El discurso de clausura de Rajoy en la convención del PPC

Mariano Rajoy, en un momento de su discurso, este sábado en Barcelona.

Mariano Rajoy, en un momento de su discurso, este sábado en Barcelona. / Albert Olivé (EFE)

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"Queridos amigos.

Vengo a hablar de lo que está pasando en Cataluña. Quiero comenzar diciendo que he aprendido a entender y a querer a Cataluña. No me lo ha tenido que explicar nadie, no lo he leído en ningún libro. No he necesitado campaña alguna de promoción.

Durante años he visitado todas sus provincias, he estado en todas y cada una de sus comarcas. Desde las tierras del Ebro hasta la Costa Brava, desde el archivo de Tarradellas al museo de Dalí en Figueres… He visitado bodegas, ferias agrícolas, grandes industrias y también multitud de pequeñas asociaciones de comerciantes. Nadie me tiene que decir cómo es Cataluña ni cómo son sus gentes. Lo sé porque los conozco.

He tenido la oportunidad y la suerte de tratar a muchos catalanes y siempre he encontrado respeto, ponderación y mesura. He encontrado tolerancia, sentido común y afán de trabajo. He encontrado también un enorme amor a su tierra, a su cultura y a su identidad, pero no mayor que su respeto hacia los demás.

Por eso estoy contento de poder hablar hoy aquí, en Cataluña. Vengo a dar mis razones, pero antes vengo a dar testimonio de mi afecto. Vengo a decir lo que nadie dice en este debate, que los españoles queremos a Cataluña. Que siempre la hemos sentido nuestra, que también amamos sus símbolos y su cultura, que nos alegramos con sus éxitos y que nos duelen y nos preocupan sus problemas. Y no estoy haciendo un ejercicio retórico. Lo que yo digo lo pueden acreditar miles de catalanes que viven y trabajan fuera de aquí.

Quiero dejar esto muy claro desde el primer momento porque no voy a admitir esa tentación de fractura que algunos airean de manera injustificada. No hay más fractura ni más enfrentamiento que aquel que están promoviendo quienes quieren justificar su propio proyecto.

Pero no vengo a hablar de ellos, ni para ellos, vengo a hablar a todos los catalanes que de buena fe quieran escuchar, piensen o no como yo.

Queridos amigos,

He procurado ser prudente para no crear tensiones adicionales y continuaré siéndolo, pero eso no está reñido con dejar las cosas claras: mientras yo sea presidente del Gobierno, ni se celebrará ese referéndum que algunos pretenden, ni se fragmentará España.

¿Por qué?

Porque la ley no lo permite; así de simple.

España es un Estado de Derecho, y eso quiere decir que, en él, todo el mundo sabe a qué atenerse, porque todo debe estar regido por una ley escrita. Pues bien, nuestra ley escrita dice que convocar un referéndum en España es competencia exclusiva del Gobierno. Esto lo sé yo, lo sabéis todos y lo saben, mejor que nadie, quienes, pese a todo, se empecinan en la convocatoria.

Por tanto, la obligación del Gobierno es no permitir que se celebre ese referéndum, porque de lo contrario, además de abrir la puerta al desafuero, estaría violando la ley. La violaría quien lo celebrase, y la violaría el Gobierno si lo consintiera. No es una obstinación mía, como pretenden algunos. Al tomar posesión de mi cargo se me exigió jurar que cumpliría y haría cumplir la ley. Y lo voy a hacer

Voy a garantizar a todos los españoles en general y a los catalanes en particular que siguen estando protegidos, frente a cualquier arbitrariedad, por las garantías de un estado de Derecho, es decir, un Estado en el que la ley lo puede todo y la arbitrariedad no tiene sitio.

Yo no pido a ningún partido que renuncie a sus ideas. Le pido que respete las reglas de convivencia, que respete los derechos de los demás, que se atenga a las normas de esta nación en la que habita y en la que disfruta sus libertades. 

