Conflicto en Palestina
Jesús A. Núñez Villaverde

Jesús A. Núñez Villaverde

Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

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¿Alguien puede detener a Israel?

Si todavía hay quien piensa que será la población israelí la que logre frenar a su gobierno, basta con recordar que en las manifestaciones registradas desde que el trío Netanyahu-Ben Gvir-Smotrich lidera el Ejecutivo, el tema palestino ha brillado por su ausencia

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Edificios destruidos por un bombardeo del Ejército de Israel contra el campamento de refugiados de Yabalia, el más grande en la Franja de Gaza

Edificios destruidos por un bombardeo del Ejército de Israel contra el campamento de refugiados de Yabalia, el más grande en la Franja de Gaza / Fadi Wael Alwhidi/dpa

En pleno desarrollo de la brutal operación que castigo que Israel está realizando en Gaza, cuando ya ha logrado cortarla militarmente en dos mitades y se multiplican los crímenes contra la población civil, cabe preguntarse si hay alguien que puede detener la barbarie. Dando por hecho que Hamás y sus adláteres no van a cejar en su empeño por devolver cada golpe, aunque eso suponga más sufrimiento para los gazatís y aunque la victoria contra un enemigo tan superior esté fuera de su alcance, es a la comunidad internacional y a Israel a quienes debemos mirar preferentemente.

A estas alturas resultaría ilusorio suponer que la ONU está en condiciones de imponer su voluntad a las partes. Y si contra Hamás no tiene medios eficaces para disuadirlo o castigarlo por sus crímenes -en la medida en que no es un Estado con una población y un territorio sobre quienes se pueda aplicar sanciones-, contra Israel lo que falta es básicamente voluntad política. De ahí que, por muchas que sean las llamadas de su secretario general al respeto del derecho internacional y por innumerables que sean las resoluciones aprobadas por la Asamblea General (meramente declarativas) o los intentos frustrados de sacar adelante otras de carácter vinculante en su Consejo de Seguridad, Tel Aviv sabe que siempre va a contar con Washington para abortar cualquier sanción por sus excesos.

Tampoco cabe esperar nada de la Liga Árabe, después de haber arrojado a la papelera su propuesta de 2002 (reconocimiento de Israel a cambio de su retirada a las fronteras de 1967) y de haber entrado en una senda de normalización que supone el abandono de la causa palestina. En términos militares ninguno de los países árabes que en el pasado movilizó su ejército contra Tel Aviv va a hacer algo similar ahora mismo, y en el terreno político ya ha quedado sobradamente demostrada su inoperancia. Lo mismo cabe decir de una Unión Europea que ni siquiera ha logrado adoptar una posición común ante la última resolución aprobada en la Asamblea General de la ONU para detener la violencia. El resultado -8 países votaron a favor, 15 se abstuvieron y 4 votaron en contra- muestra crudamente la imposibilidad de articular una sólida respuesta que vaya más allá de las inanes condenas y lamentos.

Pero es que al volver la vista hacia Israel se impone la idea de que no cabe esperar que sean los imperativos éticos o religiosos los que van a servir para tal fin. Ahí están las múltiples declaraciones de Netanyahu, apuntando que "estamos en tiempo de guerra", y las de tantos otros representantes gubernamentales que no ocultan ya su instinto genocida con respecto a los palestinos. A eso se añade el convencimiento de sus principales responsables de estar ante una inmejorable oportunidad para desterrar definitivamente a los palestinos que quedan entre el Jordán y el Mediterráneo y hacerse con el control total de la Palestina histórica.

Y si todavía hay quien piensa que será la población israelí la que logre frenar a su gobierno, basta con recordar que en las multitudinarias manifestaciones registradas desde que el trío Netanyahu-Ben Gvir-Smotrich lidera el gobierno, el tema palestino ha brillado por su ausencia. Y ahora, cuando 242 de los suyos están en manos de Hamas y se acrecienta el temor a una posible escalada regional, resulta aún menos probable que una opinión pública tan impactada por lo sucedido el pasado 7 de octubre vaya a modificar su tendencia ultraderechista cada vez que acude a las urnas. En resumen, no hay freno.