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Opinión | 'THE OTHER CLUB'
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'Ich bin ein Kanadier' o cómo plantar cara a Trump

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A los jóvenes que solo han conocido a Donald Trump y a Joe Biden como presidentes de los Estados Unidos, les puede sorprender que en 1963, uno de sus antecesores, John F. Kennedy pronunciara, con el muro de Berlín de fondo, la frase “Ich bin ein berliner” (soy un berlinés). Lo hizo para solidarizarse a causa del bloqueo de la zona este de la ciudad por parte de la URSS. Casi 70 años después, Donald Trump se ha paseado por Davos insultando a los europeos, diciéndoles que van por mal camino y amenazándoles si no le regalan Groenlandia. 'Ich bin ein Russe', es su lema ante la agresión de Putin en Ucrania. Esta semana, a raíz del asunto de Groenlandia, la UE y Gran Bretaña han tomado conciencia de que han vuelto al mundo anterior a 1914 cuando Estados Unidos no era un aliado estratégico sino un competidor y en algunos casos un adversario cuando no un enemigo. Los nervios por las elecciones de noviembre han llevado a Trump, en pocas semanas, del America first`` al 'America alone'. En este contexto, ha llamado poderosamente la atención el discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro de Davos. Sus palabras son, hoy por hoy, el mejor ideario contra lo que Trump significa sin necesidad de recurrir a los tópicos habituales para cualificarlo.

La utilidad del Viejo Orden Internacional

Carney hace un descarnado retrato del orden internacional vigente desde la Segunda Guerra Mundial y lo considera globalmente positivo pese a estar sustentado en una “grata ficción” en la que las grandes potencias administraban su hegemonía a cambio de proteger a los países medianos y pequeños que aceptaban, en palabras de Havel, “vivir dentro de una mentira” que les proporcionaba un cierto progreso dentro de un mundo basado en normas que los poderosos solo se saltaban en ocasiones excepcionales. Carney considera que las grandes potencias del momento han provocado una ruptura al prescindir de las normas y romper con la mentira. Su propuesta es que las potencias medianas, como Canadá y la UE, hagan lo mismo, asumiendo que ello les obliga a recuperar autonomía estratégica, tanto en términos comerciales como de defensa y de energía. Ese es el camino que ha tomado Canadá desde que fue amenazado por Trump y la propuesta del primer ministro es que el resto de países “construyan un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados”. En resumen, si las grandes potencias se saltan las normas dejemos de hacer ver que las cumplen y aislémolas en su ataque de autenticidad. Oyendo a Carney no se puede hacer otra cosa que proclamar 'Ich bin ein Kanadier'. Qué orgullo y qué envidia.

La UE planta cara a los hombres fuertes

Demasiadas veces confundimos la respuesta pausada y racional de la UE frente a Trump o a Putin como un signo de debilidad. La lógica de los que Harari llama “los hombres fuertes” es vociferar y hacer la política a la velocidad de Tik Tok de manera que no responder de inmediato a la provocación se interpreta como miedo, apaciguamiento o falta de convicción. Pero si analizamos, por ejemplo, lo ocurrido con Groenlandia veremos que el estilo de la UE ha acabado por dejar a Trump hundiéndose en sus propias aguas movedizas. Y, finalmente, ha tenido que recular porque los europeos no somos la caricatura que le dibujan los chalados que le rodean. Y desde la UE no se ha apelado solo a las normas y a los valores, sino que se han buscado las debilidades que amenazan a Trump cuando se vive fuera de la mentira. El llamado “bazoka comercial” y la posibilidad de invocar el artículo 5 del Tratado de la OTAN en caso de una invasión norteamericana de Groenlandia, han parado los pies al presunto nuevo emperador. La UE lleva meses tomando decisiones que hace tres o cuatro años parecían imposibles porque, en la mentira del Viejo Orden Internacional, Francia, Alemania o Gran Bretaña se autoinvocaban como grandes potencias que ya no eran. Ahora se sienten débiles y amenazadas y se refugian en una unión económica y monetaria que empieza a ser política y militar. Ser potencia es la mejor manera de defenderse del despotismo del nuevo orden. Italia y España también se sienten cómodas en este contexto. Los hombres fuertes han salido trasquilados de Davos porque sus fanfarronadas han sido rebatidas por Carney, pero especialmente por von der Leyen y por Lagarde. El frente contra esos fanfarrones tiene acento femenino. Aparentan ser los líderes del futuro cuando son los restos del pasado despojado de la mentira. Ich bin Europeär.

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