Luego plantearé cómo se defiende mejor el interés de los catalanes en particular. Ahora me limito a decir que cumplo con mi deber, con un deber que es inseparable del cargo que ocupo, y que no podría ocupar si traicionara el juramento con el que tomé posesión.

Este razonamiento creo que es claro y sencillo. Ahora bien, algunos, incluso de buena fe, pueden pensar: «¿Cómo se puede prohibir, una votación, si votar es un derecho democrático y estamos en una democracia?»

Sin duda votar es un derecho democrático. Lo es, pero no en cualquier sitio ni a cualquier hora ni de cualquier manera, ni sobre cualquier asunto. 

Votar es democrático, sí; la democracia no se entiende sin las urnas, sí; pero no bastan las urnas para que un acto sea democrático. ¿Qué es lo que falta? El respeto a la ley.

La esencia de la democracia es el respeto a la ley, o si lo preferís, el propósito de no reconocer otra autoridad por encima de los ciudadanos que la de la ley.

La esencia, de la democracia es que todo –incluidas las votaciones–, y todos –incluidos los parlamentos–, tienen que atenerse a las normas. Ser demócrata implica aceptar esa obediencia voluntaria a una ley que ha sido hecha entre todos, aprobada por todos y que a nadie se le ha impuesto a la fuerza.

Por eso se dice, con razón, que la democracia es el «imperio de la ley».

Lo mismo podemos responder a eso que llaman eufemísticamente el «derecho a decidir», que es la nueva forma de llamar a la autodeterminación.

Nadie discute el verdadero derecho a decidir. Todos los españoles lo ejercemos habitualmente. ¿Acaso acudimos a las urnas por otro motivo? Lo hacemos para decidir.

Pero esto, naturalmente, también está sometido a la ley. Al redactar nuestras reglas de convivencia acordamos que no todo podía cuestionarse. ¿Imagina alguien que se pudiera votar la supresión de derechos fundamentales como la libertad de palabra, de asociación, de reunión o de prensa? No. Por eso decidimos que determinadas materias, como los derechos y los principios, necesitaban un blindaje especial para que ninguna mayoría circunstancial, aunque fuera absoluta, pudiera quebrarlos. Por eso, la nuestra es una democracia Constitucional, es decir una democracia que asegura la protección de los derechos.

No es que la Constitución impida a determinados señores hacer lo que les apetezca. Nos lo impide a todos. A mí también.

¿Por qué la Constitución no permite la convocatoria de esta clase de referéndum ni aunque un Gobierno estuviera dispuesto a autorizarlo? ¿Qué dice esa Constitución? 

Dice lo que es lógico que diga: que el futuro de España no se puede determinar en una comunidad autónoma mediante un referéndum particular. Si España permanece íntegra o se fragmenta, no puede decidirse en una votación parcial.

Cuando se trata de España, de lo que se quiere hacer con ella —sea un cambio de sistema político, o una fragmentación de su territorio—, tienen derecho a opinar todos los afectados, es decir, todos los españoles, porque todos comparten el mismo patrimonio, a todos les afectan las consecuencias, y todos han votado la misma Constitución que así lo establece.

Los habitantes de cada comunidad autónoma tienen derecho a escoger quién gobierna su autonomía, pero no tienen ningún derecho a decidir qué hemos de hacer con España. Eso no se decide ni en Cádiz, ni en Barcelona, ni en Valladolid. Se decide en toda España.

Cada catalán, como cada valenciano, es copropietario de toda España, que es un bien indiviso. Ningún español es propietario de la provincia que ocupa, como ningún vecino es propietario de las calles por las que transita. La autonomía no supone transferencia de la soberanía, no otorga la propiedad del territorio sino la responsabilidad de gobernarlo de acuerdo con la ley.

Esto que digo no debiera sorprender a nadie. Lo decidimos en 1978, y no era nuevo. El propietario de la nación española no ha cambiado desde la Constitución de Cádiz, que tiene 200 años; es el mismo que han reconocido todas las Constituciones posteriores, fueran del color que fueran, monárquicas, republicanas o federales; el mismo que reconoce la Constitución de 1978. ¿Dónde está la novedad?

