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UNA INVESTIGACIÓN MONUMENTAL

Silencios del genocidio nazi

Philippe Sands descubre en 'Calle Este-Oeste' las historias de su abuelo, de un nazi y los padres de los términos genocidio y crímenes contra la humanidad

El abogado, que ha llevado duros casos del TPI, desde Pinochet a Ruanda, ve paralelismos entre la Polonia de 1918 a 1945 y la situación de Catalunya ante el referéndum

Anna Abella

Hans Frank (de pie en el coche), llegando a Viena en mayo de 1933. 

Hans Frank (de pie en el coche), llegando a Viena en mayo de 1933. 
Philippe Sands, en Barcelona, donde ha presentado Calle Este-Oeste. 
Leon, el abuelo de Philippe Sands, siendo aún un niño (sentado delante), con sus padres y hermanos, exterminados por los nazis, en Lemberg, en 1913. 
El nazi Hans Frank (de pie) en los juicios de Núremberg, en 1945, que lo condenarían a la  horca. 
El abogado Rafael Lemkin, en 1944, en una imagen del libro de Philippe Sands, Calle Este-Oeste. 
El abogado Hans Lauterpacht, su esposa, Rachel, y su hijo Eli (que ha sido profesor y mentor en Cambridge de Philippe Sands), en 1933.
Hans Frank, el 1 de agosto de 1942, en el Aula magna de la Universidad de Galitzia, donde anunció lo que significaría el asesinato de miles de judíos. 

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Un cúmulo increíble de increíbles coincidencias y casualidades y una voz que da voz a ensordecedores silencios y secretos que convergen en las historias reales de cuatro hombres ligados al Holocausto: el nazi Hans Frankabogado personal de Hitler entre 1928 y 1933 y luego gobernador de la Polonia ocupada, apodado el carnicero de Cracovia; el abogado judío Hans Lauterpacht, que acuñó el término legal de crímenes contra la humanidad en 1945, en los juicios de Núremberg; su colega, también judío, Rafael Lemkin, que hizo lo propio con el término genocidio; y Leon Buchholz, abuelo materno de Philippe Sands (Londres, 1960), que “nunca habló de lo ocurrido durante la guerra”. Sus historias las entreteje Sands de forma magistral tras una intrincada y dilatada investigación en el ambicioso 'Calle Este-Oeste' (Anagrama). Profesor de Derecho Internacional, presenta el libro en Barcelona con un absorbente discurso duramente forjado en los muchos casos en los que, como abogado, ha intervenido en el Tribunal de Justicia de la UE y en el Tribunal Penal Internacional de La Haya, desde Pinochet o Ruanda a la ex-Yugoslavia, Irak o Siria.      

Sands va enlazando coincidencias -él, que dice no creer en ellas-. “Llegué al libro por casualidad, al recibir una invitación en el 2010 de una ciudad extraña para dar una conferencia. Pero lo que me motivó a ir fue que allí, en Lviv, en la actual Ucrania, que llegó a llamarse Lemberg y Lvov, y que de 1914 a 1945 cambió de manos hasta ocho veces, había nacido mi abuelo Leon en 1904”. Preparando la ponencia descubrió que también eran oriundos de allí, donde además habían estudiado Derecho, Lauterpacht y Lemkin, quienes alumbraron esos dos “revolucionarios” términos en la ley internacional: crímenes contra la humanidad y genocidio, en los juicios de Núremberg. “Por primera vez un estado soberano no tenía derecho a tratar a sus súbditos como le diera la gana e introdujeron conceptos como el de que nadie estaba por encima de la ley, ni Pinochet, Netanyahu, Blair, Trump o Aznar”-. En aquellos juicios, entre otros líderes nazis (nueva casualidad) se condenó a la horca a Hans Frank, principal verdugo de la Polonia ocupada y, aunque los dos abogados no lo sabían aún, culpable del exterminio de sus propias familias, amén de la del abuelo de Sands. 

Sigue desgranando lazos el letrado: Frank había llegado a la ciudad el 1 de agosto de 1942 para dar un discurso en el que “anunciaba que todos los judíos del gueto ‘dejarían de deambular por la ciudad’ y, efectivamente, a las dos semanas 100.000 eran asesinados”, entre ellos los familiares de Lauterpacht, Lemkin y del abuelo de Sands. Frank dio esa charla en el Aula magna de la Universidad de Galitzia, la misma en la que el escritor impartió hace una semana, también por casualidad, la conferencia inaugural del PEN Internacional ante mil personas, entre ellas el alcalde, el rector y autoridades de Lviv, que “no sabían” que aquellos dos abogados deberían ser considerados hijos ilustres de la localidad. 

Leon, de niño, abajo, junto a sus padres y hermanos, que serían exterminados.

Más: Sands descubrió que en realidad Lauterpach había nacido en Zólkiew, cerca de Lviv, en la misma calle en que lo había hecho su bisabuela, la calle Este-Oeste del título. Súmenle que el único hijo de Lauterpach, Eli, fue profesor de Sands en Cambridge y llevaba 30 años siendo su mentor y amigo sin conocer esos orígenes mutuos, que descubrió en 2014. 

