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Gemma Martínez

Gemma Martínez

Directora adjunta de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA

El campo arde y con razón

Tractores en la Diagonal de Barcelona

Tractores en la Diagonal de Barcelona / JORDI OTIX

El campo arde en su 15M particular -tan certeramente acuñado por nuestro director Albert Sáez-, un movimiento de protesta que viene de lejos. Lo sabemos bien quienes desde la niñez y por razones geográficas y familiares mantenemos vínculos fuertes y de por vida con el mundo agrícola. Duele que los políticos lo hayan puesto ahora en el centro de la agenda, con fines partidistas, porque las elecciones europeas se asoman ya por el espejo retrovisor. También indigna el maniqueísmo y el reduccionismo con el que se trata al campo, ese malo de la película, de pensamiento único, que solo vive de subvenciones.

Deberían recordar que España integra a autónomos titulares de pequeñas y medianas explotaciones, trabajadores por cuenta ajena, cooperativas, empresas y organizaciones agrarias. Las desigualdades entre todos estos actores son kilométricas, igual que su dependencia de las ayudas europeas es de lo más dispar.

Pequeños profesionales, con una edad media superior a los 60 años, malviven por el alza de los costes de producción, los bajos precios y la mayor competencia externa, sin tener las ventajas de la economía de escala de los grandes y sin relevo generacional. El abandono o la venta de las tierras es su único opción ante el estancamiento de las rentas. Las empresas, por el contrario, progresan y se convierten en el objeto del deseo de multinacionales y fondos de inversión. Los agricultores que resisten son los que, sin fines políticos, viven su 15M. Lo hacen ahogados, además por la transición ecológica europea, el dumping medioambiental, la burocracia y el triste desapego de un consumidor que, en el mejor de los casos, quiere productos Kilómetro Cero a precios de todo a 1 euro.

La Unión Europa y sus Estados miembros, que tanto defienden su soberanía estratégica en otros ámbitos, deben consensuar soluciones, aunque sean complejas -como la reforma de las ayudas-, y dejarse de parches electorales temporales, como la relajación de algunos compromisos medioambientales. La inacción perjudica a los agricultores que cuidan el territorio y que necesitan adaptarse a los nuevos tiempos e innovar para ganarse a un consumidor que no puede querer frutas y verduras regaladas. Resolver la crisis del campo es responsabilidad de todos.

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