Eso es lo que dice la ley. ¿Es posible someter a referéndum el futuro de España? Sí, pero tienen que intervenir todos los españoles. Ni yo puedo disponer de propiedades que no son mías, ni en Cataluña se puede disponer de lo que pertenece a todos. Eso es algo que no está al alcance de nadie: ni del Rey, ni del Gobierno, ni de nadie.

¿Y no es posible, dirá alguno, cambiar la Constitución?

Claro que es posible. Quien no esté a gusto con la ley puede tratar de cambiarla. No sólo posible sino que ese es el camino que debe recorrer todo aquel que desee algo que la constitución actual no permita. Ese es el camino recto, el que marca la ley.

La misma Constitución contempla esa posibilidad y establece las normas para realizarla. 

No me gusta oír que la Constitución es un estorbo para el ejercicio de la libertad, porque no es verdad. Todo lo contrario: es nuestra mejor garantía.

¿De qué sirve la libertad donde no existen reglas que la protejan? ¿Qué queda de la libertad donde todo se permite e impera la ley del más fuerte?

¿O acaso en Cataluña, en el País Vasco, en Galicia, no se exigen respeto a las normas que emanan de sus Estatutos? ¿Acaso el respeto a esos Estatutos se entiende como una merma de las libertades?

No le pido a nadie que le guste la Constitución porque no se hizo al gusto de nadie en particular. Lo que pido es respeto y coherencia hacia aquello que hemos acordado. 

Esta es la ley que tuvimos el acierto de pactar en 1978. Hoy puede parecer un milagro, pero entonces fuimos capaces de ponernos de acuerdo. Y fue una gran fortuna que lográramos plasmar un texto como el actual, porque, además de eso que se recuerda siempre –que es nuestro pacto de convivencia y la garantía de nuestros derechos–, conviene reconocer que es el instrumento que más ha contribuido a nuestra prosperidad.

No me voy a extender, porque esto se sale de mi propósito, pero quiero destacar que esta Constitución nos ha permitido dar un salto de gigante. España ha llegado a ser uno de los cinco países del mundo que, hasta la crisis de 2007, más ha avanzado en las últimas décadas. Todo un record. Uno de los países que más se ha transformado en todos los órdenes: en derechos y libertades, en desarrollo económico, en comunicaciones, en bienestar, en asistencia sanitaria, en imagen internacional, en cultivo y difusión de nuestra cultura…

¿Necesitáis que os recuerde los cambios? ¿Cuánto se tardaba viajando en tren a Barcelona, desde Madrid, hace treinta años? ¿Cuántas escuelas, centros de salud, kilómetros de alta velocidad existían?… 

Nada de esto nos ha caído del cielo ni ha sido hijo de la casualidad. Nos lo hemos ganado a pulso al permanecer unidos alrededor de un propósito común que se forjó con la Constitución y tras la Constitución.

Fue precisamente ella, la Constitución, para empezar, la que nos abrió las puertas de Europa.

¿Acaso han ido mal las cosas en Cataluña con la Constitución? Evidentemente, no. Primero porque una gran proporción de todos los beneficios que ha disfrutado España ha correspondido a Cataluña, como es natural. Segundo, porque sin la Constitución no habría Estatuto, no habría régimen de autonomía, no habría Generalitat.

Pero la hay, y sus resultados son palpables, los mida uno en el desarrollo de la lengua, de la cultura, de las instituciones, de la economía, de lo que se quiera, incluidas unas competencias tan extensas que a muchas regiones de Estados Federales les gustaría disfrutar.

La Cataluña del siglo XXI debe mucho a la Constitución. Y, si dejamos este paréntesis de la crisis a un lado, la Constitución en Cataluña ha sido sinónimo de prosperidad, y volverá a serlo muy pronto.

Debió ser un gesto premonitorio, porque en 1978, Cataluña votó a favor de la Constitución bastante por encima de la media española.

