem?». Convence y no siempre vence, porque si bien la música gusta a casi todos, genera escepticismo respecto a que pueda plasmarse en realidad.

Muy cómodo en el intercambio, Fernàndez recordó que la CUP no es una recién llegada («La CUP no nació en noviembre del 2012, sino en 1986, nosotros venimos de un ciclo de 20 años de movimientos sociales alternativos») y contestó con un «sí, pero» a la cuestión de si está dispuesta a ser una fuerza de poder, a cambiar el sistema desde dentro. «Sí hay  voluntad, pero es verdad que la CUP tiene cierta aversión hacia el poder. Confiamos más en la sociedad civil y el tejido asociativo que en el mundo político. La sociedad no se cambia por decreto ley, el cambio de verdad es el cultural, y este es el espacio predilecto de la CUP, en el que la vía institucional es complementaria con otras dinámicas de compromiso social». Y añadió: «Nosotros no somos los antisistema. Antisistema es el neoliberalismo que privatiza, cierra escuelas y cierra hospitales, que destruye el sistema entendido como el constitucionalismo social de posguerra que nació en 1948 de las cenizas del nazismo y el fascismo en Europa. Los antisistema de verdad llevan corbata». 

En este contexto, y con Can Vies muy presente («El único elemento determinante de lo que sucedió en Can Vies es la testosterona de un regidor de barrio crecido como sheriff y una cultura autoritaria basada en el 'aquí mando yo'»), Fernàndez explicó la postura de la CUP sobre la violencia callejera: «Can Vies deja 350 contenedores quemados, escaparates de bancos e inmobiliarias rotos, 67 detenidos que serán procesados, 2 encarcelados. Sin banalizar: el agujero de Catalunya Caixa deja 12 millones de contenedores quemados, ningún detenido, ningún encarcelado  y algunos procesados porque los hemos denunciado nosotros. Nosotros estamos por una sociedad libre de violencias, de todas las violencias». Y zanjó: «Romper el cristal de un banco es violencia, pero hay mucha más a diario en su consejo de administración contra las personas desahuciadas». 

La frase podría haber sido pronunciada por Ada Colau, la cara más visible del proyecto Guanyem Barcelona. El nombre de Colau -y los de Teresa Forcades, Arcadi Oliveres y Pablo Iglesias- aparecieron en varias ocasiones en la conversación. «La CUP -recordó Fernàndez cuando se le preguntó sobre las posibilidades de pactos- es una enmienda a la izquierda, no se entiende sin un hartazgo y desconfianza hacia la izquierda». Y puso un ejemplo demoledor: «Bajo la responsabilidad de Felip Puig en Interior, los mossos dejaron a tres personas ciegas con las balas de goma. Bajo la responsabilidad de Joan Saura fueron cuatro. No podemos cambiar en 15 días las desconfianzas generadas en 20 años con izquierdas que han gobernado como derechas».

INCÓMODA MEMORIA  Y es que, a pesar de que pidió que la iniciativa de Guanyem no se convierta «en un debate ICV-CUP», sus palabras incidieron en esa idea: «Con Guanyem tenemos absoluta sintonía con el manifiesto, el planteamiento, la lectura del cambio que necesita la ciudad. Eso sí, nos suena contradictorio que participe de este espacio quien ha gobernado la ciudad los últimos 32 años y quien ha hecho la marca Barcelona. Yo he visto a ICV desalojar emigrantes en la plaza André Malraux en el 2004. Es un problema tener memoria». 

Otro asunto que para la CUP es importante y que ha planteado a los impulsores de Guanyem - «lo han resuelto bien, porque había generado alguna duda»- es que la plataforma debe incorporar la consulta en sus planteamientos, ya que «es la punta de lanza por la cual se rompe el régimen del 78». En este equilibrio entre el eje soberanista y el social, Fernàndez se mueve con pies de plomo. «Nosotros no estaríamos en un Gobierno que está cerrando escuelas y quirófanos en Bellvitge. Pero en la actual coyuntura no descartamos nada, la foto del 12 de diciembre simboliza una unidad de acción a favor de la consulta. Entrar en un Govern de unidad depende de la ofensiva represiva del Gobierno español». «Eso sí –añadió– sería un Govern bloqueado, porque cada vez que habláramos de Educación o Sanidad unos diríamos  y otros no».
Porque la independencia no es una «píldora mágica» sino, entre otras cosas, «recuperar las herramientas para poder decidir sobre lo que nos afecta», por lo que el eje soberanista no puede tapar el eje social: «Hay cierto independentismo hiperventilado que dice: ‘Primero la independencia y después ya veremos’. Y yo les digo: ‘Vale, pues dejemos de recortar’...» Por eso, dijo Fernàndez con sorna, si salir de España implica salir de la UE, «perfecto, dos por uno. Y si es dejar el euro, tres por uno, ya que la UE no tiene calidad democrática. ¿Qué hace la troika cambiando el gobierno de Grecia o el de Italia? El europeo es un parlamento paripé, sin ningún poder político. Deciden los mercados y los Estados y al BCE nadie lo controla».
El primer paso es la consulta. «¿Cómo te imaginas el 9-N?», le preguntó la fotógrafa Raquel Gisbert. Y Fernàndez, sobre la posibilidad de que la consulta sea prohibida, dijo: «La CUP está por la desobediencia pacífica y civil y por sacar las urnas. Cuando hablamos de desobedecer, es obedecer la propia legalidad. ¿A quién obedeces? ¿Al Tribunal Constitucional politizado o a la legalidad y legitimidad catalana?» La CUP no tiene dudas.