La tribuna
Pilar Rahola

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Periodista y escritora

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Amnistía: enmienda, concordia o regreso a la caverna

Estamos ante una reacción desaforada a lo que, desde una perspectiva española progresista, podría considerarse un gesto de concordia y desde el independentismo como una enmienda a un error

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Leonard Beard

Leonard Beard / Leonard Beard

Por un lado, está el debate de la ley de amnistía, con todos los interrogantes que presenta y que desgraciadamente podrían permitir la acción ideológica de unos jueces que ya se han levantado en pie de guerra. Encontrar un redactado para la 'lawfare' que fuera jurídicamente aceptable no resulta nada fácil y cualquier eufemismo que intente contemplarla sin nombrarla puede ser una trampa mortal. Además, la jugada perversa del juez García-Castellón añadiendo deliberadamente "terrorismo" a la instrucción del Tsunami, e imputando directamente al presidente Puigdemont y a Marta Rovira, a pesar de no tener base alguna, nos da la medida de los límites que piensan pisar para impedir que se pueda aplicar la amnistía. Es, pues, obligado dudar de que la ley pueda amparar a todos los represaliados independentistas, si no se encuentran caminos paralelos -con cambios legales- que lo garanticen. Sin duda es una ley importantísima que protegerá a cientos de personas que han estado bajo la picota de la justicia -muchas aún pendientes de juicio-, por haberse implicado en el proceso catalán. Pero no permite el triunfalismo, porque, de momento, no todo el mundo va a quedar protegido.

Pero una cosa es el debate de la ley de amnistía, su redactado, dificultades, obstáculos para la ejecución, etcétera, y otra el estruendo que ha creado en el interior de la España más irredenta y que nos está ofreciendo un espectáculo dantesco más cercano al esperpento valleinclanesco que a la protesta ciudadana. Estamos viendo una mezcla de la caverna más kitsch, con fascistas de viejo y nuevo pelaje, nostálgicos del todo atado, sobredosis de histeria patriótica, y seguidores de todo el espectro ideológico del nacionalismo español más antimoderno e intolerante. De hecho, esta exhibición ultramontana es tan patética que si dura mucho, incluso conseguirá que muchos madrileños pidan la independencia de España. Quién no quisiera huir de tal personal que reproduce de forma caricaturesca todos los tópicos de la España azul: anticatalanismo furibundo, alergia a cualquier cambio sensible, imposición bíblica de la 'España una' y un instinto endémico de castigo y venganza contra los que se atreven a plantar cara. Sin duda se trata de una reacción desaforada a lo que, desde una perspectiva española progresista, podría considerarse un gesto de concordia. Evidentemente, esta no es la mirada de la amnistía que hace el independentismo, que la plantea como una enmienda al error inaceptable de querer resolver un problema político por la vía represiva. Pero ni a ese planteamiento llegan, porque la reacción no es tan elaborada sino mucho más primaria: sencillamente quieren hacer sufrir, castigar, reprimir, exprimir la venganza hasta los límites más malvados. En estas manifestaciones late mucha dosis de rabia pura, me atrevería a decir, de odio puro.

Lo que tampoco sería tan relevante, si se tratara solo de la extrema derecha, que en España siempre se ha mostrado especialmente feroz contra Catalunya. ¿Pero qué narices hace la derecha española? Entiendo que puede parecer una pregunta retórica, porque mientras el ideólogo de la derecha sea Aznar, el PP no se va a mover ni un milímetro del españolismo más intransigente. Pero aun así cuesta entender que un líder como Feijóo, que parecería mucho más razonable y que aspira a un espacio central, se deje arrastrar por una marea enloquecida que construye todo su relato en una concepción retrógrada e inmutable de España. Con esta España no existe ni el diálogo, ni el pacto, pero sobre todo no existe la historia, si la entendemos como un proceso de evolución. Es pura imposición y pura intolerancia. En consecuencia, y visto cómo actúa, tampoco existe la posibilidad de que España tenga una derecha moderna y europea. Los genes del franquismo están tan vivos, y son tan persistentes, que lo devoran todo.

Incluso devoran a una parte del PSOE que, en lo que se refiere a la cuestión territorial, no desmerece la derecha dura. De nuevo, Catalunya es el termómetro que mide la intensidad de la España reaccionaria, y vista la situación, la caverna está fuerte. En este punto, es importante preguntarse si el esfuerzo de mutación ideológica que ha hecho el PSOE en el pacto con Junts es puro oportunismo, o algo se ha movido realmente. Por el momento, sobre el papel hay cambio de paradigma. El tiempo dirá si se trata de papel mojado.