Esta es la virtud de la Constitución: que nos puso a trabajar juntos. Y todos salimos ganando.

Unidos somos capaces de llegar mucho más lejos de lo que llegaríamos por separado. Cuando nuestros esfuerzos se suman, los resultados se multiplican.

Esto no es un juego de suma cero en el que lo que gana uno lo pierde el otro. No. Separados perdemos todos, juntos, todos ganamos.

Estamos viendo ya la salida de la crisis porque hemos sabido sumar esfuerzos. Hubiera sido mucho más difícil, y más doloroso, y mucho más lento, e incluso imposible, si, hubiéramos decidido hacerlo por separado y, no sólo dividir nuestras fuerzas, sino competir unos con otros.

Quien habla de división no ayuda a España, por supuesto, pero tampoco a Cataluña.

Por eso me preocupa lo que está pasando: porque es malo para toda España, sin duda, pero es mucho peor para Cataluña.

Lo está siendo ya, porque es un asunto que, en esta tierra, monopoliza la atención y distrae todas las energías que debieran estar dedicadas a otras cuestiones que preocupan más a los catalanes. Lo está siendo porque crea un clima de tensión emocional entre los propios catalanes, que inevitablemente, lesiona la convivencia. 

Me preocupa, porque se le está pidiendo a la sociedad catalana que apueste por aventuras colectivas en las que ninguna persona sensata, ni siquiera quienes las proponen, arriesgarían sus intereses particulares.

Me preocupa, porque lo que necesitáis las gentes de esta tierra no es agitar banderas, ni disputar entre vosotros, sino trabajar unidos para combatir el paro, poner las cuentas en orden, recuperar la confianza de los inversores, asegurar el bienestar, y garantizar a todos un futuro que merezca la pena vivir. 

Y me preocupa muy especialmente que se disfrace la realidad.

¿Alguno de vosotros conoce alguna circunstancia en la vida que reúna un dechado de bienes sin mezcla de mal alguno?

Al parecer se ha descubierto una. Es la que se os está ofreciendo a los catalanes para intentar endosaros los encantos de la independencia.

Todo son ventajas y no se conocen los perjuicios. 

Diseñan un futuro idílico, en el que todo sale bien y los inconvenientes no aparecen ni siquiera en la letra pequeña. 

Es muy chocante. Cuando alguien habla en serio, expone las ventajas y las desventajas. ¿Habéis oído hablar aquí de alguna de estas últimas? No; es verdad. No se oye nada.

Ni siquiera citan la evidencia de que Cataluña sería más pobre. Que saldría de Europa sine die, y lo mismo se podría decir del resto de organismos internacionales o del euro… 

Lo menos que cabría pedir a quienes plantean proyectos de ruptura de esta envergadura es que expliquen con sinceridad las consecuencias de los mismos.

Cuando alguien está planteando a la gente una deriva que les obliga a escoger, a optar, a renunciar a una parte de lo que ahora tienen, debe tener la honestidad de contar también los riesgos y el coste de esa renuncia.

Creo que es lo mínimo que se puede pedir a los dirigentes políticos responsables y desde luego, es lo mínimo que se merecen los ciudadanos de Cataluña, que tienen el derecho a saber.

Por mi parte yo os diré que a Cataluña le conviene ser española, como lo ha sido siempre. Y esto no lo dice la Constitución, lo digo yo que también conozco y siento a Cataluña como algo propio.

España es la nación más antigua de Europa y Cataluña siempre ha formado parte de ella. Y en todos estos siglos de historia hemos forjado lazos que nos unen en lo más profundo. Desde las gestas compartidas a las relaciones personales. La vida en común, los intereses, las cosas que hemos hecho juntos, los afectos y la lucha contra las dificultades… Así hasta hoy.

