Opinión |
Ejes verdes

La nueva Barcelona, en peligro

Lo que pretende la sentencia, y los que la han provocado, no es revertir ninguna obra sino impedir que la ciudad avance en el proyecto verde que ha encandilado al mundo

Escenas inesperadas de la Superilla del Eixample

Escenas inesperadas de la Superilla del Eixample / JORDI OTIX

Ernest Folch

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Casualidades nada casuales: exactamente el mismo día en el que la ONU se rebelaba contra la "inacción" mundial ante la crisis climática, un juzgado ordenaba desmantelar el eje verde de Consell de Cent. Para algunos da igual que el mundo (de Hawái a Tenerife) se esté quemando o inundando a partes iguales, porque lo que prima es proteger la ideología de una minoría frente al interés general.

La audaz y revolucionaria transformación de Barcelona en los últimos años, que le ha valido un reconocimiento internacional espectacular (de entidades como la ONU o la Unesco, y de periódicos como 'The New York Times' o 'The Guardian', pasando incluso por la admiración del CEO del Mobile), ha chocado de bruces contra los intereses oscuros y dudosamente representativos de unas pocas organizaciones de comerciantes, que decidieron tomar un atajo y judicializar lo que en realidad ya habían perdido en los plenos legítimos de gobierno.

Es la gran paradoja: la nueva Barcelona verde, cívica y sensible con el cambio climático, espejo de múltiples ciudades e inspiración de grandes políticos e intelectuales en todo el mundo, puede ser bloqueada por unos lobis que primero se inventaron sin éxito aquello de la "decadencia de Barcelona", luego desencadenaron una alud de querellas, todas archivadas, contra la alcaldesa Colau con el único propósito de destruirla, y finalmente se lanzaron a los juzgados ya a la desesperada.

Pero atención, porque lo que pretende esta sentencia, y los que la han provocado, no es revertir ninguna obra sino impedir que se hagan nuevas 'superilles' y nuevos 'consells de cent', es decir, que Barcelona avance en el proyecto verde que ha encandilado al mundo y a los ciudadanos que la disfrutan.

La intención de esta última andanada reaccionaria es sencillamente la de intimidar como unos matones al nuevo consistorio, y el mensaje que se envía, con la ayuda de una jueza, es diáfano: si vais en la misma dirección que los anteriores, iremos a por vosotros, ya no puede haber más peatonalizaciones, ni más obstáculos para los coches, ni más carriles bici, ni más 'superilles'. La prueba es que el mismo día de la sentencia, los demandantes pedían ya medidas contra la nueva Via Laietana y por supuesto a favor del coche.

Sin embargo, la reacción contundente de una buena parte la opinión pública en contra de la sentencia y a favor de preservar este nuevo y espectacular Consell de Cent ha hecho recular el discurso de los demandantes que, miedosos ante las reacciones, de repente ya pedían solo "diálogo". La sentencia, que en realidad habla solo de la forma y no del fondo (un supuesto, improbable y rocambolesco incumplimiento del PGM) se ha encontrado con la oposición del nuevo Gobierno de Collboni, que ha tenido la decencia de recurrir sin titubeos esta aberración. Y ha servido para que los despistados que todavía no habían entendido el sentido del voto de los Comuns el día de la investidura se hayan dado cuenta de que Colau nunca podía hacer alcalde a quien defendía los intereses de estos demandantes.

Lo que ha demostrado este inquietante episodio es que Barcelona necesita un gobierno fuerte que defienda su elogiado modelo de 'superilles', porque solo hay una gran mayoría de izquierdas (PSC, Comuns y ERC) que lo pueda garantizar. Los tres deberían ser suficientemente inteligentes, flexibles y maduros como para ponerse de acuerdo, superar viejas rencillas y entender el momento trascendente en el que nos encontramos. Está en peligro la nueva Barcelona que acaba de nacer. Ahora ya sabemos que hay quien está dispuesto a cualquier cosa para regresar al pasado.

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