Opinión | Conflicto en Oriente Próximo

Carol Álvarez

Carol Álvarez

Subdirectora de El Periódico

La memoria de las guerras

Ver y callar es lo único que tolera la escuadra de odio digital, matones de la voz sensata sobre todo si es lo bastante influyente como para mover conciencias

Leonard Beard

Leonard Beard / Agencias

Mujeres, niños y hombres con numerosas heridas en sus cuerpos de distinta antigüedad. Una historiadora halló en tierras alavesas los restos que localizan la guerra más antigua que conocemos, y que fue hace más de 5.000 años. Mucho antes de lo que nos creíamos capaces por organización de la sociedad, por movilización de las tribus. Lo que más impacta es la idea del descubrimiento en sí. Se mataron al menos 300 personas en la primera guerra de la Historia, no pelea, no disputa entre bandas, en una guerra, y lo hemos sabido ahora. La memoria histórica siempre en construcción y despierta ante los fogonazos de nuevas revelaciones. 

Recordamos para aferramos a lo que fuimos y a veces nos impidieron ser. Pasó con la Residencia de Señoritas de María Maeztu, que nutrió a una hornada magnífica de mujeres profesionales cuando las profesiones eran solo de los hombres. La guerra civil española truncó esas ambiciones de igualdad, pero lo peor sería el vacío, el borrado de su existencia, que obligó a las nuevas generaciones de mujeres a aprender de cero de lo que eran capaces, lo que podían ser, y aún estamos ahí en esa lucha. 

Esa primera guerra que hemos descubierto ahora nadie pudo contarla, claro, casi todas las demás llegarían luego del relato más o menos pervertido de los vencedores, de los puñados de versiones singulares de los vencidos. Las guerras del futuro no podemos aún saber cómo las recordaremos para entenderlas: hoy mismo, en Gaza, las muertes se suceden ante nuestros ojos transmitidas casi en directo, cada red social y medio informativo una ventana al horror. 

 Hoy Gaza parece una tumba abierta y expresiones que nacieron hace un siglo, «crímenes de guerra» y «genocidio», resuenan con fuerza. Las hemos oídos antes, en África, en Asia, pero duelen más cuando sabes que nacieron precisamente para hacer justicia al pueblo judío masacrado por los nazis. Las redes sociales que abren esas puertas en el tiempo y la distancia para ver exactamente qué ocurre en Oriente Próximo son las mismas que cuelan también 'fake news' que distorsionan realidades ya bastante crudas. Y esos mismos canales son la vía que usan los que odian para revolverse contra el que mira y denuncia: dar la opinión sobre el conflicto, pedir algo tan sensato como el cese del fuego, es castigado con la intimidación. Estrellas pop como Selena Gómez, cándida en sus ruegos por la paz en Instagram, ha decidido callar tras una ofensiva digital virulenta . Ver y callar es lo único que tolera la escuadra de odio digital, matones de la voz sensata sobre todo si es lo bastante influyente como para mover conciencias.

La misma inteligencia artificial se usa para diseñar en tiempo real los 'emojis' que quieren calar en nuestra percepción de la guerra. Lo contaba ‘The guardian’ esta semana, al descubrir que si buscabas crear un 'sticker' con la inteligencia artificial de whatsApp de un palestino te aparecía un dibujo de un niño con un arma, pero si buscabas soldado o ejército israelí, no. Si el sesgo de la realidad que transmitimos en tiempo real, la huella que dejamos de lo que está pasando, ya está tan torcida...¿qué quedará de todo esto? Si la ONU considera crímenes de guerra -como ya declaró que se suceden en la invasión de Rusia- y pide el cese de hostilidades y ya van tres bombardeos israelís a un campo de refugiados, y todo sigue igual, ¿qué es lo que no entendimos del dolor y las secuelas de otros genocidios? ¿ Qué recordarán los historiadores del futuro de lo que está pasando?. Una excavación en La Rioja ha puesto al descubierto la primera gran guerra y ante nuestros ojos, sigue viva, incomprendida, en cada víctima nueva que se cobra la que sucede en la Franja de Gaza.