Además el signo de los tiempos indica que las sociedades humanas caminan hacia la integración, hacia el mestizaje y hacia la unidad. Caminar en contra de este rumbo se aleja de la modernidad y del progreso humano. Y Cataluña no puede equivocarse de camino porque los catalanes no tienen la culpa de la pérdida de visión de algunos dirigentes.

Cataluña es muy atractiva y una parte muy importante de su atractivo está inseparablemente vinculada a su participación en ese gran proyecto que es España y que, cada vez más, se abre a Europa y al mundo. 

España es la mejor plataforma para construir un futuro de oportunidades para todos. Todos los españoles conformamos una gran alianza estratégica para competir desde Europa en el mundo entero y tenemos el mejor equipo para triunfar: una sociedad fuerte, una cultura plural y diversa que a todos nos enriquece, una democracia avanzada, un estado de derecho de primer orden y un mercado y un capital humano de 47 millones de personas.

Cataluña gana porque así forma parte de un espacio que es de paz, de libertad, de derechos humanos, de cooperación, de solidaridad. Una realidad grande y potente, que actúa con fuerza en el mundo, que genera certidumbre y seguridad y que te atiende siempre en las dificultades. 

Todo eso gana Cataluña con ser española.

Por eso es tan injusto y tan falso plantear el debate en los términos de “España nos roba”. 

Las sociedades justas y civilizadas se fundamentan en el principio de solidaridad entre todos sus miembros: quienes trabajamos hoy pagamos las pensiones de quienes lo hicieron en su día, quienes cuentan con más recursos aportan más al conjunto para lograr el progreso de todos. No hay más que ver lo que es el proyecto europeo: cuando se apoya a los países que están en dificultad, todos contribuimos y lo hacemos en proporción a nuestra riqueza. Eso es la solidaridad.

Y la solidaridad es de ida y vuelta. Los catalanes han aportado mucho, muchísimo, al conjunto de España, pero el resto de españoles también aportan mucho a quienes viven en Cataluña.

La Seguridad Social, como consecuencia de la crisis, hoy es deficitaria en Cataluña pero los pensionistas no lo sufren. Los créditos bancarios son muy superiores al nivel de depósitos, es decir, los ahorradores de otros lugares de España están ayudando al crédito que se concede en Cataluña. El Fondo de liquidez autonómica, que disfrutan algunas Comunidades Autónomas que no pueden acceder a los mercados o los planes de pago a proveedores que han permitido a tantos y tantos empresarios cobrar sus deudas, también son ejemplo de esa solidaridad de ida y vuelta de la que os hablaba.

Y nadie puede presumir de eso, porque, de lo que se trata es de la simple aplicación de un principio constitucional: la solidaridad con todos.

Y eso no es mérito de un gobierno, sino del conjunto de la sociedad: es toda España quien lo hace. Y continuará haciéndolo en lo que sea necesario. 

Yo no voy a escuchar las voces que piden que se corte el grifo de las ayudas a la Generalitat. No las voy a escuchar, porque las consecuencias las pagarían quienes menos culpa tienen, que son las gentes de esta tierra, tan españolas para mí como todas las demás, y de las que me siento tan responsable como de todas las demás.

Ni voy a cortar el grifo ni voy a frenar las inversiones, ni voy a perturbar ni una décima de segundo las posibilidades de recuperación de Cataluña.

Queridos amigos, tras el imperio de la ley y el principio de solidaridad, nada caracteriza tanto el funcionamiento de una democracia como el diálogo.

Yo estoy permanentemente abierto al diálogo para todo lo que afecte al bienestar de los españoles, a sus problemas, a sus carencias, a sus derechos… No pongo ningún obstáculo a quienes desean dialogar sobre problemas reales y desde el respeto a la ley. 

Pero que no se me busque en el campo de la ilegalidad, ni se me pida dialogar sobre lo que no es mío y por tanto no puedo dar porque pertenece a todos los españoles. Y, desde luego, no se me busque para negociar lo que considero que perjudica profundamente al conjunto de mis compatriotas.

