
Presidente del Comité Editorial de EL PERIÓDICO
¿Por qué no invitan a Max Weber a Estrasburgo?

. / CHATGPT
No es habitual que lo que acontece en el Parlamento Europeo se cuele en las portadas de los sitios informativos y en los reels de Instagram. Por razones domésticas, Ceuta, y por dinámicas globales, Canadá, el ‘debate sobre el estado de la UE’ se ha colado en la conversación de esta semana. Alberto Núñez Feijóo forzó una votación sobre Ceuta en la eurocámara que tensó las costuras del grupo socialista, pero también de su propio grupo, ambos penetrados por la capacidad de lobby del Reino de Marruecos y de su familia real. Pero la estrella del pleno fue el primer ministro canadiense, Marc Carney, que ya lo fue también de la última edición del Foro de Davos. ¿Por qué triunfa Carney? Los materialistas dirían que porque tiene reservas de minerales raros que hoy en día van muy buscados. Seguro que eso le hace objeto del deseo de muchos. Pero Carney triunfa porque tiene ideas y son esas ideas las que le convierten no solo en antagonista de Donald Trump sino en su alternativa. Y en una jugada audaz, la UE se las ha cogido al vuelo proponiendo que Canadá se integre como una especie de estado asociado. Bruselas le ha ofrecido a Carney un refugio para librarlo de los vientos iracundos que le llegan de Estados Unidos. Los pesimistas rápidamente han recordado que la mayoría de los estados miembros todavía no ha ratificado el último tratado comercial con Canadá firmado hace 10 años. La UE gana las maratones y pierde en las pruebas de velocidad.
Una zona de libre comercio democrático
Los autoritarismos son una competencia desleal en un mercado globalizado despojado de aranceles. Putin y Xi Jinping llevan años deslumbrando a las élites occidentales por su capacidad de ejecutar cualquier decisión a la velocidad de la luz. Trump, de alguna manera, es, en parte, el resultado de esa fascinación. Y Carney propone definir dos nuevos bloques: por un lado, los países que operan en el mercado global sin reglas y los que lo hacen con reglas. Y su propuesta, ahora abanderada por la UE, es que los aranceles entre los países que respetan las reglas de la democracia sean más bajos que con los que no las respetan. Esa es también la lógica del made in Europe que debate la UE. Todo esto ya lo advirtió el premio Nobel Joseph Stiglitz en El malestar de la globalización cuando consideró un error que, tras la caída del muro de Berlín, Europa y Estados Unidos aceptaran en el comercio global a regímenes autoritarios como China o Rusia.
¿Por qué somos siempre pesimistas con la UE?
El discurso hegemónico en las conversaciones sobre la UE está siempre cargado de pesimismo: división, lentitud, burocracia son lo más bonito que nos decimos. Y las armas para superar esta mala percepción de nosotros mismos son reformas estructurales de los reglamentos de la UE como proponen los informes de Draghi y Letta, útiles pero insuficientes. La actual Unión Europea es el resultado de unas ideas que después de la segunda guerra mundial se hicieron hegemónicas y que nacían de la experiencia de esas dos guerras que llamamos mundiales, pero en las que la mayoría de los muertos los pusimos los europeos. Una idea tan sencilla como la de que los valores comunes debían estar por encima de los mercados y de las fronteras. Adenauer, De Gasperi y Monnet, además de Schuman, Spaak y nuestro venerado Churchill, armaron un ideal de Europa al que se subyugaron los tratados y los reglamentos. Y ha dado frutos. Como dijo Josep Borrell, la UE es cada vez más un jardín rodeado de una selva más agresiva. Y lo curioso es que los que vivimos en el jardín no lo disfrutamos con alegría. Gracias en parte a la pinza de Trump y Putin, tenemos motivos en los últimos años para sentir el orgullo de ser europeos, desde la compra conjunta de vacunas en la pandemia hasta la oferta a Canadá pasando por la indestructible unidad frente a los aranceles de Estados Unidos.
Una idea de Europa
Dos grandes sociólogos del siglo XIX, Max Weber y Karl Marx libraron una soterrada batalla sobre los vínculos entre las ideas y las condiciones materiales. Weber demostró que el capitalismo se extendió en Europa gracias a la visión del mundo impulsada por el protestantismo, mientras que Marx murió defendiendo que son las estructuras productivas las que nos conforman la mentalidad. La caída del muro de Berlín demostró lo equivocado que estaba en este punto. Desde el traumático debate sobre las raíces cristianas de Europa en la fallida constitución, los reglamentos y los tratados navegan a la deriva sin una idea que les dé sentido. El año próximo, al debate del estado de la UE deberían invitar a Max Weber.
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