Los suicidios de los hijos de Frank 

“Los silencios como el de mi abuelo son universales en gente que ha pasado por esos traumas y ese dolor. Lo he visto también en Ruanda, la exYugoslavia, España... La madre de mi mujer es de Burgos y en su familia, que estuvo divivida en la guerra civil, aún hoy, 80 años después, no se habla de ello”. También, añade, “eran tremendos los silencios en la de Hans Frank, donde nunca hablaron de lo ocurrido”, caso que conoce directamente por un hijo del líder nazi, Niklas, con quien tiene una relación de amistad y “que odiaba a su padre profundamente”. “Su historia es trágica. Dos de los cinco hijos de Frank se suicidaron. Una hermana, a la misma edad y el mismo día en que colgaron a su padre. Otro hermano, bebiendo 30 o 40 litros de leche durante varios días... –relata-. Niklas me contaba lo que le supuso que con siete años, en el patio de la escuela los demás niños se rieran de él porque iban a colgar a su padre ese día, sentenciado por matar a cuatro millones de personas. ¡Cómo puede vivir eso un niño!”. 

Hans Frank, de pie, en el banquillo de los juicios de Núremberg.

Secretos de familia

Silencios también como el de la madre de Sands, que no quería remover el pasado temiendo que, como ocurrió, su hijo descubriera “secretos de la familia de los que nadie quería hablar”. “Tenían que ver con asuntos del corazón: mi abuela tenía un amante y mi abuelo tenía un amante, su mejor amigo, Max. Y, tal vez, otra coincidencia: tres de los hombres de esta historia tenían una vida gay. Mi abuelo, Lemkin, que escribió sobre todos los grupos objeto de persecución excepto de los homosexuales, y Hans Frank. Era su gran secreto, que permitió a su esposa ejercer poder sobre él porque había firmado el borrador de la ley de 1935 que condenaba a los homosexuales y por la que se los encerró en los campos”.  

“Mi madre también temía que el hombre de la pajarita (como aparecía en una foto) que yo descubrí que fue el amante de mi abuela, fuera un nazi y que fuera su padre biológico”, añade. Y explica cómo halló a su nieta y cómo tras seis meses de dudas se hicieron las pruebas de ADN para descartarlo, o no. “Si yo estaba poniendo voz a esos silencios no podía sumar mi silencio al no hacer el test”, confiesa quien emplaza al lector a leer el libro para conocer el resultado.   

También guardó silencio sobre su pasado “la señorita Tilney”, la mujer que, averiguó, fue una “misionera evangélica que salvó a muchísimos judíos”. Conoció a su abuelo en el París de 1938 y viajó a Viena a recoger a su hija Ruth (la madre de Sands), que entonces tenía un año, de manos de su abuela.  

Niklas Frank fue quien le presentó a Sands al hijo de Otto von Wächter, nazi que fue gobernador del distrito de Galitzia y que, de nuevo coincidencia, en 1919 había sido compañero de Lauterpacht en la universidad. El autor ya prepara otro libro sobre la también “increíble historia” de la “extraña muerte de Otto”. Tras escapar en 1945 fue protegido por un Vaticano preocupado, como EEUU, por los comunistas, y estaba a punto de huir a Argentina. 

Una fosa con 3.500 asesinados

Lauterpacht, con su esposa e hijo, Eli, que con el tiempo sería profesor de Sands en Cambridge.

Otro gran tema del libro son sin duda los conceptos heredados de Núremberg. Sands se alinea más con el de Lauterpach pues “el término crímenes contra la humanidad protege a las personas como seres vivos por encima de si son negros, blancos, judíos, cristianos, musulmanes, hombres o mujeres”. En cambio, Lemkin defendía el de genocidio porque según él, “a la gente se la asesina no por ser persona sino por ser de un grupo y la protección debe ser hacia el grupo”. “Yo, que pienso más como Lauterbach, me encontré ante una fosa común de 3.500 asesinados el 25 de marzo de 1943 por el simple hecho de ser judíos. Y me fue imposible no conectar con los argumentos de Lemkin ante aquellos cuerpos y huesos, entre los que estaban los de mi familia y los de Lauterbacht”. 

Sands, pese a su carrera, asume los fallos del sistema penal internacional porque en definitiva, “la ley es reflejo de la política y la política es reflejo del poder”. Pero a pesar de ello “hay que seguir adelante”, anima quien lleva ahora el caso de “dos mujeres yazidís raptadas, torturadas y violadas decenas de veces por miembros del Estado Islámico. No hay palabras para describir lo que les pasó pero el solo hecho de saber que lo que les hicieron fue criminal es fundamental para su bienestar psicológico”. Rompiendo silencios.

"No se puede impedir el derecho a decidir de un pueblo" 

Sands ve "paralelismos" de la situación que vive España y Catalunya con el referéndum con el Lviv (hoy Ucrania) de 1918, que entre 1914 a 1945 cambió de manos hasta ocho veces (Alemania, Polonia...). «En Lviv había una lucha entre grupos para decidir a qué país pertenecía la ciudad y la historia acabó mal, con un baño de sangre. De la historia se aprende que si no se va con cuidado se puede perder el control de la situación, una cosa lleva a la otra y antes de que te des cuenta hay una guerra civil. No digo que eso vaya a pasar aquí, sino que en Europa estamos acostumbrados a una ilusión de una paz perpetua pero bajo la superficie hay tremendas pasiones. La polarización de la sociedad entre los proreferéndum y los que están en contra aumenta y los hechos dicen que así los riesgos y los peligros aumentan. Y cuanto más división, más se reduce el espacio para hablar». 


Como abogado, añade, su opinión es clara: «No se puede impedir o detener la libertad de expresión de un pueblo, el derecho a decidir. Es un error impedirlo. Pero las consecuencias de esa expresión son harina de otro costal, ver qué se hace con la opinión expresada».

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