Y me gustaría decir algo más: es muy conveniente que quien quiera dialogar respete a las formas y el decoro. Digo esto porque hay quien ya ha decidido todo unilateralmente: que va a hacer una consulta, la fecha, las preguntas… y si me apuran hasta la respuesta.

Creo que cuando no se respeta ni la legislación ni las formas, lo que se busca no es el diálogo, sino el desistimiento, o la aquiescencia o, peor aún, la complicidad.

Por cierto, que no estaría mal que quienes reclaman diálogo empezaran por dar ejemplo y practicarlo con los que tienen más cerca, que son todos los catalanes que no comparten sus planes.

Queridos amigos, no quiero entreteneros más. 

Os diré a guisa de resumen:

Mientras yo sea presidente, no se celebrará ningún referéndum ilegal.

Mientras yo sea presidente, no se producirá ninguna fractura en España.

Mientras yo sea presidente, no consentiré que ningún español que viva en Cataluña se vea privado de su derecho a ser español y europeo.

No quiero que los catalanes dejen de ser españoles ni que nadie pase a ser un extranjero en su propio país. 

No quiero que nadie niegue a los españoles a Dalí ni que a los catalanes se les expolie a Goya. No quiero porque eso no sería justo para nadie, porque no es justo privar a nadie de lo que es suyo.

Soy en primer interesado en que las cosas vayan bien en esta tierra, y voy a pelear por Cataluña y por los catalanes, por su progreso y por su bienestar. Lo voy a hacer porque es mi obligación hacia ellos, porque es mi deseo y también porque el bienestar de Cataluña es bueno para toda España. 

Yo os pido que me ayudéis y que me ayudéis también a difundir un mensaje de sensatez, de unidad y de esperanza.

Porque nos jugamos mucho.

Nos jugamos lo importante: nuestra historia, lo que nos ha unido desde siempre; nos jugamos el presente, la convivencia y el bienestar de todos y nos jugamos también nuestro futuro, todo lo que podemos hacer juntos.

Además, en el tiempo que ahora se inicia, con señales inequívocas de que estamos dejando atrás esa pesadilla de la crisis, dedicar nuestra atención a cualquier cosa que no sirva para resolver los verdaderos problemas de la gente, sería una enorme irresponsabilidad. 

Que todo vaya bien o que todo mengüe, depende de cómo nos comportemos y, en especial, de cómo lo hagan los pilares fundamentales de la economía española, uno de los cuales es Cataluña. Lo que menos necesitan las economías de los ciudadanos catalanes y españoles es la inestabilidad que algunos proponen, que pone en riesgo la recuperación de todos.

Esto es lo que de verdad importa, lo que está en juego, lo que condiciona el futuro y el empleo de millones de personas, y esto es lo que debéis explicar. Por ahí pasa la economía y el progreso de las familias y no por los devaneos de la desunión y el aislamiento.

Este quiero que sea vuestro mensaje. Importa mucho que suene la voz de la sensatez y de la unidad. 

Puede parecer una voz solitaria, pero no es así. No estáis solos. Os oye mucha gente que guarda silencio –porque creen que hay ocasiones en que lo más prudente es callar–, pero por nada del mundo querría que vosotros callarais, porque no cuenta con más asidero que vuestra actitud y vuestra palabra.

Nosotros, no convocamos a los catalanes para mirar al pasado o volver la vista atrás. Nosotros miramos al presente y al futuro, ofrecemos sentido común, certidumbre y bienestar. 

Sostened en alto la voz de la convivencia, la voz del respeto a la ley, que es la voz de la mayoría, y que será la única, cuando toda esta fiebre se enfríe, que no necesitará rectificar su posición.

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Sé que vuestras dificultades son muchas. Lo han sido siempre; pero sé también que no fallaréis, porque no lo habéis hecho nunca.

Alzad la cabeza con orgullo, porque estáis trabajando por Cataluña, por vuestra gente, por vuestra tierra; por una Cataluña que volverá a descubrir que en ningún otro sitio puede estar mejor que donde ha estado siempre; es decir, en España".